miércoles, 6 de mayo de 2020

EMPLEADOS PÚBLICOS “MILITANTES”


Por Elena Duker (eleduker@gmail.com)
Desde el año 2003 a esta parte algo cambió en la conformación de los recursos humanos del Estado. No sólo por el aumento de empleados de planta que, según estudios, se incrementó el 51% entre 2003 y 2014 (1). Al margen de lo abrumador del número, que no paró de crecer desde entones, hay una particularidad inquietante que puede observarse recién ahora después de 17 años transcurridos y que tiene que ver con la actitud contestataria y la manera arrogante de conducirse de quienes se supone deberían servir a sus conciudadanos. 

Ocurre que una buena parte de estos empleados públicos, sobre todo los que integran esa oleada de ingresos masivos que se inició a partir del año 2003, se han convertido en “empleados militantes”.

Esto significa que anteponen a su condición de servidor público su identidad de militante de una determinada ideología. O sea que su principal interés y prioridad no es el de trabajar para brindar un buen y eficaz servicio al ciudadano argentino -que en definitiva es quien le paga el sueldo de su bolsillo-, sino, por el contrario, hacer política, acompañando al proyecto del gobierno con el que se identifican ideológicamente o combatiéndolo si no les resulta afín, como sucedió durante la presidencia de Macri.

Aquí se hace evidente el más grande y grave error que cometemos los Argentinos: el de confundir al Gobierno con el Estado. Porque Estado y Gobierno, querido lector, no son la misma cosa ni deberían confundirse jamás en una República que se precie de serlo. Mientras el Gobierno es un grupo de personas elegidas para conducir y administrar transitoriamente las instituciones, el Estado nos pertenece a todos, pues sus Instituciones son propiedad del Pueblo argentino en su conjunto, su función es servir a los ciudadanos, y están pensadas para sobrevivir a los gobiernos.  Ser empleado del Estado no significa, entonces, ni apoyar al Gobierno ni combatirlo, sino servirlo y obedecerlo como a todo empleador para el que se trabaja y que paga por nuestros servicios.

El empleado público militante está convencido que por trabajar en el Estado o tener una ideología que supone superior a otras adquiere representatividad y legitimidad ante la sociedad, pero este convencimiento es falso, pues quien ostenta la verdadera representatividad y legitimidad es el Gobierno , que ha llegado a ser gobierno por el voto popular de la mayoría de los argentinos. Ni ATE ni UPCN ni ningún otro sindicato de empleados públicos ha llegado donde está por ganar una elección nacional, de modo que si bien están en su derecho de cuestionar condiciones laborales y salarios, carecen totalmente de legitimidad democrática para cuestionar las políticas de gobierno.

Inmersos en esta confusión, cuando el Gobierno elegido es afín a su ideología los empleados públicos militantes se sienten convalidados y apoyan cualquier medida acríticamente, mientras que cuando el Gobierno no es afín a su ideología, se oponen de manera igualmente acrítica y lo obstaculizan movidos por su fundamentalismo ciego.

El mayor aluvión de “empleados militantes asalariados” al Estado lo aportó La Cámpora, soldados del kirchnerismo identificados ideológicamente con la izquierda internacionalista, en sus variantes combativas, moderadas y cómodas "de café”. Ocuparon tanto puestos de conducción como de empleados rasos, sin otro currículum vitae que el de ser militante de esa organización política. Nacida en un despacho presidencial -y bajo la protección del poder- la organización tuvo tres ejes estratégicos básicos: ocupar la calle, ocupar cargos de conducción en el Estado (para manejar la caja política) y mantener la lealtad al gobierno. Son los que tomaban la calle con sus bombos y banderas ante la amenaza del “enemigo” del momento y los que engrosaban las filas en el patio de la Rosada durante las habituales manifestaciones organizadas para adular y aplaudir a Cristina cuando era presidente. 

La creación de nuevas Universidades Públicas durante el kirchnerismo, la estatización de empresas como AYSA (2006), Aerolíneas Argentinas (2008), Anses y las participaciones en  empresas que antes eran de las AFJP (2008), e YPF (2012) están entre sus territorios de poder más importantes. Porque eso es lo que construyó el Kirchnerismo al agrandar el Estado: Poder (2). Mientras fueron gobierno hasta el 2015 los empleados camporistas tuvieron el manejo de importantes recursos económicos del Estado (es decir dinero de todos los argentinos) y una fuerte presencia en Universidades Públicas, Colegios secundarios y Centros de estudiantes desde donde infundían sutilmente sus ideas

Y ahora que el Kirchnerismo volvió al gobierno, a solo escasos meses de asumir la presidencia Alberto Fernández, ya los jóvenes dirigentes arremeten con nombramientos indiscriminados para controlar las dos instituciones que concentran los mayores recursos del Estado, como son Anses y Pami (3), y quién sabe qué otras más.

