Este artículo profundiza las ideas expuestas en un artículo previo: LA FANTASTICA CAJA DE HERRAMIENTAS DE BARRERA CORRALES. A quienes no lo han leído todavía, les recomiendo su lectura y además les pongo sobre aviso que Barrera Corrales es el nombre con que designamos un subtipo de argentino muy común por estas pampas, particularmente prolífico y abundante sobre todo en despachos oficiales, donde suele hacer nido, y cuyo rasgo distintivo es su obsesiva inclinación a instaurar medidas de tipo limitante, restrictivo, regulatorio, controlador y sobre todo, paralizante, cuando de resolver cualquier problema se trata.
En este artículo quisiera destacar un hecho que en el anterior artículo se me pasó por alto, tal vez por obvio o por el pudor que suscitan las inevitables asociaciones eróticas, y es el hecho de que Barrera Corrales es un asiduo practicante del Bondage Social.
Para quienes no estén familiarizados con la palabrita, el Bondage designa un tipo de práctica que consiste en atar, maniatar o atar de manos, sujetar al prójimo mediante sogas, esposas o pañuelos, como un modo de obtener placer en el contexto de una relación sadomasoquista.
El viejo diccionario reconvertido en Wikipedia nos aclarará un poco más el panorama. Resulta que el Bondage entra dentro de una categoría de prácticas llamadas BDSM que incluye el Bondage mismo, o sea la práctica de atar, sujetar o restringir, asociada a otras como la Disciplina, la Dominación, la Sumisión, el Sadismo y el Masoquismo.
Dice también nuestra fuente que “las prácticas relacionadas con el bondage entonces, son propiamente las que establecen roles de poder asimétricos, como amo-sumiso, patrón-criado, jefe-empleado, maestro-alumno, policía-detenido, dueño-mascota, etc.” Y aclara que el término «Disciplina» hace referencia a prácticas “relacionadas con reglas, castigos, adiestramiento, protocolos de comportamiento y posturas…
En este juego, la persona que ocupa el rol dominante suele recibir el apelativo de Amo, Ama, Dom, Señor, Señora, Mistress, Máster, Diosa, Reina, etc, siempre en mayúsculas, mientras que la persona que ocupa el rol sumiso suele recibir el apelativo de esclavo, esclava, sumiso, sumisa, sub, etc, siempre en minúsculas.”
El Bondage Social consiste en la extrapolación de este juego al ámbito de la sociedad, y más específicamente al ámbito del Gobierno.
He dicho ya que los pichones de Barrera Corrales nacen y se crían en sus nidos, mayormente en despachos oficiales heredados por generaciones, pero no se infiera de esto que el resto de la sociedad está libre de ellos. Nada más lejos de la realidad, pues si no ¿de qué semillero se nutriría la clase política?
La comunidad argentina está saturada de estos especímenes, que pasan por ciudadanos aparentemente correctos y normales, aunque dada su afición por el Bondage, pronto recalan en algun nivel de la Administración Pública, pues se han dado cuenta que es allí donde pueden jugar su juego a plena satisfacción.
Alguna vez, en una reunión de consorcio, me sorprendió comprobar que en el acaloramiento de la discusión mostraban la hilacha, la soga, e incluso el látigo, varios pichones de esta calaña. Se discutían las funciones del Encargado, y estas crías protestaban que el Encargado estaba obligado a cumplir a rajatabla el horario, haciendo plantón de tal hora a tal otra en el palier, mirando el techo y saludando a los vecinos como un bufón, sin importar en absoluto si el susodicho tenía algo que hacer, si era un trabajador eficiente, si había concluído con sus tareas o si éstas estaban adecuadamente cumplidas. Daban escasa o nula importancia a la eficiencia y a la calidad de su trabajo, pues a ellos provocábales más placer el verlo sufriendo, clavado a una silla e inmóvil durante ocho horas, que gozar de los pisos y los ascensores impecables y perfumados.
Su prerrogativa sobre el servicio contratado no se basa en exigir la excelencia del mismo, sino en demandar al prestador del servicio una serie de “actos de sumisión” carentes de toda utilidad concreta.
