viernes, 27 de diciembre de 2019

VIDA COTIDIANA - ¡I CAN GET NO SATISFACTION!


Dice el refrán que ojos que no ven corazón que no siente, pero ojos y oídos que están permanentemente sobreexpuestos e hiperestimulados por basura informativa de todo tipo… ¿qué terminan sintiendo? Lo que ocurre es que, a modo de protección sensorial, el sujeto se va blindando, y con esta sordina de los sentidos también se opaca su entendimiento y se amortigüa su sensibilidad.

Del entendimiento me ocuparé luego porque puede esperar. Acá me urge hablar de lo que sucede con la sensibilidad, ya que el aplanamiento de la sensibilidad afecta en forma directa a su principal producto derivado: el placer. Y sin Principio del Placer, como decía Freud, no hay vida que aguante, de modo que el asunto reviste cierta urgencia.

Puedo escuchar ya las críticas a mi planteo de parte de aquellos sagaces lectores que con acierto señalarán el evidente imperativo social de obtener placer a toda costa (de hecho el que no puede obtenerlo es visto como un paria,  al que se compadece lo mismo que a un minusválido, un enfermo, un impotente). Y sin embargo, agrego yo, no es menos evidente que las vías para obtener el placer están bloqueadas. ¿No es acaso esa la causa de que  proliferen los diagnósticos de depresión, uno de cuyos síntomas cardinales es la anhedonia o falta de placer? A pesar de que parece que vivimos en una sociedad hedonista, por todos lados surgen obstáculos y objeciones a la obtención de placer.

Esas objeciones ya no son como antes de tipo moral, no provienen de la censura, no son objeciones explícitas y directas que formula un Otro castradpr. Como dije, ahora experimentar placer es casi un mandato promovido y recomendado por los mismos que antes lo consideraban un derroche de energía social y se dedicaban a censurarlo. Ahora, en cambio, cuando no sólo no se nos censura ni reprime, sino que se nos incita a arrojarnos sin más en los brazos del placer, sentimos alzarse en nuestro interior un muro, un muro de contención, un muro que nosotros mismos supimos construir para protegernos… ¿protegernos dije? Sí, porque ahora que nadie de afuera nos protege del placer, hemos interiorizado la mirada del censor y abrigamos una oscura sospecha sobre la peligrosidad del placer.

Pero ¿cómo es que llegamos a sospechar peligro en el placer, cuando según Freud es la única brújula certera capaz de orientar la conducta del animal vivo? Pues porque toda satisfacción se ha convertido en el caballo de troya de muchos enemigos que- sirviéndose del camouflage del placer- pretenden envenenar nuestras vidas. La droga sería el ejemplo paradigmático de este caso en un nivel orgánico. Pero con un poco de imaginación el lector encontrará muchos ejemplos de esto en la vida social.

Empecemos por lo más sencillo de todo: comer. Dejando de lado que conseguir comida barata (o al menos a precio justo) en el país que se autodenomina “granero del mundo” parece ser una utopía, de pronto aparecen insospechados obstáculos a la hora de satisfacerse comiendo.
                  
En primer término, el alimento es potencialmente de mala calidad o está sospechado de contaminación con agrotóxicos. 
No lo sabemos con precisión, pero existe una fuerte evidencia de que todo lo que ingerimos está contaminado, es potencialmente tóxico, o sufre procesos productivos en los cuales se adicionan aditivos con poder cancerígeno. Justo en el preciso momento en que nos aprestábamos a saborear una deliciosa ensalada la televisión nos muestra las devastadoras consecuencias de los agroquímicos en la salud, y entonces…. 

¡I CAN GET NO SATISFACTION!

En segundo lugar, la creciente conciencia de lo que significa alimentarnos y el modo en que satisfacemos esta necesidad, entra en colisión frontal con nuestros sistemas morales más refinados. La conciencia de que todo alimento- no puede ser de otra manera- está vivo, nos convierte automáticamente en asesinos. El veganismo se encarga de hacernos saber que esa hamburguesa es el resultado del sufrimiento de personas no humanas condenadas a un genocidio sin precedentes por el “hombre civilizado”. Y basta leer el libro “La vida de las Plantas” de Coccia para preferir morir de inanición a pelar (¿o debería decir despellejar?) una zanahoria. Lo peor es que uno no puede menos que acordar con aquellos que denuncian el maltrato animal, pero cuando se encuentra solo frente a un plato de comida, con la humilde pretensión de disfrutarlo…. 

