En los 60 y
los 70, Foucault se dedicó a desenmascarar lo que denominó “dispositivos instituyentes” de la
Verdad-Poder. Básicamente, postuló que todo poder se ejerce a través de un discurso de Verdad, y mostró cómo esos discursos
estaban en manos de mediadores privilegiados (científicos, médicos,
psiquiatras, maestros, jueces, etc, aunque sin limitarse a estas profesiones).
A tal punto
revolucionó el avispero, que en poco tiempo su imagen de pelada y polera se
convirtió en un ícono al estilo Andy Warhol o el Che Guevara. Por desgracia,
los íconos son frecuentemente motivo de devoción y adoración más que de lectura
o estudio, y así gran parte del progresismo creyó ver en la denuncia de
Foucault el Santo Grial con el cual podía herir a las estructuras del poder
fáctico.
Aunque esta denuncia airada y encendida de los “dispositivos discursivos opresores”
sigue siendo hoy en día el caballito de batalla de muchos progresistas, en mi opinión hace rato que se ha vaciado de sentido.
Creo que el
Poder le está haciendo a Foucault un “olé” similar al que hace el torero cuando
esquiva la embestida del toro, y de igual modo que una bacteria desarrolla
resistencia ante los antibióticos, vemos al Poder mutar de tal modo que la
disección que hiciera Foucault en su momento ya no conduce al resultado
esperado: luego de quitar una por una las capas discursivas tras las que se camouflan los dispositivos de poder… ¡Oh sorpresa!, en vez de un Rey desnudo y avergonzado
de ser descubierto en paños menores, ¡nos topamos con un autosuficiente Genio
de la Lámpara dispuesto a ofrecernos cualquier cosa que mandemos pedir! Es
desconcertante.
Ensayaré
una explicación, haciendo foco en los cambios que sufrió desde entonces el sujeto
foucaultiano.
El sujeto de la sociedad que describió
Foucault era básicamente un sujeto crédulo. Un sujeto inclinado a creer ,y por ende también a
temer, a una Verdad con mayúsculas: la Verdad de la Ciencia, de la Medicina, de
la Ley. En ese contexto, la tarea de los mediadores (jueces, médicos,
científicos, etc), artífices de los discursos de Verdad, resultaba funcional y
útil al poder, y como tal era premiada con dinero y prestigio. Frente a un
sujeto dispuesto a creer y a temer, el discurso de Verdad era un medio eficaz
para tejer la trama del poder en la sociedad.
La
situación hoy es radicalmente distinta.
El sujeto
de nuestro tiempo es fundamentalmente suspicaz, escéptico, incrédulo y
desconfiado. Le molesta cualquier discurso que tenga un tufillo normativo,
porque básicamente odia que se le diga “cómo son” o peor aún “como deben ser” las cosas. Nuestro nuevo
sujeto quiere descubrir por sí mismo el mundo, y darse sus propias leyes. No le
gustan las imposiciones de ningún tipo. Frente a este sujeto escéptico y receloso,
el discurso de Verdad única, la Verdad con mayúsculas, poco puede hacer y por
ello no resulta eficaz como medio de coerción. Ahora cada sujeto reclama su propia
verdad, lo que llamaremos aquí la verdad con minúsculas.
El
progresismo interpreta este cambio como una liberación. Según su modo de ver, los
discursos de la Medicina, de la Ley, de la Psiquiatría, se han debilitado
porque Foucault los desarmó con su denuncia, exponiendo su crudo servilismo a
los poderes de turno. En la anemia de los discursos normativos el progresismo
ve el signo de un triunfo del librepensamiento y del pensamiento crítico, y
supone que ello conduce a mayores grados de libertad.
Yo no estoy
tan seguro.
Creo que
hubo y hay razones más espurias y mundanas para la desaparición del discurso de
Verdad con mayúsculas, el discurso normativo de la era moderna. En principio,
como bien nos enseñó Foucault, la Verdad
unívoca tiende a discriminar y por tanto a excluir (a los ignorantes, a los
locos, a los enfermos, a los delincuentes), mientras que la verdad plural, la
verdad con minúsculas, o sea la verdad personal de cada uno, reclama la inclusión de lo distinto, de lo
diferente, de lo ignorado, de lo anormal. Esta inclusión incondicional tiene un efecto
deseable desde el punto de vista económico: extiende los límites del mercado, y
multiplica sus posibilidades comerciales casi hasta el infinito.