Lo mismo le ocurre a un amigo mío con clientes comerciales a quienes brinda soporte informático. Tienen el servicio asegurado por teleasistencia, pero el jefe considera que si mi amigo no cumple un horario en el establecimiento no se puede considerar que verdaderamente “trabaja”. Cuando, no quedándole más remedio, el pobre se aparecía de cuerpo presente para buscar su cheque, como no tenía nada que hacer allí- es más, se veía obligado a desatender el trabajo que normalmente hacía desde su casa- se regocijaban de hacerle perder el tiempo y tenerlo clavado toda una tarde a su merced sin más objeto que el de satisfacer su sadismo.
La situación también se ve muy a menudo en ámbitos académicos o profesionales, donde los Coordinadores pedagógicos en un caso o las Academias, Consejos o Administraciones en otro, se complacen de meter a sus víctimas en el cepo de inteminables reuniones vacías de contenido, o los atiborran de tareas burocráticas o redundantes, cuyo sólo objeto es el de impedirles despegar el trasero del asiento, o bien los sujetan al Lecho de Procusto de una normativa cualquiera, no importa lo absurda o inútil que esta sea.
Lo que sí importa, es dejar bien en claro que hay un Amo que ata, que mete en el cepo, que deja de plantón, que restringe, cercena, mutila, y en suma limita la existencia del esclavo.
El argentino tipo Barrera Corrales otorga más importancia y pone más esmero en construir y consolidar este tipo de relación sadomasoquista, que en mejorar la calidad de los frutos que obtiene de trabajar con otros. Esto no es casual, porque en el fondo, su placer reside mucho más en el ejercicio del poder y en la utilización de todo tipo de coerciones, restricciones, penas, multas, peajes, cuarentenas y confinamientos, que en obtener resultados de calidad.
Brecht se preguntaba: ¿Qué es robar un banco (y disfrutar los beneficios del botín) comparado con fundar uno (y ser el dueño que atesora el botín en el reducido espacio de la bóveda)?
De manera análoga nosotros podríamos decir: ¿Qué es disfrutar de los buenos servicios ofrecidos por el prójimo, comparado con dominar al prójimo, y mantenerlo cautivo de pies y manos, para así regocijarse en la contemplación de su impotencia?
¿Que el Portero dejó todo impecable? Sí, pero no estaba sentado en su sitio a las siete cincuenta, cuando el reglamento dice que tiene que trabajar hasta las ocho. ¿Que el docente o el funcionario presentó una planificación maravillosa y creativa? Sí, pero no cumple con la adecuación a la normativa según el protocolo del formulario 564. ¿Qué el programador hizo un sistema novedoso que funciona a la perfección? Puede ser, pero acá por la oficina no pisó en todo el mes, así que va a cobrar a los postres.
Dice el Papa que “el Poder es el Servicio”, y según este principio el Poder debiera estar en manos de los que mejor sirven. Pero acá en Argentina, Barrera Corrales se ha dado cuenta de lo peligrosa que es esta doctrina- sobre todo para quienes como él no prestan ningún servicio efectivo a la sociedad- y por ello se dedica a menoscabar el servicio en favor de las condiciones de dominio. Lo cual es muy sencillo de hacer, pues basta con desmerecer toda connotación socialmente útil que pudiera tener el servicio ofrecido, y poner el acento en cambio en la necesaria sumisión del oferente a las reglas, directivas, demandas y exigencias del sádico usufructuario.
Una vez que el incauto vendedor de servicios cae en la trampa, se verá obligado a jugar este juego perverso del Bondage Social, resignándose a permitir que se le cercenen libertades, que se lo obligue a cumplir rutinas absurdas, que se le planteen obstáculos estériles, que se le hagan cumplir protocolos inútiles, y que se le impongan toda clase de multas, restricciones o impedimentos, que consumirán su tiempo y su energía vital hasta desangrarlo por completo.
De ese modo, Barrera Corrales se asegura de conservar el poder, a pesar de no prestar servicio alguno.
Muchos se estarán preguntando por qué Barrera Corrales ha desarrollado esta predilección por el Bondage Social, y cómo es posible que su juego perverso reclute tantos fans entre la ciudadanía.
Una de las explicaciones más plausibles es: porque el argentino tiene miedo de la libertad.
Pero esto será motivo de un próximo artículo.
Continuará…
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