Solemos asumir
que la política tiene como función plantar cara a los problemas derivados de la
convivencia en sociedad. Pero esto no siempre fue así: no lo fue al principio,
ni parece serlo ahora.
En los
orígenes de la sociedad humana, cuando los liderazgos tribales, los imperios y
los absolutismos constituían el modelo más extendido de gobierno, la política se
reducía apenas a una maquinación palaciega, una gimnasia conspirativa destinada
a alcanzar y conservar el poder, y como tal era una prerrogativa de los
entornos cortesanos. En este contexto, el discurso político, cuando existía más
allá del mero ejercicio de la violencia, se fundamentaba en la religión o en la
sangre: el líder como encarnación de la divinidad o del poder divino,
transmitido por herencia. La apelación
del monarca a sus súbditos consistía en una invitación más o menos forzada a
obedecer su voluntad divina o respetar su linaje de sangre.
A partir de
la Ilustración, la mayor complejidad de la sociedad, y sobre todo la ineludible
interdependencia que se generó entre los distintos actores sociales, hizo
claudicar la autoridad absoluta del monarca, y surgieron diferentes propuestas
para repartir el poder y sobrellevar dignamente la vida en común. Había que reemplazar
la autoridad del monarca por otra cosa, algo más consensuado. Así, durante el
siglo XVIII al XX, las nuevas clases ascendentes- comerciantes e industriales-
plantearon sus “ideas de organización social”, que derivaron en “ideologías”
dirigidas a establecer un marco, contrato o “sistema” de convivencia posible.
Estas nuevas
propuestas de autogobierno, superadoras de los absolutismos u oligarquías
tribales, implicaban la creación de un
ecosistema artificial externo al individuo- la sociedad civil- donde los
hombres pudiesen convivir de manera apacible y no violenta. Dentro de dicho ecosistema,
y esclavos de las leyes que lo regían
y que ellos mismos habían creado, los hombres podrían al fin ser libres.
El discurso político ideológico que
acompañó a este proyecto consistía en un
llamamiento colectivo a constituir y ordenar la sociedad, y a obedecer la ley
común. Dicha
convocatoria— formulada por ciudadanos que se asumían dotados de autonomía y
pensamiento crítico— iba dirigida a otros sujetos que se autopercibían igualmente
soberanos e independientes, pero sobre todo potentes, dotados de capacidad
creativa y de poder instituyente. El sujeto-ciudadano fue el factotum, la célula elemental de la
sociedad naciente. Pensadores, ideólogos,
escritores, científicos, periodistas, lograron destacarse a escala individual,
y llegaron a adquirir – en tanto personas singulares- el peso suficiente como para modelar la sociedad,
convirtiéndose en legisladores, o sea
hacedores de las leyes que regían el ecosistema civil.
Con el
aumento de la población, pronto surgió una antinomia entre el individuo y el
grupo, entre las minorías y las mayorías, entre los débiles y los poderosos. Se
trataba de un antiguo conflicto de intereses que la masividad del mundo social agudizaba,
y que reclamaba solución. Intelectuales y políticos de diferentes espectros ya
sea liberales o comunistas – todavía con capacidad de maniobra a escala
individual—buscaron y encontraron respuestas distintas a este problema, dando
origen a los diferentes marcos ideológicos que prevalecieron durante el siglo
XX. Sin embargo, nadie previó ni pudo
contener el avasallador avance de la tecno-sociedad sobre el individuo. La
sociedad se fue haciendo cada vez más compleja, masiva y anónima, sin importar
el sistema que los hombres hubiesen adoptado políticamente para organizarse.
