jueves, 31 de octubre de 2019

UCRONIAS ARGENTINAS O COMO DARLE CUERDA AL RELOJ DE LA HISTORIA


En estos días de campaña de 2019, circuló un curioso audio publicitando la candidatura a gobernador de Axel Kiciloff. Dicho audio tenía como música principal el tema “Llegando, llegaste”, de Piero[1]. Una canción de los años 60, casi desconocida para todos los que tengan menos de sesenta años. Una canción simplona e ingenua que, además, trasunta una inocencia naif, casi siniestra comparada con la crudeza de las letras de trap que tararean hoy la mayor parte de los jóvenes.
Cuando la escuché, me dije: “esto es demasiado”.
 

 
 
Tanta onda retro me hizo pensar que los argentinos estamos varados en una ucronía. Como la palabra lo indica, una ucronía es un “no tiempo”, o lo que es lo mismo, un tiempo “fuera del tiempo”, un tiempo mítico, congelado, muerto.
--¡Pero si en este país se vive un ritmo vertiginoso!, me dirán. Y es cierto. Pero aunque suceden infinidad de cosas, siempre estamos en el mismo sitio, viviendo un mismo momento petrificado, por así decir, el tiempo cristalizado de una vieja postal.
Tratando de imaginar cómo puede ocurrir semejante cosa, me vino a la mente la siguiente analogía: el mundo en permanente cambio puede asemejarse a una gran escalera mecánica en movimiento. ¿Cómo es posible entonces que, parados sobre el mundo que marcha al ritmo del tiempo, permanezcamos siempre en el mismo sitio? Muy fácil: dando pasos hacia atrás, moviéndonos al escalón inferior a medida que la escalera asciende. La Argentina no se queda quieta, es cierto, siempre se está moviendo, pero en el sentido de anular el movimiento de la escalera: sus pasos hacia atrás la sitúan siempre en el mismo lugar. Así es como los gobiernos toman medidas, los diarios las anuncian, la gente las discute, se implementan… y no pasa nada. Excepto que cada vez estamos más alejados de los que han seguido subiendo.

Los argentinos habitamos un Momento Mítico, que por no corresponderse con ningún tiempo real, ni histórico ni universal (ya que éste sí avanza para otras naciones), podríamos llamar un “no tiempo” o “ucronía”. Su carácter mitológico se sustenta en fantasías ideológicas de signo variado y laberintos emocionales de diversa índole.

Para simplificar mi exposición recurriré a algo que todos conocen muy bien: la grieta. Pretendo mostrar cómo a ambos lados de la grieta los ciudadanos viven en una ucronía, pues en ambos casos el proyecto de país que propone cada parte es “ucrónico”.

LA UCRONIA DE IZQUIERDA: RESISTIR EN LA CIUDAD DE LOS NIÑOS

Ya el kirchnerismo en su gobierno, entrado el año 2000, había intentado reeditar los “gloriosos” 60-70, con la utilización – y usurpación por parte de la gestualidad presidencial- de la imagen icónica de Evita como abanderada ya no de los humildes sino esta vez de una clase media empobrecida; con su apelación a los slogans de esa época, su reivindicación de la intelectualidad “militante” y de la “juventud maravillosa”, de la lucha de Montoneros, y su interpretación sesgada de los “derechos humanos”, no hizo sino dar marcha atrás al reloj. ¡Sin darnos cuenta estábamos otra vez en los años 70’! De pronto había nuevamente gorilas en las calles, y se reeditaron viejas antinomias.  Se promovió la rebeldía y la transgresión como forma de empoderamiento, y la burla y el desprecio como formas de descalificación a los opositores. Desde el inicio,  se incentivó la construcción de un discurso revisionista que pretendía “refundar” la historia y colocar a la Argentina en una especie de burbuja temporal al margen del devenir histórico global[2]. El “pensar situado” de Kusch sirvió a los intelectuales oficialistas de pretexto para reforzar la ucronía, y programas como 6-7-8 se tomaron muy en serio su trabajo de deslocalización: de pronto transitábamos nuevamente, aunque esta vez como sonámbulos, una década ganada, como si fuera la misma que aquella --realmente ganada para el país-- del 45 al 55, tiempo mítico en el cual parece que fuimos felices, y del cual algunos no querrían haber salido nunca jamás.

¿Y qué pasó con las nuevas generaciones, que no habían conocido aquel tiempo y que naturalmente están inclinadas hacia lo nuevo, hacia el futuro? Lo que se hizo fue “recolocarlas” en el espacio-tiempo de sus abuelos, y así fue como de pronto un día nos tocó ver a chicos de 18 años gritando desaforados a voz en cuello:-- ¡viva Perón!, sin saber siquiera quién fue, qué hizo ni cómo pensaba el General. ¿Será que ese ejército de zombies ucrónicos es realmente tan numeroso para justificar que Kicilof haya recurrido a una canción de Piero de hace 70 años para musicalizar su campaña? ¿O será que Kicilof tiene una identificación patológica con algún abuelo militante, que en la cuna le cantaba esa cancioncita? Me preocupa, sinceramente.

