Estamos en
la víspera de la peor elección de la democracia, dicen algunos. Pero… ¿es la
peor, realmente, o por el contrario vamos en camino de hacer un descubrimiento
asombroso?
He aquí mi
tesis: el enfrentamiento, grieta, polarización o como se llame, vale decir la
partición de la sociedad argentina en dos facciones opuestas, puede resultar un
tiro por la culata para aquellos que la promueven. ¿Por qué? Porque tanto
machacar con la grieta, los enemigos, y los modelos antitéticos de país, podría
disparar la pregunta sobre si, al fin de cuentas, no hay algo positivo en la coexistencia
de estas antinomias. Podría revelársenos así, y acá está la epifanía a la que
alude el título, que la famosa grieta o polarización es en
realidad una fortaleza de nuestra sociedad, de la que podemos sacar
provecho, y no una debilidad de la que debemos sentirnos avergonzados.
¿Me volví
loco acaso?
Para
comprender lo que quiero decir es imperativo meditar más allá de la mascarada de
los “modelos opuestos de país” y del
show mediático de políticos que saltan de un barco hacia el otro antes de las
elecciones. Seamos pues más específicos.
La
polarización no nació con este gobierno, empezó mucho antes. Cristina la perfeccionó
y se aprovechó de ella como herramienta política, y lo mismo hace Macri ahora. Los artífices de la polarización, y ambos
candidatos son socios en esto, quieren convencer a la ciudadanía que hay sólo dos modelos irreconciliables de país en
pugna, que no es posible integrar al
país sin erradicar definitivamente uno de esos dos modelos. Para lograrlo,
solicitan al pueblo que les otorgue un poder absoluto y prolongado.
Debemos comprender que esta
pretensión, aparte de falsa, es profundamente antidemocrática, venga del lado
que venga.
Los
ciudadanos debemos ir más allá de este juego perverso que se nos plantea, abriendo
nuestras mentes a una realidad más amplia: la que nos incluye a todos los
argentinos como comunidad solidaria de trabajadores y creadores. Y entonces nos
damos cuenta que lo que claramente nos
beneficia a nosotros, los ciudadanos de a pie, es la alternancia de los mandatarios
en el gobierno, y el ejercicio de un poder provisorio, fraccionado y limitado
en el tiempo.
O sea, todo
lo contrario de lo que pretenden los profetas de la polarización.
Cuando
Macri derrotó al kirchnerismo, muchos progresistas K, llevados por la paranoia
polarizante que en ese momento fogoneaba Cristina, pensaron que se acababa el
mundo, que caíamos en las fauces del neoliberalismo salvaje, en las garras del
gorilaje exasperado; no pocos clamaban que se repetía el escenario antiperonista
del 55. Esto, sin embargo, no ocurrió. Nunca se vuelve al pasado, sencillamente
porque no es posible. En su lugar, lo que hubo fue una gestión tibia, con
algunos aciertos en la modernización del Estado, la seguridad y el combate al
narcotráfico y a las mafias, y el planteamiento de algunas obras públicas de
infraestructura, que la calamitosa política económica se encargó y se sigue
encargando de obstaculizar. Desacreditado por una serie de desatinos económicos:
bicicleta financiera, tasas por el cielo, inflación, caída de la producción y
el consumo y endeudamiento, el Gobierno llega a esta elección debilitado. Y
temeroso de ser derrotado, hace lo mismo que hiciera su predecesora: alienta la
idea de que si ganan los peronistas el país va a “volver al pasado, al atraso,
a un modelo de país inviable”. El único atenuante que puede concederse a Macri
es que sólo tuvo cuatro años para mejorar la calidad de vida de la gente y
fallar en el intento, mientras los peronistas lo intentaron durante veintiseis
años sin mejores resultados. Visto desde ese punto de vista, el fracaso de
Macri no parece mucho peor que el de sus detractores.
No se puede
esperar que la clase política nos saque de este atasco. La ciudadanía debe
salir por sí misma, y la manera de hacerlo es no creer en las amenazas catastróficas, ni de un lado ni del otro, y
mantener firmes todas las cartas sobre la mesa.