Hoy en día,
sin importar si hablamos del bloque socialista o capitalista, la existencia de hombres
libres y autónomos es cada vez más utópica. Acorralados por el atropello de una
megasociedad globalizada, tecnocrática e hipermasiva que- como un Frankenstein
que sólo conoce un par de palabras (poder y dinero) es sorda para todo lo demás,
los antiguos legisladores se sienten impotentes. Las formas de producción,
trabajo y comunicación cincelan las subjetividades – y por lo tanto el tejido
social-- de forma inconsulta e
inapelable; el sujeto que trabaja se ve forzado a adaptarse a las nuevas
tecnologías para no quedar marginado; el intelectual debe resignar sus propias
ideas y sumarse a “usinas de influencia” o “think tanks” si desea que éstas
lleguen al gran público; el científico debe suscribir alguna línea de
investigación útil a la industria si quiere conseguir los fondos que necesita;
el político debe servir a los intereses de sus patrocinadores si desea
permanecer en carrera. En suma, existe
un enorme condicionamiento del sistema de poder y dinero sobre la constelación
de valores del otrora “sujeto libre y
soberano”, condicionamiento que es tácitamente y cobardemente aceptado como
“inevitable” por algunas clases políticas.
La participación del ciudadano
político ya no es fundante; ya no se
autopercibe como el creador de su ecosistema político, sino que se ha
convertido en un objeto más, modelado por fuerzas que él mismo ha desatado, pero
que ya no controla. De creador ha devenido en criatura. Y de amo, en esclavo[1].
En este contexto, observamos una interesante
mutación del discurso político.
Ya no se
oye, como en los viejos mitines políticos, la tradicional convocatoria a los “hombres
libres” para la construcción colectiva de un orden social superador al
existente. Tal empresa se da de antemano por perdida, pues ¿cómo llamar a
construir lo que al parecer tiene ya vida propia e incluso se impone
avasallante, indomable y autónomo en su propia facticidad, con características
de fenómeno telúrico? Los ciudadanos, conscientes de su impotencia, se sienten
vulnerables en medio del ecosistema que han construído; su autonomía se ve
debilitada por
grados nunca imaginados de interdependencia, tanto económica como técnica o
(des)informativa. Proponer una improbable cruzada conjunta para fundar la
sociedad del futuro sobre la base de algún Sistema parece una empresa condenada
al fracaso. La Verdad como absoluto ha desaparecido en el occidente civilizado;
no está ya más en las manos de los
líderes ni de los sabios; nadie la tiene ni se atreve a declamar su propiedad exclusiva
(excepto en los sistemas totalitarios o teocráticos).
La única
verdad indiscutible para todos es la realidad y lo que la realidad de los
hechos- la sociedad fáctica- hace posible. La realidad fáctica se ha vuelto a
imponer con todo el peso de los hechos crudos sobre el “ecosistema artificial”
creado por la filosofía política hace doscientos años.
En este
escenario... ¿cómo es que sostiene la clase política- sobre todo aquella clase
política que no tiene poder real, como sucede en los países como la Argentina-
su liderazgo? Una manera es reconvertirse
como terapeuta.
¿Cómo es
esto? Pongámoslo con un ejemplo.
Hay una
tormenta allí afuera, en el mundo: todos pueden verlo. Hambrunas, migraciones, cambio climático, lucha
descarnada por los recursos, invasión del mundo del trabajo por los robots,
distorsión del ecosistema de las comunicaciones humanas, post-verdad, etc. Es
caótico y atemorizante, y así como los fenómenos naturales del tipo de los
terremotos y los volcanes, parece fuera del control humano. Ante esto, los
políticos (y me refiero a los políticos de la clase política, encumbrados en los puestos dirigentes y
burocratizados de la vieja sociedad), conscientes de que no podrán convocar con
éxito a ciudadanos atemorizados, apáticos y desmovilizados a la construcción de
un refugio comunitario ni mucho menos idear un sistema para desactivar la
tormenta, deciden hablar- para no perder la atención de su auditorio y sobre
todo, sus votos- sobre cómo cada cual puede protegerse mejor de las
inclemencias, sobre por qué la tormenta recae sobre unos y no sobre otros,
sobre la culpa y el consecuente rencor que motiva este azote del destino, sobre
la comprensible desorientación que produce el cambio imprevisto de condiciones
meteorológicas, y la necesidad de reorientarse y reubicarse a los fines de
poder soportarla de la mejor manera. Y
sobre todo, como buen terapeuta, nunca se olvida de reavivar el fuego de la
esperanza, prometiendo un futuro en el cual todo se arreglará (sin mencionar de
qué manera, naturalmente).