¡Y la repetición! La repetición es la artífice de toda ucronía. Cualquiera, aunque no haya leído a Mircea Elíade, sabe que la repetición anula el tiempo. Repetir algo es evocar al primero de la serie, el acontecimiento único y puro, el auténtico, el Original. Repitiéndolo, volvemos a vivir ese momento “fundacional”, mítico, donde los hechos ocurrieron por primera vez, y todo era puro y virginal.  En este sentido, uno no puede dejar de notar que el peronismo repite al infinito sus actos rituales, como por ejemplo la movilización hacia la plaza del año 1945. Aunque ahora vaciada de su sentido original, la ceremonia de la marcha se reedita todas las semanas en las movilizaciones piqueteras que convierten a la ciudad en un caos. El ritmo cadencioso de los bombos transporta a los desarraigados peregrinos (la mayoría de los cuales nunca ha conocido lo que es tener un trabajo formal) a aquel glorioso momento de 1945 en el cual el trabajo era el centro de la sociedad, y los trabajadores eran sus principales protagonistas...  La exclusión real se torna, por efecto de la magia ceremonial, en una inclusión mágica… ¡pero al costo de seguir viviendo una ucronía!

Podría seguir dando ejemplos, pero confío en que a partir de esta revelación el lector atento sabrá descubrir multitud de rituales cotidianos que nos anclan a un tiempo suspendido, que más que un tiempo histórico es una “era de la mente y de la emoción”: una “época dorada” en la que una generación de niños se sintió privilegiada – y probablemente lo fue. Un “momento” en el cual esos niños devenidos “enfants terribles” descubrieron el poder que les otorgaba el ser trabajadores en una Sociedad del Trabajo, y se asomaron a las bondades de la civilización, que hasta ese entonces les habían sido negadas por los dueños latifundistas de la tierra.

¡La vivencia de satisfacción social que provocó el Peronismo del 45 al 55 no es poca cosa! Debemos celebrarla, capitalizarla, sin duda….  ¡pero avanzar hacia el futuro! No es honesto utilizar ese combustible fósil para mantener al país en la ucronía. No le hacemos un bien a las nuevas generaciones si pretendemos resistir atrincherados en la Ciudad de los Niños.

LA UCRONIA DE LA DERECHA: RESISTIR ENTRE LA BOSTA

Del otro lado, la situación no es menos absurda. Quienes proponen que la Argentina retroceda hasta 1920, cuando fue el Granero del Mundo, tenía un alto PBI per cápita (pero concentrado en muy pocas manos), y se construían palacios y ciudades a la europea, también viven una ucronía. La nostalgia del patrón de estancia todopoderoso no es menos ucrónica que la del sindicalista prepotente. Ninguna de esas realidades es viable hoy, porque sencillamente no se pueden borrar de un plumazo los derechos sociales conquistados por Occidente.

En el mundo ucrónico de la derecha oligárquica y de los gobernadores feudales (porque no hay que olvidarse que no hay una sola oligarquía- la ganadera bonaerense- sino una multitud de oligarquías provinciales), también encontramos una vivencia de satisfacción arcaica que opera como combustible fósil. Sólo que en este caso el asunto se trata con mucha discreción pues no es políticamente correcto contar monedas delante de los pobres, por lo que no resulta sencillo toparse con manifestaciones abiertas al respecto. El resentimiento circula soterrado, pero indica el camino que conduce a ese no-tiempo en el cual una clase privilegiada alguna vez fue todopoderosa y tiránica.
 
Pues bien, también hay nostálgicos de esa ucronía, que también tienen sus rituales y repiten sus consignas para reafirmarse en esa realidad mitológica. ¿Una pista? El acto de negación, tan evidente en los ciudadanos de esta ucronía (negar al otro, negar derechos del otro) reactualiza aquel acto primario de negación que constituyó el germen de la enemistad entre los “hijos de la tierra” y los “inmigrantes invasores” a principios de siglo. El encuentro pudo haberse dado de otro modo-- de hecho si hay algo que sobraba en este país era la tierra-- pero la integración de los inmigrantes ocurrió bajo el sino de la negación, del ninguneo, y creo que esto fue la fuente de todas nuestras desgracias a partir de 1900.

Para ir cerrando: la ucronía- sea del signo que sea- niega los cambios reales, materiales y sociales, con el único objetivo de sostener una vivencia de satisfacción. Se sacrifica el principio de realidad con tal de apuntalar vagas fantasías placenteras de otros tiempos.
Pero esto, ¿no es esto un signo de gran cobardía? Y de una cobardía peligrosa…
¿No ha llegado la hora de abandonar esa pusilánime tendencia a refugiarnos en las ucronías, para sentarnos todos juntos a una misma mesa para plantar cara a los problemas ACTUALES Y REALES que tenemos los argentinos?

¡Basta de embutir el mundo real en el molde de las ucronías! No estamos en el 45, ni en los 70, ni siquiera en el 2001, sino en 2019; Cristina no es Eva, Kirchner no es Perón, Macri no es la dictadura, Magneto no es Braden. Serán otra cosa, con afinidades o no por ideas del pasado, pero sin duda no son aquello. Nunca lo fueron. Si en algún momento lo creemos así, es porque hemos caído en la trampa de las ucronías.

¡Estemos atentos!



[1] Piero fue Secretario de Cultura de Duhalde en el 98. Fue procesado por corrupción en 2002, cuando el músico se desempeñaba como subsecretario de Cultura bonaerense y presidía la fundación "Buenas Ondas". El músico no se presentó y quedó en rebeldía. Su causa prescribió después de 10 años de proceso.
[2] Véase el Proyecto Umbral.

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