De modo que
cuando las muchedumbres que para los años 80 leían fervorosamente a Foucault comenzaron a clamar
por la desregulación y liberalización de los discursos normativos, y la implosión
de la Verdad con mayúsculas permitió el surgimiento de miríadas de verdades alternativas
a escala individual o sectorial- todo lo cual se potenció luego con el advenimiento de Internet-,
el poder fáctico se restregaba las manos y afilaba sus colmillos: más mercado
significa más dinero, y ¡más dinero significa más poder! Paradójicamente, en la actitud descreída, desconfiada, suspicaz y
reticente a los viejos discursos del nuevo sujeto posmoderno se escondía un
filón de oro, lo que no pasó desapercibido para el agudo ojo de Saurón.
Claro que
faltaba solucionar un punto para nada menor: ¿cómo mantener el control sobre un
sujeto de estas características? Su rebeldía innata, su suspicacia hacia
cualquier discurso normativo, su reclamo de autonomía, su escepticismo en fin, lo
hacía inmune a los discursos de Verdad que provenían de las antiguas formas de
autoridad (científica, médica, psiquiátrica, legal). Estos discursos solemnes,
sentenciosos, acartonados, ya no le servían al poder para hacerse oír y ganar
influencia. De modo que esa fue la verdadera razón por la cual el Poder decidió
prescindir de los antiguos mediadores, y al hacerlo, los condenó a la anemia. Hoy
los viejos discursos disciplinares vagan como fantasmas dignos de mofa, y sus
sacerdotes, los antiguos mediadores, ven cómo se esfuma inexorablemente su
influencia.
Acá es
donde mi interpretación difiere de la del progresismo: en mi opinión, la decadencia de los discursos normativos
no es un síntoma de liberación del poder opresivo, sino simplemente la
evidencia de que dichos discursos ya no son efectivos para coercionar al nuevo
sujeto, y han sido abandonados como se abandonan por inservibles las armas oxidadas. El que
ya no haya discursos normativos o éstos estén muy devaluados no es una razón
suficiente para concluir que entonces ya no hay poder, o que el poder ha sido
debilitado por la denuncia de Foucault. A lo sumo, se puede suponer que si hay
un poder detrás del telón, seguramente no está utilizando hoy en día los “dispositivos”
discursivos a los que aludía Foucault en su momento. En cambio se vale ahora de
otros mecanismos, y por eso afirmo que la crítica del progresismo- montada
sobre aquellos viejos argumentos foucaultianos- resulta obsoleta, patética y extemporánea.
¿Y si lejos de verse afectado por el recelo del sujeto ante las verdades y su desconfianza ante los discursos instituyentes, el Poder ha encontrado la forma de beneficiarse de ello? Esto requiere construir una nueva forma de crítica.(1)
¿Y si lejos de verse afectado por el recelo del sujeto ante las verdades y su desconfianza ante los discursos instituyentes, el Poder ha encontrado la forma de beneficiarse de ello? Esto requiere construir una nueva forma de crítica.(1)
Lo primero que hay que tener claro es que la humana necesidad de aferrarse a alguna certeza sigue incólume. Esto lo saben muy bien los religiososos de cualquier credo, y no creo que se pueda hacer mucho al respecto. Esta necesidad es tan fisiológica como la necesidad de alimentarse, y todo poder lo sabe. El punto es lo que el Mercado ofrece para satisfacer esa necesidad.
La Verdad
con mayúsculas, ésa que se ofrecía en los tiempos de Foucault, era única, costosa de
obtener y mantener, su mercado era limitado y producía demasiadas exclusiones.
