martes, 1 de octubre de 2019

ELENA DUKER: MEMORIA - LAS EMPRESAS PUBLICAS ANTES DE LAS PRIVATIZACIONES DE LOS 90

Quienes vivimos la etapa previa a las privatizaciones de las empresas públicas de los años ´90, no podemos hacernos ni los distraídos ni los desmemoriados respecto al deplorable estado financiero y atraso tecnológico en el que se encontraban dichas empresas hacia finales de los ´80. Tampoco olvidar la mala calidad de los servicios que brindaban y el trato desidioso que daban al público usuario. Salvo que en tozuda actitud elijamos negarlo.    
Lo que sigue no es ni una demonización ni una defensa a la nacionalización de empresas de servicios realizada por el Pte. Juan D. Perón en los años 1945 a 1949, ni a las privatizaciones de las mismas ejecutadas por el Pte. Carlos Menem en 1990. Es tan solo una foto de un determinado momento, una “ayuda memoria” para recordar y visibilizar datos y situaciones que ocurrieron en la realidad y que debieran hacernos reflexionar a fin de no volver a tropezar con la misma piedra y avanzar hacia instancias superadoras.

Puede que la mala gestión y administración a cargo de la dirección de cada una de las empresas públicas, la  falta de controles del poder central, el despilfarro de gastos,  el exceso de personal no productivo, en fin, la inercia y desidia generalizada, no hayan sido tan pronunciadas y descomunales todo el tiempo en que fueron nacionales, desde sus comienzos en 1945 hasta 1990,  pero lo cierto es que cuarenta años después, hacia finales de los ´80, todas esas empresas estaban prácticamente quebradas y representaban un agujero negro en las cuentas fiscales. Me propongo poner el foco en ese particular momento (finales de los ´80) para describir un tema puntual que es generalmente esquivado, -además de poco simpático para muchos empleados del Estado que podrán sentirse señalados-, que es la relación laboral y privilegios y beneficios extraordinarios de los empleados públicos dentro del contexto de cada empresa estatal, que redundaron en prácticas abusivas que de alguna manera contribuyeron a acentuar el grado de decadencia al que finalmente se llegó. Esto no significa en absoluto que toda la responsabilidad del derrumbe de esas empresas tenga que ser atribuida a sus empleados, pero sí reconocer que contribuyeron a que sucediera, es decir, fueron cómplices silenciosos y acomodaticios en el proceso de devastación. Conocí esa realidad muy de cerca cuando comenzaba mi vida universitaria y laboral hace treinta años atrás, en el ámbito privado. Estaba rodeada de compañeros de estudio y amigos cuyos padres trabajaban en empresas de servicios públicos y tuve la oportunidad de observar sus hábitos domésticos y formas de vidas y compararlas con las costumbres austeras que teníamos quienes no pertenecíamos a ese segmento y teníamos que cuidar el peso. También entre mis familiares indirectos había empleados públicos, y no puedo olvidar los comentarios fanfarrones que hacían al relatar las “hazañas” de  su ámbito del trabajo (el Estado) ante la mirada absorta de quienes los escuchábamos con ingenua sumisión. Dado que para muestra basta un botón, a continuación menciono  cuatro ejemplos que recuerdo vívidamente y que sirven para ilustrar el contexto que pretendo abrir a la reflexión: 
  
SEGBA: (Servicios eléctricos del Gran Buenos Aires. Fue una empresa de generación, transmisión, distribución y comercialización de energía eléctrica en el Gran Buenos Aires y la ciudad de Buenos Aires). Si bien el servicio doméstico de energía eléctrica fue siempre muy costoso para todos los usuarios, el empleado que trabajaba en SEGBA no pagaba el ciento por ciento (100%) de la luz que consumía. Recuerdo la experiencia de ir a estudiar a la casa de M.S., cuyo padre trabajaba en SEGBA. Todos los artefactos de su casa eran eléctricos, hasta las estufas. (todavía no habían aparecido los acondicionadores frio-calor, por lo que, salvo los empleados de SEGBA que no pagaban la luz, el resto de las personas usábamos estufas a gas para calefaccionarnos). No importaban los cortes programados que ya se venían dando en el país producto de la falta de abastecimiento eléctrico y que afectaban a tantos usuarios. Mientras se pudiera, en la casa de M.S. se continuaba con un  despreocupado derroche.  