El político-terapeuta
no tiene la Verdad, ni alardea de tenerla, como ocurría durante el absolutismo;
tampoco pretende erigirse en representante del ciudadano ni en defensor de sus
intereses, como ocurría durante la república. Su aspiración es mucho más
modesta: se limita a guiar a los ciudadanos-pacientes en su tránsito a través
de la jungla social que él mismo ha creado, pero que ya no controla; se ofrece a
acompañarlos en su lucha contra las dificultades; promete ayudarlos a encontrar
a cada uno su propia verdad, aquella que les haga más soportable su destino.
Para ello basta con lograr que los sujetos sean capaces de acomodar los hechos crudos
de la realidad dentro de una matriz que tenga sentido, que les permita entrever
una existencia posible.
Así es como
el discurso político se dirige ahora al sujeto no como ciudadano sino como animal
desnudo, no para convocarlo a la gran empresa social de instituir el proyecto
de autonomía que le gustaría a Castoriadis, sino para aliviar sus terrores e
incertidumbres más atávicas, producto de la irrupción de una tecno-realidad aluvional
sobre la cual ningún político parece tener demasiada influencia, ni confía en
tenerla. El discurso político se vuelve evangélico, y sobrevuela
temas como los valores, la autoestima, el bienestar, la autoafirmación, la
culpa, la justicia. Los discursos que convocaban a la construcción social participativa son
reemplazados por discursos centrados en la adaptación, el confort o la
seguridad, la caridad, y llaman a recuperar el equilibrio, la paz interior y la
cohesión mental y emocional, amenazadas por el avance disruptivo de una tecno-sociedad
inhumana.
Este discurso
circula por fuera de los grandes marcos ideológicos tradicionales, y salvo
escasas y minoritarias excepciones elude
o ignora cobardemente la necesidad de
cambios estructurales urgentes que permitirían entrever una salida- por
ejemplo, replantearse las teorías del valor. En cambio, ha desarrollado un discurso
paliativo que ofrece subsidios no sólo materiales sino sobre todo
espirituales: penetra en la intimidad del sujeto, captando su voluntad desde lo
más personal, tocando fibras íntimas altamente reactivas de carácter instintivo
(prejuicio, orgullo, rencor, humillación, injusticia personal, y sobre todo: miedos
de todo tipo). El discurso de proyectos
se ha vuelto discurso de sentimientos, pues antes que la movilización social,
lo que se busca es la empatía social, la identificación del sujeto con el
político-terapeuta, pues esta “empatía transferencial” –será la fuente de los
votos.
El antiguo mitín político donde se
hablaba de proyectos colectivos, se discutían las razones del malestar social y
se proponían ideas para concretar cambios reales se ha convertido en una gran terapia
de grupo donde apenas se comparten penurias y se distribuyen culpabilidades, y donde el Psico-Político intenta capitalizar
las emociones internas del auditorio para captar votos. Aquel que logre la
mayor empatía- léase quien consiga disminuir los niveles de ansiedad o temor en
el auditorio-, será el agraciado ganador de la elección.