Ni Macri
fue nunca el cuco neoliberal que nos quisieron hacer creer (más bien parece un
populismo de derechas) ni Cristina fue nunca verdaderamente peronista. Lo
cierto, y lo positivo del caso, es que más allá de los rótulos que se le puedan
colgar a cada cual, en la Argentina jamás
se pudo imponer por completo y de manera definitiva ninguna ideología de corte
absoluto, como ocurre por ejemplo con la dictadura venezolana, porque
afortunadamente la sociedad argentina no es 100% neoliberal, ni 100% comunista;
ni 100% peronista ni 100% gorila; ni 100% atea ni 100% religiosa; ni 100% patriarcal
ni 100% feminazi, ni nada en fin al 100%:
es precisamente esa heterogeneidad balanceada, representada por la grieta,
la que le otorga esa increíble estabilidad, y la que le ha permitido adquirir la
fortaleza necesaria para resistir cualquier intento de copamiento unilateral.
Cada vez que un argentino trata de totalizar para un lado, se topa con otro que
quiere totalizar para el otro, y las fuerzas se equilibran. Por eso fracasó la
guerrilla comunista en los años sesenta y setenta, y por lo mismo fracasaron
los intentos totalitarios del Proceso.
Paradójicamente,
vemos a la grieta como un problema en vez de como un recurso. Mientras nos lamentamos porque no podemos tirar
por la borda a la mitad del país y tomar un UNICO camino, las lágrimas nos
impiden ver que disfrutamos de una
notable inmunidad contra los extremismos de cualquier signo, lo que es muy
bueno; y que estamos condenados al consenso como único camino de salida, lo que
es aún mejor. Estos beneficios, he aquí
la sorpresa, se los debemos a la famosa grieta; pero por no comprender esto, la
denostamos en vez de aprovecharla para apalancar nuestro futuro. Perdemos
el tiempo insultándonos por las redes en vez de sentarnos en una mesa a
consensuar; recelamos de los otros y nos sentimos frágiles si no podemos
imponer una visión única e incondicional, sin darnos cuenta que las diferencias
que tenemos constituyen precisamente el cimiento de nuestra fortaleza.
La sociedad clama a gritos por sus
diferencias, es cierto, pero no reniega de ellas: éstas diferencias están tramadas
en el mismo cuerpo social, hechas carne, y sería un absurdo pretender negarlas,
además de imposible. La sociedad espera
que los políticos integren y superen las diferencias, no que tomen partido por una
facción y llamen a la sociedad a negar a la facción contraria. Lo que vemos
en cambio es que los políticos reclaman que la ciudadanía les vote un gobierno
monolítico mientras alientan la división en el pueblo. Esta es una actitud como
mínimo irresponsable.
Es falso, y la sociedad lo sabe, que
haya que elegir un único modelo y enterrar definitivamente al otro, sea el que
sea. Es falso que
las propuestas de Macri sean todas
nefastas, o que las propuestas del peronismo sean todas nefastas. La
ciudadanía, sobre todo la más joven, harta de que se la envenene con estas
falsas antinomias, empieza a comprenderlo. Y demanda de sus gobernantes que
dejen de repetir como loros consignas vacías de hace cincuenta años, o
demonicen a sus adversarios. La ciudadanía clama a gritos que los políticos se sienten a consensuar, que reconozcan los valores positivos presentes en las propuestas de sus
adversarios, y solucionen de una vez por todas los problemas concretos que
tiene la población.
Lo
importante para el ciudadano que va a una elección como ésta es: gane o pierda
cualquiera de las dos facciones, la
democracia saldrá fortalecida si obtenemos como resultado un poder distribuido
y acotado.
La polarización, que
es un factor de estabilidad y autodefensa en la sociedad, debe reflejarse también
en el seno del gobierno si es que queremos tener un
gobierno fuerte y representativo.
Debemos votar
entonces para forzar la constitución de un gobierno plural, un gobierno mestizo,
donde el poder se encuentre ampliamente distribuido entre los diferentes
actores. Sólo así se dará cumplimiento a la demanda que suscribimos todos los
argentinos, y que todavía sigue insatisfecha: la construcción de un verdadero consenso
nacional.
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