lunes, 30 de diciembre de 2019

VIDA COTIDIANA - MILLENNIALS I : ¿VIVIR LA VIDA O TENER EXPERIENCIAS?


Que conste: veo a los millennialss de mi barrio y trato de entenderlos. Confieso que me cuesta.
¿Será un síntoma de la brecha generacional?
Los veo- sí, con sus veintipico de años- ir al barbero (las barberías han florecido en Buenos Aires con la llegada de los millennialss) y salir ostentando prolijas y cuidadas barbas y bigotes que serían la envidia de AlfredoPalacios, de Alsina o de Leandro Alem.
En el barrio abrió además un negocio que promociona “Delis”. Para gente como yo, que la única Deli que conoce- y de nombre- es Nueva Delhi, esto es una curiosidad, y no puedo menos que merodear el lugar para ver qué es lo que se cuece allí dentro. Me sorprendo: el local está lleno de jóvenes barbados, en remera y bermudas. El negocio abrió hace poco… ¿Cómo lo han encontrado?- me pregunto. Pero al instante descubro la respuesta: todos ellos portan un objeto de forma rectangular en sus manos, un objeto que brilla rutilante cada vez que con un gesto acrobático lo hacen girar y lo prenden y apagan y apagan y prenden y bloquean y desbloquean con la velocidad y pericia del Hombre del Rifle. ¡Pues claro, olvidaba que todos están conectados, y seguramente han encontrado el negocio googleando en Maps o a través de alguna App o por algún grupo de Wasap del barrio, donde enseguida se viraliza cualquier mínimo chisme! Y allí están, con ese gesto de autosuficiencia tan típico de millennial, creyendo que han descubierto el negocio cual precoces Adelantados, cuando lo que en verdad ha ocurrido es que el negocio los ha “pescado” a ellos, incautos peces que navegan por las redes hipercodificadas del ciberespacio. Pues bien, el caso es que los veo salir muy satisfechos del local con fiambres caseros, vinos de autor, y quesos especiados cuyo valor no quiero ni imaginar.
Al parecer estos millennialss no se preocupan demasiado por el precio de las Delis. En su escala de valores, está primero el pasarla bien, sin importar lo que cueste.
Pero sus apetencias no se limitan a lo salado.
A cuatro cuadras de aquí han abierto una heladería de nombre italiano (porque el helado italiano tiene buena reputación) en cuya vereda un cartel reza “stop and take a coffee”, y también “take away”, mensajes dirigidos tanto al universo del millennial relajado como del que tiene prisa. Multitud de tortas y delikatessen de pastelería se ofrecen en las brillantes vidrieras, por el módico precio de un ojo el cuarto kilo. Tampoco aquí se arredran los millennials, que mientras con una mano dan cuenta de la torta, con la otra se las arreglan, entre sorbos de “coffee”, para llevan a su boca el micrófono del celular y proseguir su permanente diálogo con las Apps.
La mayor parte de estos millennialss nació en los 90, por lo cual recién accedió a la conciencia política a los 14 años, digamos, aproximadamente en el 2004, o sea post-crisis del 2001. Y los 12 años restantes, o sea hasta completar los 26 digamos, vivieron en un régimen político donde se les dijo- y se les repitió hasta el cansancio- que tenían DERECHOS de todo tipo, omitiéndose un hecho evidente- al menos para mi generación, hija de la dictadura represiva-: que los derechos generalmente se conquistan con trabajo y esfuerzo, o sea que vienen usualmente precedidos por obligaciones. Por todo esto, no es de extrañar que los millennialss sean- como dice un amigo mío- mucho menos dóciles que nosotros, o sea reaccionen mucho más violentamente ante el menor cercenamiento de sus derechos. Y esto parecería bueno en principio… pero sólo en principio.
Lo cierto es que los millennials no se rebelan como lo hacíamos nosotros, sobreponiéndonos al temor de enfrentar la autoridad, y conscientes de la posibilidad de ser aplastados por poderes superiores; ellos en cambio se ofenden ante el atropello, desde la ingenuidad inconsciente de suponer que esos derechos les son tan naturales y sobre todo tan gratuitos como el aire que respiran, o las Apps que bajan del PlayStore, y entienden que cualquier carencia de esos derechos, incluso la provocada por la propia indolencia ante las obligaciones que les son inherentes, resulta intolerable. La frase de Greta Thunberg, -¿Cómo se atreven?,  refleja a la perfección lo que quiero decir.
La ferocidad con que los millennialss reaccionan ante el más mínimo cuestionamiento a sus derechos (aún si éste fuera fundado, por ejemplo el caso en que dicho derecho no resulte merecido) nos hace sospechar que su relación con la vida es de carácter distinto al nuestro. Cualquiera de nosotros tiende a suponer que todos percibimos el mundo de manera similar, pero este no parece ser el caso.