Sin
rebuscar muy lejos, he aquí un ejemplo de la realidad más inmediata:
“…Sé perfectamente
todas las cosas que deben estar pensando y sintiendo, y las sé porque yo también
lo siento…Y les voy a hablar desde
el corazón con la verdad como siempre lo hice, y también con la convicción
de que si seguimos adelante vamos a lograr esa Argentina que soñamos hace mucho, mucho tiempo…En
estos meses se desataron todas las
tormentas juntas pero no por eso
vamos a perder las esperanzas, debemos madurar
como sociedad y no seguir viviendo por arriba de nuestras posibilidades, ni
convivir más con la corrupción. El camino
a recorrer siempre fue difícil y como en todo camino difícil hay avances y
retrocesos, no es lineal…la situación cambió y en buena parte por cuestiones que están fuera de nuestro
control…Todos estos cambios en el mundo no los podíamos prever…Todos estos cambios y medidas que van a ser
anunciadas en el día de hoy tienen que ver con escuchar, escuchar a los que piensan distinto, escuchar a muchas
personas que respeto aunque no estén en mi Gobierno, escucharlos a todos y todo lo que fueron sintiendo…. Estamos cansados de vivir con miedo, miedo a no llegar
a fin de mes, miedo a los patoteros,
a los corruptos; miedo a qué pasa
con el dólar; miedo a que los
esfuerzos que hicimos no sirvan o no alcancen. Créanme que lo sé y que no dejo de pensar en cómo superarlos.” [3]
Este
discurso en ningún momento se plantea combatir el origen de los problemas, aunque
admite al menos un cierto grado de solidaridad en la desgracia. Es el modelo de
Alcohólicos Anónimos y otros grupos de autoayuda, donde el político ocuparía el
lugar de líder grupal. Fomenta la recuperación de los adictos-dependientes
mediante la ayuda mutua, pero evita cuestionar la política establecida para el
expendio de alcohol.
Este cambio
discursivo se ve sobre todo en los populismos tanto de Europa como de América,
principalmente en aquellos lugares que se ven desfavorecidos y sienten
amenazada su cuota de poder real. Allí es donde el discurso político
tradicional de la modernidad muta y pasa de ser una herramienta creativa,
instituyente y comprometida con la solución de problemas reales, a convertirse
en un discurso paliativo, neo-evangélico (en el sentido de que llama a la
sumisión a un poder supremo inapelable) y sobre todo, impotente.
No hay que
perder de vista que esta terapia política grupal, basada en apelar a las
emociones más primarias del ser humano, puede desbarrancar con facilidad por un
camino peligroso. Así como el mal terapeuta puede verse tentado de atribuir los
males de su paciente a un “trabajo”, “brujería”, o “maldición” motivada por la envidia
de un tercero, así el político-terapeuta, acorralado por la necesidad de
brindar respuestas rápidas y convincentes a sus pacientes-votantes, puede caer
en la tentación de atribuir los males sociales a la actividad sediciosa de
ciertos grupos, y así instituir una verdadera caza de brujas.
En este contexto, cobran sentido las
declaraciones de Macron: "Hay otra trampa: la del 'statu quo' y la
resignación (...) No podemos dejar que los nacionalistas sin propuestas
exploten la rabia de los pueblos. No podemos ser los sonámbulos de una Europa
lánguida". “Tenemos
un sistema en el que el progreso macroeconómico se construye sobre los
desequilibrios microeconómicos y territoriales. ¡Ese es el mundo en que
vivimos!” Las consecuencias políticas y sociales de esta evolución son muy
inquietantes, a juicio de Macron, porque los ciudadanos, al no sentirse
partícipes del progreso, dudan sobre el sistema o lo rechazan abiertamente,
echándose en brazos de ideologías radicales y de demagogias. “Está en vías de desmantelarse el consenso
profundo sobre el que la democracia, el progreso y las libertades individuales
se han construido desde el siglo XVIII en nuestro país”. Macron planteó “un multilateralismo reinventado” y
“una nueva globalización” en los que primen la responsabilidad colectiva y las
necesidades humanas, la inclusión y la justicia, la lucha contra el cambio
climático y contra la degradación de la biodiversidad.[4]
[1] Para hablar de un
verdadero proyecto de autonomía al estilo de Castoriadis, tendríamos que partir
de la preexistencia de hombres libres, y es éso precisamente lo que está en
cuestión.