martes, 28 de abril de 2020

LA FANTASTICA CAJA DE HERRAMIENTAS DE BARRERA CORRALES


Barrera Corrales es un argentino modelo en muchos aspectos.
Sin embargo, en esta ocasión queremos destacar un aspecto de su personalidad que no deja de sorprender a quienes le conocen por primera vez: su tendencia a lidiar con los problemas mediante el procedimiento de ponerles un cepo y asfixiarlos hasta la muerte.

Por desgracia, la conducta de Barrera Corrales es muy popular y ha cosechado muchos fanáticos en el mundillo político, de ahí la importancia de esta nota para todos nosotros, quienes no pocas veces padecemos las consecuencias del obtuso fundamentalismo de sus seguidores.

La cosa es así: a Barrera Corrales, como a todos nosotros, se le presentan infinidad de problemas en su vida cotidiana. Esto es absolutamente normal, ya que los problemas señalan dónde hemos de trabajar más para superarnos. El caso es que Barrera Corrales no lo siente así.  

Para él, un problema es algo que desafía su autoridad, y por tanto en lugar de tomar nota del inconveniente que ha surgido, estudiar sus causas y proceder a implementar una solución creativa como haría cualquier persona normal, nuestro amigo recurre inmediatamente al procedimiento de acotar el obstáculo, encapsularlo, decretarle un bloqueo o imponerle una limitación lo suficientemente gravosa y disuasiva como para borrarlo sin más de la faz de la tierra. O en el caso de que no pudiera hacerlo desaparecer, al menos intentará meterlo en el cepo o dejarlo atado de pies y manos en un rincón, cosa que ya no pueda molestar.

La más mínima anormalidad o alteración del statu-quo reinante que ponga en entredicho su fino sentido de la armonía y la tranquilidad, que – hay que decirlo- para Barrera Corrales se parece bastante a la paz de los cementerios, le dicta inmediatamente el camino a seguir y las medidas a tomar.

Comprende, con lucidez de cascarudo, que lo primero y más importante es parar en seco, cerrar todo, clausurar la actividad que dio origen al problema, prohibir ampliamente cualquier expresión del mismo, y sobre todo imponer una cantidad suficiente de restricciones, multas y penalizaciones como para asfixiar la novedad, aplacar el disturbio, amordazar y silenciar cualquier opinión disonante. Una vez aislado, inmovilizado y convenientemente penalizado, el problema emergente se debilitará al punto de convertirse en una sombra inofensiva, tras lo cual Barrera Corrales procederá a barrer sus despojos debajo de la alfombra… ¡y aquí no ha pasado nada!

Su idiosincrasia, forjada durante años de paciente ejercicio y numerosos ensayos de prueba y error, lo confirman en la creencia de que “el mejor problema es el problema muerto - o desaparecido”.

Pero ¡cuidado!: los obstáculos e inconvenientes suelen ser casi siempre un llamado de atención para introducir mejoras en las condiciones de vida, por lo cual esta estrategia, si bien puede llevar tranquilidad en el corto plazo, resulta peligrosa en el largo, pues supone la supresión del síntoma mediante la ciega imposición de cercos, barreras, peajes, corralitos, cuarentenas, clausuras, multas, suspensiones de actividad, y todo un enorme arsenal de medidas restrictivas (para los demás, claro) por las cuales Barrera Corrales siente una tierna predilección desde la época del Virreinato.

Esta es la principal razón por la cual la Argentina arrastra desde hace siglos los mismos problemas: en vez de escuchar las advertencias que éstos denuncian a grito pelado, y ponerse en consecuencia a buscar soluciones apropiadas, Barrera Corrales siempre ha optado por meter los problemas en el cepo. No hay que olvidarse que uno de los primeros que padeció los tormentos del cepo y de las estaquiaduras fue Martín Fierro. Casi un símbolo de la Argentina.
¿Qué ocurre luego? Que tras pasar una conveniente temporada de confinamiento, el problema se encuentra en condiciones lamentables de salud, y si no ha desaparecido al menos se ha vuelto inofensivo. Por desgracia, una vez puesto en libertad no tardará en ganar peso y revertir su anemia para atacar nuevamente… y otra vez el ciclo recomienza.

El recurso de imponer peajes, barreras y obstáculos a los demás,  sirve también de manera ejemplar para emparejar una carrera que dejaría muy atrás a Barrera Corrales si hubiera de confiar en su propia disposición y capacidad para servir al prójimo, y obtener  reconocimiento social por mérito propio.  Por el contrario, ante la amenaza de ser sobrepasado por el éxito de personas que, mostrando una iniciativa de la que nuestro amigo carece, se lanzan impúdicamente a hacer cosas útiles en el mundo, no le queda a Barrera Corrales más remedio que recurrir- entiéndase bien, contra su voluntad, aunque de acuerdo a su más puro instinto de conservación vegetativa- al desagradable recurso de imponer al prójimo la mayor cantidad de trabas y obstáculos que pueda.

Sencillamente, Barrera Corrales no puede darse el lujo de liberar la creatividad y los recursos de sus prójimos pues quedaría inmediatamente expuesta en carne viva toda su ineptitud e insolvencia. Pero por sobre todo quedaría expuesto algo mucho más vergonzante: su propia falta de libertad y su condición de esclavo, pues sólo quien no es libre desconfía y teme la libertad del prójimo.

Utilizando estos métodos gravosos, Barrera Corrales logra cierta miserable visibilidad y se gana un respeto espurio.

En la Argentina tenemos muchos seguidores de su doctrina. Se los puede ver transitando despachos oficiales, munidos de un discreto maletín en donde pueden encontrarse las siguientes herramientas, de las cuales se hace a continuación un prolijo inventario:

carteles de “Prohibido ….”  para completar según necesidad;
mordazas y leyes mordaza;
un par de esposas de hierro y otro par de maneas de cuero (hasta se han visto maneas rodadoras[1] para enlentecer a quienes van demasiado rápido);
corralitos financieros y cotos geograficos de comercio;
peajes ruteros y administrativos varios;
permisos y excenciones arbitrarias;
tasas e impuestos extraordinarios;
retenciones;
tiras de cuero de potro para estaquear[2] a los disidentes;
yeso para escayolar fracturas internas y para impedir el movimiento de los más inquietos;
fijador de pelo y sobre todo de ideas;
gas paralizante;
un práctico cepo plegable apto todo terreno;
cuarentenas domiciliarias y otros dispositivos de confinamiento improductivo;
pastillas para dormir al prójimo;
cintas cortacalles y precintos de clausura;
un diccionario con doscientos cincuenta sinónimos de la palabra PROHIBIR, con su traducción a cincuenta idiomas.
(la lista no está completa…)


[1] Tipo de manea (lazo) que a manera de esposas une patas delanteras y traseras impidiendo que el animal emprenda una carrera veloz.
[2] Estaquear: práctica mediante la cual se inmoviliza a una persona al suelo usando tientos de cuero sujetos a estacas.

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