Quienes
vivimos la etapa previa a las privatizaciones de las empresas públicas de los
años ´90, no podemos hacernos ni los distraídos ni los desmemoriados respecto
al deplorable estado financiero y atraso tecnológico en el que se encontraban
dichas empresas hacia finales de los ´80. Tampoco olvidar la mala calidad de
los servicios que brindaban y el trato desidioso que daban al público usuario.
Salvo que en tozuda actitud elijamos negarlo.
Lo
que sigue no es ni una demonización ni una defensa a la nacionalización de
empresas de servicios realizada por el Pte. Juan D. Perón en los años 1945 a 1949, ni a las
privatizaciones de las mismas ejecutadas por el Pte. Carlos Menem en 1990. Es
tan solo una foto de un determinado momento, una “ayuda memoria” para recordar
y visibilizar datos y situaciones que ocurrieron en la realidad y que debieran
hacernos reflexionar a fin de no volver a tropezar con la misma piedra y
avanzar hacia instancias superadoras.
Puede
que la mala gestión y administración a cargo de la dirección de cada una de las
empresas públicas, la falta de controles
del poder central, el despilfarro de gastos,
el exceso de personal no productivo, en fin, la inercia y desidia
generalizada, no hayan sido tan pronunciadas y descomunales todo el tiempo en
que fueron nacionales, desde sus comienzos en 1945 hasta 1990, pero lo cierto es que cuarenta años después,
hacia finales de los ´80, todas esas empresas estaban prácticamente quebradas y
representaban un agujero negro en las cuentas fiscales. Me propongo poner el
foco en ese particular momento (finales de los ´80) para describir un tema
puntual que es generalmente esquivado, -además de poco simpático para muchos
empleados del Estado que podrán sentirse señalados-, que es la relación laboral
y privilegios y beneficios extraordinarios de los empleados públicos dentro del
contexto de cada empresa estatal, que redundaron en prácticas abusivas que de
alguna manera contribuyeron a acentuar el grado de decadencia al que finalmente
se llegó. Esto no significa en absoluto que toda la responsabilidad del
derrumbe de esas empresas tenga que ser atribuida a sus empleados, pero sí
reconocer que contribuyeron a que sucediera, es decir, fueron cómplices
silenciosos y acomodaticios en el proceso de devastación. Conocí esa realidad
muy de cerca cuando comenzaba mi vida universitaria y laboral hace treinta años
atrás, en el ámbito privado. Estaba rodeada de compañeros de estudio y amigos
cuyos padres trabajaban en empresas de servicios públicos y tuve la oportunidad
de observar sus hábitos domésticos y formas de vidas y compararlas con las
costumbres austeras que teníamos quienes no pertenecíamos a ese segmento y
teníamos que cuidar el peso. También entre mis familiares indirectos había
empleados públicos, y no puedo olvidar los comentarios fanfarrones que hacían
al relatar las “hazañas” de su ámbito
del trabajo (el Estado) ante la mirada absorta de quienes los escuchábamos con
ingenua sumisión. Dado que para muestra basta un botón, a continuación menciono cuatro ejemplos que recuerdo vívidamente y
que sirven para ilustrar el contexto que pretendo abrir a la reflexión:
SEGBA:
(Servicios eléctricos del Gran Buenos Aires. Fue una empresa de generación,
transmisión, distribución y comercialización de energía eléctrica en
el Gran Buenos Aires y la ciudad de Buenos Aires).
Si bien el servicio doméstico de energía eléctrica fue siempre muy costoso para
todos los usuarios, el empleado que trabajaba en SEGBA no pagaba el ciento por
ciento (100%) de la luz que consumía. Recuerdo la experiencia de ir a estudiar
a la casa de M.S., cuyo padre
trabajaba en SEGBA. Todos los artefactos de su casa eran eléctricos, hasta las
estufas. (todavía no habían aparecido los acondicionadores frio-calor, por lo
que, salvo los empleados de SEGBA que no pagaban la luz, el resto de las
personas usábamos estufas a gas para calefaccionarnos). No importaban los
cortes programados que ya se venían dando en el país producto de la falta de
abastecimiento eléctrico y que afectaban a tantos usuarios. Mientras se
pudiera, en la casa de M.S. se
continuaba con un despreocupado
derroche.