GAS DEL ESTADO: (Fue la empresa de distribución y comercialización de gas natural en todo el territorio del país). El empleado que trabajaba en GAS DEL ESTADO tampoco pagaba el gas que consumía. Pero aquí cabe hacer una aclaración. Hasta el momento de su privatización y como resultado de la creciente explotación gasífera de la empresa estatal desde su creación en 1946 (llegó a ser la tercera más grande del mundo), sumadas a las políticas de subsidios que se establecieron en los años posteriores, el costo de la tarifa doméstica de gas era realmente muy bajo. Si hubo despilfarro en el consumo, éste fue generalizado entre todos los usuarios. No cabe achacarles culpas solo a los empleados de Gas del Estado.      

Y.P.F. (Yacimientos petrolíferos del Estado). Única empresa petrolera del mundo que daba pérdidas. Y.P.F sufrió un “saqueo “hormiga” por parte de sus empleados. Que el lector no busque información de este tema porque no la va a encontrar. Sus protagonistas lo van a negar, pues nadie confiesa sus pecados. Tengo un recuerdo muy nítido de las reuniones familiares de esos años (los ´80) en las que parientes allegados relataban con total desparpajo las “ventajas” laborales que tenían en la empresa. Los empleados de YPF no pagaban la nafta que solicitaban para su consumo personal. La mayoría de ellos tenía auto y podían viajar desde la Quiaca a Ushuaia sin desembolsar un solo peso por el combustible. Hasta aquí la situación, si bien pudiera ser abusiva, era legal. Pero, lamentablemente, también existieron conductas delictivas de empleados que, con el aval de un superior, robaban combustible para venderlo a terceros. Se las ingeniaban administrativamente para simular que utilizaban la nafta en camiones de distribución propios de la empresa  y así sustraían todo lo que podían. Nadie en Y.P.F. controlaba nada. Y cuando se intentó una investigación a raíz de una denuncia, todo quedó en la nada.  

AEROLINEAS ARGENTINAS- Nuestra línea aérea de bandera. Cuando viajar en avión no estaba tan generalizado como ahora y era muy costoso y un privilegio de unos pocos, toda la familia del empleado de Aerolíneas Argentinas podía viajar gratuitamente varias veces al año al interior y exterior del país. Muchos utilizaban los viajes para hacer negocios. Compraban bienes a menor costo en el exterior o bien productos inexistentes en el país, con la facilidad de que al ingresar a la Argentina evitaban pasar por Aduana y pagar eventuales derechos. Y tal vez pudieran vender los pasajes que la empresa les otorgaba como beneficio de empleado, pero esta es una hipótesis que no puedo aseverar.  A los ojos del común de las personas que no tenían posibilidad alguna de viajar en avión, el empleado de AEROLINEAS ARGENTINAS era un verdadero privilegiado.

El sentido común nos decía que así ya no se podía continuar. Lo que sucedió después con las empresas  privatizadas -mal o bien- es historia por todos conocida y cada quien sacará sus conclusiones.

Como dato informativo, hasta el momento de las privatizaciones el ingreso como empleados a estas empresas públicas se daba, generalmente, por la vía familiar o del sindicato.  Los ascensos poco tenían que ver con las capacitaciones. Se iba ascendiendo por antigüedad o por disposición del jefe. La regla general era que a medida que la persona tenía más edad, ascendía de categoría. 

Para transformar estas actitudes de rapiña argentinas lo que nos está faltando es la educación y concientización de que lo público es de todos y hay que cuidarlo. Además de normas que castiguen implacablemente a quien dañe el bien público de cualquier forma. No importa el rango ni la magnitud. Quien roba o daña al Estado nos roba y daña a todos los argentinos. Nos roba en las obras de infraestructuras que faltan, en escuelas y hospitales, en el dinero para nuevas jubilaciones, etc. 
La educación y concientización del cuidado de lo público no es difícil de encarar. Y es urgente. Por eso cuesta creer que no se aborde en los planes escolares ni en campañas de difusión publicitarias de cada gobierno (nacional, provincial, municipal). El cambio cultural en este punto es apremiante y si no lo afrontamos con firmeza y permanencia en el tiempo, seremos cada vez más pobres, más injustos y estaremos más lejos del mundo civilizado.        

ELENA DUKER.  elena.duker@gmail.com

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