Que conste:
veo a los millennialss de mi barrio y trato de entenderlos. Confieso que me
cuesta.
¿Será un
síntoma de la brecha generacional?
Los veo-
sí, con sus veintipico de años- ir al barbero (las barberías han florecido en
Buenos Aires con la llegada de los millennialss) y salir ostentando prolijas y
cuidadas barbas y bigotes que serían la envidia de AlfredoPalacios, de Alsina
o de Leandro Alem.
En el
barrio abrió además un negocio que promociona “Delis”. Para gente como yo, que
la única Deli que conoce- y de nombre- es Nueva Delhi, esto es una curiosidad,
y no puedo menos que merodear el lugar para ver qué es lo que se cuece allí
dentro. Me sorprendo: el local está lleno de jóvenes barbados, en remera y
bermudas. El negocio abrió hace poco… ¿Cómo lo han encontrado?- me pregunto.
Pero al instante descubro la respuesta: todos ellos portan un objeto de forma
rectangular en sus manos, un objeto que brilla rutilante cada vez que con un
gesto acrobático lo hacen girar y lo prenden y apagan y apagan y prenden y
bloquean y desbloquean con la velocidad y pericia del Hombre del Rifle. ¡Pues
claro, olvidaba que todos están conectados, y seguramente han encontrado el
negocio googleando en Maps o a través de alguna App o por algún grupo de Wasap
del barrio, donde enseguida se viraliza cualquier mínimo chisme! Y allí están,
con ese gesto de autosuficiencia tan típico de millennial, creyendo que han descubierto
el negocio cual precoces Adelantados, cuando lo que en verdad ha ocurrido es
que el negocio los ha “pescado” a ellos, incautos peces que navegan por las
redes hipercodificadas del ciberespacio. Pues bien, el caso es que los veo
salir muy satisfechos del local con fiambres caseros, vinos de autor, y quesos
especiados cuyo valor no quiero ni imaginar.
Al parecer
estos millennialss no se preocupan demasiado por el precio de las Delis. En su
escala de valores, está primero el pasarla bien, sin importar lo que cueste.
Pero sus
apetencias no se limitan a lo salado.
A cuatro
cuadras de aquí han abierto una heladería de nombre italiano (porque el helado
italiano tiene buena reputación) en cuya vereda un cartel reza “stop and take a
coffee”, y también “take away”, mensajes dirigidos tanto al universo del
millennial relajado como del que tiene prisa. Multitud de tortas y delikatessen
de pastelería se ofrecen en las brillantes vidrieras, por el módico precio de
un ojo el cuarto kilo. Tampoco aquí se arredran los millennials, que mientras
con una mano dan cuenta de la torta, con la otra se las arreglan, entre sorbos
de “coffee”, para llevan a su boca el micrófono del celular y proseguir su
permanente diálogo con las Apps.
La mayor
parte de estos millennialss nació en los 90, por lo cual recién accedió a la
conciencia política a los 14 años, digamos, aproximadamente en el 2004, o sea
post-crisis del 2001. Y los 12 años restantes, o sea hasta completar los 26
digamos, vivieron en un régimen político donde se les dijo- y se les repitió
hasta el cansancio- que tenían DERECHOS de todo tipo, omitiéndose un hecho
evidente- al menos para mi generación, hija de la dictadura represiva-: que los
derechos generalmente se conquistan con trabajo y esfuerzo, o sea que vienen
usualmente precedidos por obligaciones. Por todo esto, no es de extrañar que
los millennialss sean- como dice un amigo mío- mucho menos dóciles que nosotros, o sea reaccionen mucho más violentamente ante
el menor cercenamiento de sus derechos. Y esto parecería bueno en principio…
pero sólo en principio.
Lo cierto
es que los millennials no se rebelan como lo hacíamos nosotros,
sobreponiéndonos al temor de enfrentar la autoridad, y conscientes de la
posibilidad de ser aplastados por poderes superiores; ellos en cambio se ofenden ante el atropello, desde la
ingenuidad inconsciente de suponer que esos derechos les son tan naturales y
sobre todo tan gratuitos como el aire que respiran, o las Apps que bajan del
PlayStore, y entienden que cualquier carencia de esos derechos, incluso la
provocada por la propia indolencia ante las obligaciones que les son
inherentes, resulta intolerable. La frase de Greta Thunberg, -¿Cómo se atreven?, refleja a la perfección lo que quiero decir.