GAS
DEL ESTADO: (Fue la empresa de distribución y
comercialización de gas natural en todo el territorio del país). El
empleado que trabajaba en GAS DEL ESTADO tampoco pagaba el gas que consumía.
Pero aquí cabe hacer una aclaración. Hasta el momento de su privatización y
como resultado de la creciente explotación gasífera de la empresa estatal desde
su creación en 1946 (llegó a ser la tercera más grande del mundo), sumadas a
las políticas de subsidios que se establecieron en los años posteriores, el
costo de la tarifa doméstica de gas era realmente muy bajo. Si hubo despilfarro
en el consumo, éste fue generalizado entre todos los usuarios. No cabe
achacarles culpas solo a los empleados de Gas del Estado.
Y.P.F.
(Yacimientos petrolíferos del Estado). Única empresa petrolera del mundo que
daba pérdidas. Y.P.F sufrió un “saqueo “hormiga” por parte de sus empleados.
Que el lector no busque información de este tema porque no la va a encontrar.
Sus protagonistas lo van a negar, pues nadie confiesa sus pecados. Tengo un
recuerdo muy nítido de las reuniones familiares de esos años (los ´80) en las
que parientes allegados relataban con total desparpajo las “ventajas” laborales
que tenían en la empresa. Los empleados de YPF no pagaban la nafta que
solicitaban para su consumo personal. La mayoría de ellos tenía auto y podían
viajar desde la Quiaca a Ushuaia sin desembolsar un solo peso por el
combustible. Hasta aquí la situación, si bien pudiera ser abusiva, era legal.
Pero, lamentablemente, también existieron conductas delictivas de empleados
que, con el aval de un superior, robaban combustible para venderlo a terceros.
Se las ingeniaban administrativamente para simular que utilizaban la nafta en
camiones de distribución propios de la empresa
y así sustraían todo lo que podían. Nadie en Y.P.F. controlaba nada. Y
cuando se intentó una investigación a raíz de una denuncia, todo quedó en la
nada.
AEROLINEAS
ARGENTINAS- Nuestra línea aérea de bandera. Cuando viajar en
avión no estaba tan generalizado como ahora y era muy costoso y un privilegio
de unos pocos, toda la familia del empleado de Aerolíneas Argentinas podía
viajar gratuitamente varias veces al año al interior y exterior del país.
Muchos utilizaban los viajes para hacer negocios. Compraban bienes a menor
costo en el exterior o bien productos inexistentes en el país, con la facilidad
de que al ingresar a la Argentina evitaban pasar por Aduana y pagar eventuales
derechos. Y tal vez pudieran vender los pasajes que la empresa les otorgaba
como beneficio de empleado, pero esta es una hipótesis que no puedo aseverar. A los ojos del común de las personas que no
tenían posibilidad alguna de viajar en avión, el empleado de AEROLINEAS
ARGENTINAS era un verdadero privilegiado.
El
sentido común nos decía que así ya no se podía continuar. Lo que sucedió
después con las empresas privatizadas
-mal o bien- es historia por todos conocida y cada quien sacará sus
conclusiones.
Como
dato informativo, hasta el momento de las privatizaciones el ingreso como
empleados a estas empresas públicas se daba, generalmente, por la vía familiar
o del sindicato. Los ascensos poco
tenían que ver con las capacitaciones. Se iba ascendiendo por antigüedad o por
disposición del jefe. La regla general era que a medida que la persona tenía
más edad, ascendía de categoría.
Para
transformar estas actitudes de rapiña argentinas lo que nos está faltando es la
educación y concientización de que lo público es de todos y hay que cuidarlo.
Además de normas que castiguen implacablemente a quien dañe el bien público de
cualquier forma. No importa el rango ni la magnitud. Quien roba o daña al
Estado nos roba y daña a todos los argentinos. Nos roba en las obras de
infraestructuras que faltan, en escuelas y hospitales, en el dinero para nuevas
jubilaciones, etc.
La
educación y concientización del cuidado de lo público no es difícil de encarar.
Y es urgente. Por eso cuesta creer que no se aborde en los planes escolares ni
en campañas de difusión publicitarias de cada gobierno (nacional, provincial,
municipal). El cambio cultural en este punto es apremiante y si no lo
afrontamos con firmeza y permanencia en el tiempo, seremos cada vez más pobres,
más injustos y estaremos más lejos del mundo civilizado.
ELENA
DUKER. elena.duker@gmail.com
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Puedes publicar comentarios de manera anónima