martes, 4 de agosto de 2020

EL ARGENTINO COMO ESCAPISTA

En las ferias de variedades, el artista del escape era una atracción fundamental. Aquí tuvimos al gran escapista Tu-Sam, una persona que a pesar de estar atado de pies y manos y metido en una caja blindada a metros bajo el agua, por ejemplo, lograba milagrosamente zafar.

 Zafar: esa es la palabra mágica que a mediados de los ochenta estaba en boca de una generación que salía de una situación de opresión como fue la dictadura y se preparaba para encarar su futuro. Cuarenta años después, las nuevas generaciones de milennials y centennials siguen hablando de zafar , re-zafar, o zaffaroni...

 En una sociedad sadomasoquista como la Argentina, marcada a fuego por el bondage social, con normas absurdas que limitan e impiden, con infinidad de restricciones, peajes, cepos, cuarentenas, clausuras y corralitos, no es raro que el escapismo se haya convertido en una habilidad fundamental para todo el que quiera sobrevivir.

 Y así el argentino se ha convertido en un experto en el arte del escapismo.

 Desde sus preferencias en la elección vocacional hasta la asignación de sus escasos recursos, todo está ligado para el argentino a una única preocupación central: cómo hacer para zafar de las infinitas trabas, obstáculos y penalizaciones que encuentra siempre para concretar cualquier proyecto que se le ocurra. Pues siempre encontrará, del otro lado del mostrador, un funcionario u algún otro ciudadano con prebendas dispuesto a vallarle el camino, esperándolo con alguna norma castradora, un veto, un impuesto creado ad-hoc, una amenaza de clausura inminente, un corralito, una cuarentena, una inhibición, una regulación...

 Esta característica del argentino (que en algún momento encarnamos en un personaje llamado Barrera Corrales) explica algunos hechos de la realidad que a primera vista pueden resultar inexplicables para cualquier observador foráneo. En este artículo me ocuparé de uno de estos hechos, que es la insólita elección vocacional de los argentinos al momento de estudiar carreras universitarias.

 DIME QUE ESTUDIAS Y TE DIRE CUALES SON TUS PEORES PESADILLAS

 En una familia decente y en un país normal, la vocación genuina se gesta y se desarrolla a partir de la asunción de libertad de movimientos. Un ser libre, asumiendo su libertad  (y la consecuente responsabilidad que acarrea su ejercicio) elige lo que le gusta, lo que le interesa, lo que le apasiona y lo que le gustaría desarrollar como profesión, con el objeto de ganarse la vida brindando un servicio a los demás.

 En un país tabicado, maniatado y amordazado, con una larga tradición de cepo y estaquiadura como métodos de disciplina social, y una maraña de normas restrictivas, entre las que encontramos regulaciones, tasas, timbrados, sellos, peajes, cupos, planes para algunos, programas para otros, excepciones, discriminaciones negativas y positivas, Decretos de Necesidad y Urgencia al por mayor, y mil trabas y vallados inimaginables más, la cosa es bien distinta.

 El gobierno y sus circunstanciales usurpadores- que son quienes mayormente ejercen el poder sádico del bondage social sobre una ciudadanía masoquista—insisten en presentar toda esta artillería medieval como “necesaria para cuidarte”. Mediante el procedimiento de mantenerte segmentado, amordazado, maniatado, acorralado y sobre todo, regulado hasta el milímetro, ellos prometen cuidar que no te intoxiques, que no te enfermes, que no te roben, que no te estafen, que no te vendan un producto por otro, y así siguiendo. En todo estás vos. En todo están ellos. El Estado está más presente que nunca, sobre todo en la publicidad.

 Así, no es raro que la elección vocacional de los argentinos tenga que ver con el padecimiento claustrofóbico provocado por la hipertrofia de medidas restrictivas. En ese contexto, el objetivo es liberarse de las restricciones.  Por eso el argentino elige aquellas profesiones que le permitan cortar las ataduras que lo mantienen amordazado y sometido al goce perverso del Otro. En este sentido, como veremos a continuación, uno podría suponer que la elección vocacional del argentino revela cierto grado de salud mental, pues es coherente y busca la liberación, y esto es un dato positivo. Pero no nos adelantemos...

 En Argentina las profesiones más elegidas en la UBA en 2019 fueron medicina, psicología, contador, abogacia. En ese orden, medicina y psicología a la cabeza.

 Lo que estos datos nos dicen es muy simple. Cada una de estas profesiones está concebida para lidiar con un problema determinado.

 

PROBLEMA

PROFESION

La enfermedad y la muerte

La Medicina

La confusión mental, el sufrimiento psíquico

La Psicología

El Dinero y su distribución.