Veamos. Mientras nosotros percibimos la vida en términos existenciales, el millennials la percibe en términos experienciales. Lo aclararé con un cuadrito.

Percepción existencial de la vida
Percepción experiencial de la vida
La vida es un milagro misterioso y sagrado, un don recibido por el cual estamos agradecidos.
Nos sentimos obligados hacia Dios o Natura, que es quien nos ha dado la vida, y puede quitárnosla.
La vida es un derecho que se adquiere al nacer (derecho establecido en la Declaración de los Derechos del Hombre)  y una oportunidad única (se entiende por qué única…) de tener experiencias maravillosas.
Hay una conciencia de los límites, de la fragilidad de la vida y de las dificultades de la realidad.
No hay límites a tu posibilidad de experimentarlo todo. Impossible is nothing , reza el slogan de Adidas.
La existencia está condicionada por muchos factores externos e internos que no gobernamos.
Todo depende de ti. Just do it, reza el slogan de Nike
Vivir es atravesar el tiempo de la existencia.
Vivir es tener muchas experiencias. Acumular experiencias.
Los acontecimientos de la vida son motorizados por las pulsiones de autodesarrollo (vocación) o deseos internos, que pueden encontrar obstáculos más o menos dificultosos que sortear en su camino hacia la concreción (el camino hacia la individuación del que hablaba Jung)
Las experiencias son propuestas la mayor parte de las veces por el entorno externo en forma de desafíos o modas de consumo. El tener muchas experiencias implica sumar puntos y convertirse en una persona “más experimentada”. También aquí vemos un camino de individuación pero sobre un score de “logros externos”.
Como la vida es un milagro y un regalo, hay que cuidarla, darle los nutrientes que necesita, cultivarla y darle tiempo para que la semilla interna pueda desarrollarse y fructificar
Como la vida es una oportunidad, se trata de aprovecharla al máximo. Sacarle el máximo jugo es la meta. Exprimirse física, psíquica e incluso moralmente a tope.
El sujeto percibe de entrada que su vida singular está en antagonismo con otras vidas y con un medio externo adverso, por lo tanto la aparición de experiencias negativas y dolorosas no le resulta una sorpresa, sino casi el destino natural con el que tendrá que lidiar.

Las experiencias que se le proponen al sujeto desde la sociedad de consumo- y que se le plantean como derechos- son promesas de satisfacción.
Una experiencia que resulta insatisfactoria o dolorosa es por lo tanto un evento anormal, un fraude, una hipocresía, una estafa, perpetrada por un Otro.¿Cómo se atreven?
La existencia es un hecho íntimo y personal, se vive sólo para desarrollar el self propio en su plenitud.
La experiencia se vive para ser exhibida, para ser contada a otros, para ser posteada en un muro, para ser tweeteada o instagrameada. La experiencia es una “cocarda” que se muestra en las redes.

Podría seguir, pero para ejemplo creo que es suficiente.

¿A dónde quiero llegar con esto? Bueno, por lo pronto estoy marcando algunas características que observo en los millennials, nada más. Que cada uno saque sus propias conclusiones.

En un próximo artículo hablaremos de las diferencias entre su concepto de la libertad, y su particular sentido de comunidad. Ahora, si me disculpan, me voy corriendo a comprar unas “delis” antes de que cierre el local…

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