Pero más allá del manejo político-económico que hagan los dirigentes de La Cámpora (pues hablar en profundidad de los herederos de los montoneros requeriría de un análisis aparte) interesa reflexionar sobre el comportamiento del “empleado militante” común, el de las categorías medias y bajas. 

Además de asistir a las asambleas y marchas a las cuales los convocan, despliegan también su actitud de “empleado militante” puertas adentro en sus lugares de trabajo y en áreas de atención al público y en contacto con el mismo. Y esto sí que es inaceptable, aunque ganados por la costumbre la hayamos naturalizado. 

Quien quiera verificarlo no tiene más que registrar lo que ve cuando ingresa en una repartición del Estado: desde pañuelos verdes atados a los monitores de las computadoras públicas pagadas por todos los argentinos hasta fotos con los rostros de Néstor y Cristina y panfletos colgantes con propaganda político-sindical nacional e internacionales. Esto en cuanto a “la escenografía de la militancia”,  pero hay otras conductas deplorables que importan una intromisión y  atropello a la  libertad de pensamiento del prójimo como es el comportamiento de docentes militantes impartiendo clases en las universidades públicas, pilotos de Aerolíneas Argentinas dando comunicados de tintes políticos a los pasajeros, empleados de Metrogas (controlada por la estatal YPF desde 2010)  entrando a domicilios de usuarios a reconectar el gas cortado y cantando a viva voz “¡vamos a volver!”, hasta empleados sanitaristas y del sindicato del estado ATE empapelando los pasillos y tocando furiosamente el bombo en el hall principal del Hospital de Clínicas de Buenos Aires o en el del Hospital Posadas (¡tocar el bombo dentro de un hospital donde la gente va a curarse!).   

Que se comporten de esta manera con total impunidad es producto del accionar subrepticio, invasivo, lento -y a veces violento- propio de las organizaciones fascistas, no importa del signo político que sean.

Quien tenga algunos años y un poco de memoria recordará que años atrás en la Argentina las cosas no eran así. A los empleados públicos (a los menos, por supuesto) se los podía calificar de poco adictos al trabajo, de su impuntualidad, inasistencias, improductividad, pero jamás de un comportamiento militante tal como existe hoy.  En todo caso este tipo de accionar era prerrogativa de una minoría que coincidía con los más sindicalizados, quienes participaban en diferentes manifestaciones pero no se dejaban ver como tales en los lugares de trabajo donde asistía el público. Lo que hoy ocurre es exactamente lo contrario: entrar en un edificio público del Estado es como entrar en el templo de una Secta, decorada con todos los adornos típicos del Culto, y eso se lo debemos a Néstor y Cristina Kirchner.

Un punto importante a tener en cuenta es el económico, ya que no sólo del relato viven estos empleados militantes, sino que además cobran un muy buen sueldo a cambio de su compromiso y lealtad. Tienen una vida acomodada, viajan por todo el mundo y adquieren bienes materiales e inversiones.  En el fondo se saben privilegiados respecto al resto de los trabajadores que no tienen la seguridad y las consideraciones de las que ellos gozan, y purgan su sentimiento de culpa mediante una lealtad incondicional a sus jefes del momento.

Es la primera vez que estamos en presencia de militantes rentados con los dineros públicos e integrados a estructuras de recursos humanos sobredimensionadas, lo cual es una estafa a todos los argentinos. Y una peligrosa construcción de un gobierno que pretende formar fuerzas de choque para apoderarse del control del Estado, y por su intermedio someter al resto de la sociedad.




(1) Aumento del 51% de empleados públicos entre 2003 y 2014 (04/09/2015)
(2) La Cámpora y el reclutamiento de miltantes para colonizar el Estado (El Cronista, 29/05/2015):
(3) El Plan de la Cámpora para construir poder desde Anses y Pami (01-05-2020):


2 comentarios:

  1. Averiguen si eran empleados públicos los que quedaron varados en Europa!!! no dicen nada, pero la mayoría lo son!! Son unos bacanes.

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  2. Ahora tenemos empleados públicos militantes, jueces y fiscales militantes, periodistas militantes, etc. Todos comprados. Nos robaron el país. Lo que no consiguieron con las armas en los 70, Néstor lo hizo en el 2003.

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