¡I CAN GET NO SATISFACTION!

Sigamos con la otra gran fuente de satisfacción: el amor y el sexo. El romanticismo- antaño una gran fuente de satisfacción para el varón, desde siempre el gran romántico y autor de todas las obras de arte que idealizan y ensalzan a la mujer- pasó de ser una fuente de placer a considerarse un deporte peligroso: la embriagadora obnubilación de los sentidos que provoca el amor puede ser letal si del otro lado hay una mujer desaprensiva y manipuladora, a quien la ley sobreprotege más allá de lo razonable. Muchos hombres- y los españoles saben de qué hablo- han decidido vivir en celibato antes que exponerse a los riesgos de una relación que puede dañarlos severamente: la ley habilita a la mujer a acusarlo, casi sin pruebas, de hostigamiento, acoso o violación, y ni hablar del calvario sobre el contacto con los hijos luego de una separación, si los hubiera.
No, el amor ya no es satisfactorio. Sólo una compulsiva necesidad biológica puede romper por un instante la barrera que separa al hombre de mujeres que se presentan como “guerreras”, “empoderadas”, gritando “machete al machote” y barbaridades por el estilo. Un pañuelo verde en la muñeca basta para que el esmerado cortejante se vea reducido al instante a un castrati, un simple “aliado feminista”, un miserable y servil gusano a los servicios de la reproducción del matriarcado.

¡I CAN GET NO SATISFACTION!

Pero atención, el amor y el sexo de ellas no se resiente menos por el avance del feminismo militante. Cuando se les acerca un hombre que les gusta, las féminas intoxicadas por la ideología de género no pueden evitar un sentimiento desagradable: los modales amables del cortejante se parecen demasiado a los gestos felinos de una peligrosa bestia al acecho: un femicida acecha detrás de cada varón, y no creo que fornicar con un asesino en potencia resulte muy relajante. Para ellas por lo tanto también vale el dicho…

¡I CAN GET NO SATISFACTION!

Otra fuente de satisfacción natural es la verdad. Saber la verdad es un derecho básico. Pero ¡oh desgracia! en el mundo de la posverdad esto es imposible. Sólo hay relatos, relatos a favor y relatos en contra, relatos para hacernos reír y relatos para hacernos enojar, relatos que se emplean como armas: la verdad se ha vuelto peligrosa, porque suele ser el envoltorio que encubre una manipulación. De modo que berreamos como niños porque queremos saber la verdad, y aunque nos la ofrecen a manos llenas, no nos decidimos a tomarla, porque desconfiamos. Si la verdad era un alimento para el espíritu, la post-verdad es un veneno. Y si uno no puede tomar lo que necesita…

¡I CAN GET NO SATISFACTION!

Otra de las fuentes de satisfacción (y van quedando pocas) se encuentra en experimentar la dignidad. Dignidad en el trabajo, dignidad en el trato con otros. Justicia recíproca, respeto. Todo eso es una fuente muy importante de satisfacción, a veces mucho más importante que el dinero (y fíjense que no hablé del dinero hasta ahora)
Con la dignidad ocurre que se ve minada por distintos frentes. La arbitrariedad de las decisiones políticas es uno de los principales factores agresores. La impunidad es otra. La injusticia social es otra. Uno no puede sentirse digno cuando los poderosos toman decisiones injustas y arbitrarias, cuando se carece de protección social, cuando los políticos le meten a uno la mano en el bolsillo como forma de solucionar los desbarajustes que ellos mismos causan por su inoperancia. El sentimiento de que uno no es dueño de sí mismo es un grave atentado contra la dignidad, y puede desencadenar las respuestas más violentas dirigidas a recobrar el autocontrol y reparar la dignidad lesionada.

Si alguien que regresa del trabajo luego de un día satisfactorio, en que ha sido felicitado por su jefe y se siente particularmente digno y respetado por sus colegas tiene de pronto la peregrina idea de prender el televisor para enterarse cómo va el mundo, verá desplomarse su dignidad en un segundo, y no tendrá más remedio que arrastrarse hasta la cama sintiéndose poco menos que una cucaracha.

¡I CAN GET NO SATISFACTION!

Si no hablo del dinero, es porque es demasiado obvio, y además es un cliché adjudicar todas las insatisfacciones a la falta de dinero, cuando no es así. De eso que se ocupe la Economía, yo me preocupo de mirar a mi alrededor y mencionar por qué

¡I CAN GET NO SATISFACTION!

Continuará…

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