La Contaduría y la Economía

La Injusticia

La Abogacía

 

Quienes se sienten acechados por las enfermedades y la muerte, (cuestiones asociadas a la pobreza en países como los nuestros) estudiarán Medicina con el objetivo de ser más saludables.

Quienes sean víctimas de sufrimiento psíquico y confusión mental, estudiarán psicología con el objeto de hallar claridad mental y sosiego.

Quienes padezcan la miseria o por el contrario sean tan ricos que no sepan qué hacer con tanta riqueza, estudiarán economía a fin de salir de la miseria en un caso o de proteger sus activos de las inestabilidades recurrentes en el otro.

Quienes sufran en carne propia las injusticias de la Ley estudiarán Abogacía para blindarse contra los atropellos legales.

 Esto puede parecer una simplificación, pero no lo es. En Medicina, gran parte del estudiantado padece problemas de salud. En Psicología ídem. En las cárceles lo que más se estudia es abogacía. En cuanto a la economía, quienes la estudian están muy preocupados por el dinero. Y no digo nada nuevo.

 Mirando el cuadro, uno debería esperar que siendo éstas las carreras más elegidas en la Universidad, la Argentina sea un país rico, saludable, justo y claro. Pero en vez de eso tenemos un país pobre, enfermo, injusto y confuso.

 

¿Dónde está el problema? El problema, como vengo insistiendo, es cultural.

 

EL ASUNTO ES: ¿DE QUE LADO DEL MOSTRADOR ESTAS?

La cultura del bondage social o sadomasoquismo social empuja al argentino a estudiar no para crear valor ni dar servicio al prójimo, sino ante todo para liberarse de las imposiciones absurdas y de los peajes, para  sacudirse la telaraña que otros argentinos están tejiendo para él, o eludir la trampa que otros más duchos le han tendido para que caiga.

 El punto es: ¿Estás del lado correcto (el lado de los que ponen las reglas y hacen las normas) o del lado incorrecto (el lado de quienes se ven obligados a padecer el calvario de regulaciones y restricciones)?

 Así, los "confundidos", los "enfermos", los "pobres" y los "culpables" de este país estudian para estar algún día del otro lado del mostrador. Del lado de los que la tienen clara, de los sanos, de los ricos y de los que son inocentes.

 El problema es que cuando al fin logra pegar el salto y estar del lado correcto del mostrador, el argentino se queda allí, sin ningún interés genuino en combatir realmente los flagelos que originariamente le preocupaban. Dichos flagelos ya no lo alcanzan: ¡ha zafado! Y su interés vocacional primario, que era verse libre de condicionamientos de otros, está cumplido. Acto seguido abandona sin remordimientos su antiguo rol masoquista y empieza a ejercer el rol sádico en el mismo juego perverso, pretendiendo imponer a los demás las mismas normas absurdas que alguna vez le tocó padecer.

 Psicoanalíticamente hablando, reproduce activamente lo sufrido pasivamente.

 Repito: por efecto de la cultura sadomasoquista social en la que está inmerso, el argentino no estudia para crear valor y dar servicio, sino para alcanzar un privilegio social: el privilegio social de tejer telarañas, imponer peajes, corralitos, restricciones, trabas, tributos y condicionamientos a otros argentinos. El privilegio de pasar del lado masoquista al lado sádico de la ecuación.

 Si su interés vocacional primario hubiese sido en cambio crear valor y dar servicio, se daría cuenta cuán deficitaria es la situación actual del país, y se arremangaría la camisa. Pero... ¿para qué? De cualquier manera, la maraña de trabas y obstáculos pronto habrá de torcer su vocación hacia cuestiones más necesarias para la supervivencia, como es el arte del escapismo.

 Por eso, a pesar de que tenemos grandes universidades y enormes talentos, tenemos un país empobrecido. Los recursos vitales, académicos y científicos se consumen en el faraónico esfuerzo de unos para regular la vida de otros, y en el no menos faraónico y desesperado esfuerzo de estos otros para eludir sus regulaciones asfixiantes.

 Mientras tanto, nadie piensa en cómo solucionar los problemas, cómo dar servicio, cómo crear valor genuino (sé que exagero un poco, pero permítaseme esa licencia para remarcar los puntos importantes de mi postura)

 Para terminar, una pequeña chanza: ¿Por qué tan pocos estudian tecnología en este país? Respuesta: porque la tecnología no se percibe como un factor de opresión. El día que los robots empiecen a molestar al argentino, ese día legiones de argentinos se volcarán al estudio de la robótica, pero no para mejorar la calidad de vida de los argentinos, sino para impedir que los robots o quienes los diseñan les copen la parada.

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