La
ferocidad con que los millennialss reaccionan ante el más mínimo
cuestionamiento a sus derechos (aún si éste fuera fundado, por ejemplo el caso
en que dicho derecho no resulte merecido) nos hace sospechar que su relación
con la vida es de carácter distinto al nuestro. Cualquiera de nosotros tiende a
suponer que todos percibimos el mundo de manera similar, pero este no parece
ser el caso.
Veamos. Mientras nosotros percibimos la vida en
términos existenciales, el millennials
la percibe en términos experienciales.
Lo aclararé con un cuadrito.
Percepción existencial de la vida
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Percepción experiencial de la vida
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La vida
es un milagro misterioso y sagrado, un don recibido por el cual estamos
agradecidos.
Nos
sentimos obligados hacia Dios o Natura, que es quien nos ha dado la vida, y
puede quitárnosla.
|
La vida
es un derecho que se adquiere al
nacer (derecho establecido en la Declaración de los Derechos del Hombre) y una oportunidad
única (se entiende por qué única…)
de tener experiencias maravillosas.
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Hay una
conciencia de los límites, de la fragilidad de la vida y de las dificultades
de la realidad.
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No hay
límites a tu posibilidad de experimentarlo todo. Impossible is nothing , reza el slogan de Adidas.
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La
existencia está condicionada por muchos factores externos e internos que no
gobernamos.
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Todo
depende de ti. Just do it, reza el
slogan de Nike
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Vivir es
atravesar el tiempo de la existencia.
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Vivir es
tener muchas experiencias. Acumular
experiencias.
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Los
acontecimientos de la vida son motorizados por las pulsiones de
autodesarrollo (vocación) o deseos internos,
que pueden encontrar obstáculos más o menos dificultosos que sortear en su
camino hacia la concreción (el camino hacia la individuación del que hablaba
Jung)
|
Las
experiencias son propuestas la mayor parte de las veces por el entorno externo en forma de desafíos o modas
de consumo. El tener muchas experiencias implica sumar puntos y convertirse en una persona “más experimentada”.
También aquí vemos un camino de individuación pero sobre un score de “logros externos”.
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Como la
vida es un milagro y un regalo, hay que cuidarla,
darle los nutrientes que necesita, cultivarla y darle tiempo para que la
semilla interna pueda desarrollarse y fructificar
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Como la
vida es una oportunidad, se trata
de aprovecharla al máximo. Sacarle el máximo jugo es la meta. Exprimirse física, psíquica e incluso
moralmente a tope.
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El sujeto
percibe de entrada que su vida singular está en antagonismo con otras vidas y
con un medio externo adverso, por lo tanto la aparición de experiencias
negativas y dolorosas no le resulta una sorpresa, sino casi el destino natural
con el que tendrá que lidiar.
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Las
experiencias que se le proponen al sujeto desde la sociedad de consumo- y que
se le plantean como derechos- son promesas de satisfacción.
Una
experiencia que resulta insatisfactoria o dolorosa es por lo tanto un evento
anormal, un fraude, una hipocresía, una estafa,
perpetrada por un Otro.¿Cómo se
atreven?
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La
existencia es un hecho íntimo y personal, se vive sólo para desarrollar el
self propio en su plenitud.
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La
experiencia se vive para ser exhibida, para ser contada a otros, para ser posteada
en un muro, para ser tweeteada o instagrameada. La experiencia es una
“cocarda” que se muestra en las redes.
|
Podría
seguir, pero para ejemplo creo que es suficiente.
¿A dónde
quiero llegar con esto? Bueno, por lo pronto estoy marcando algunas características
que observo en los millennials, nada más. Que cada uno saque sus propias
conclusiones.
En un
próximo artículo hablaremos de las diferencias entre su concepto de la
libertad, y su particular sentido de comunidad. Ahora, si me disculpan, me voy
corriendo a comprar unas “delis” antes de que cierre el local…
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