En cambio las “verdades con minúsculas” de hoy son polifacéticas, baratas de generar y
de mantener, y como se adecúan al gusto de cada uno, demandan inclusiones al
infinito. Esta nueva verdad plural con minúsculas ya no es algo instituído por un mediador autorizado
ni calificado, como ocurría con la antigua Verdad con mayúsculas. Ahora es el propio sujeto
quien, con la autosuficiencia del consumidor que sabe exactamente lo que
necesita en cada momento, se lanza al mercado en busca del producto que
satisfaga su necesidad de certeza. La explicación que lo tranquilice no
necesariamente será la que encuentre en los libros académicos; puede que esté
en las cartas del Tarot, en un posteo de Facebook, en un video de Youtube, en la recomendación de un influencer de moda. No
importa dónde se adquiera esa certeza, lo importante es que su adquisición sirva
para tapar el agujero. Y sin importar lo que otros digan, eso es lo que nuestro
sujeto necesita: su verdad privada, la verdad que a él le resulta útil en cada
momento. Lo cierto deja paso a lo verosímil. Y la verosimilitud es un asunto
subjetivo.
Pero además,
el nuevo sujeto desea ser protagonista, lo que inmediatamente
fue percibido por los poderes fácticos como verdadera dinamita. El narcisismo
se convirtió en el nuevo combustible libidinal, capaz de mover no sólo las redes sociales sino el mundo entero: ¿quiere el nuevo sujeto-protagonista
descubrir el mundo por sí mismo, y exige un mapa para poder recorrerlo a su
antojo? ¡Pues démosle el mapa y que gaste los caminos! ¿No le gusta que nadie le diga
lo que es bueno sino que exige probar de todo para emitir su propio juicio?
¡Pues démosle la posibilidad de probar de todo hasta hartarse! El poder fáctico
descubrió enseguida que millones de personas profesando diferentes convicciones
equivale a millones de posibilidades y ansias desatadas de consumo. ¡Fenomenal
estallido del Mercado!
En este
nuevo escenario, los antiguos discursos de Verdad, declarativos,
instituyentes, demarcatorios, en una palabra normativos, deben mutar hacia discursos sugerentes, propositivos,
seductores, convocantes. Sólo así
lograrán conservar su influencia sobre el nuevo sujeto. ¡Basta ya de
sentenciar, diagnosticar y dictaminar! Si
es que quiere sobrevivir a la mutación, el antiguo mediador normativo debe
abandonar su templo y su sotana, pararse frente a una cámara en su cuarto y
metamorfosearse en youtuber o en influencer.
En
lugar de un discurso disciplinario e instituyente hay un convite, una
invitación, frecuentemente tan seductora que resulta imposible de rehusar.
La
multiplicación de las verdades trajo aparejado otro fenómeno, ausente en la
vieja sociedad foucaultiana. Mientras las antiguas Verdades eran pocas y moraban
a la sombra de las bibliotecas y en los gabinetes de los especialistas, sitios
de autoridad acreditada desde los cuales irradiaban su influencia al resto del mundo, las
nuevas y polifacéticas verdades ingresan a la Red por cualquier punto de la
misma, propaladas por cualquiera que tenga un teléfono celular en la mano. Se
cuentan por millones los que se sienten atraídos por un desconocido que da una
charla TED contando su experiencia, o hace monerías frente a cámara, o explica
convincentemente en un video con animaciones una teoría conspirativa, o
recomienda un suplemento dietético que le ha dado resultado, por más ilusorio o
falso que pueda ser el contenido de las comunicaciones en cualquiera de estos
casos.
Las nuevas
verdades cuentan además con un recurso que le estaba vedado a la vieja Verdad:
el proselitismo a escala masiva, el efecto contagio, los millones de “likes” y
las legiones de “followers” capaces de validar cualquier suceso, afirmación o
acontecimiento. A diferencia de la vieja Verdad, que se contrastaba con penosos
experimentos o procesos inductivos o contra evidencia trabajosamente colectada,
las nuevas verdades se validan por “la recomendación de las moscas”, esa que
afirma que millones de moscas no pueden estar equivocadas, ni siquiera en cuanto a su elección
gastronómica…
Pero no se
me malinterprete como un viejo carcamán. Estoy lejos de juzgar a las nuevas
verdades como bastardas, ni de ensalzar a la vieja Verdad como un ideal. Sólo
quise en este artículo mostrar cómo el latiguillo de Foucault – aquel que
promete la liberación al que reniega de toda Verdad con mayúscula- puede
llevarnos a una visión equivocada sobre la verdadera naturaleza del poder en los tiempos actuales.
(1) Mientras escribía este artículo, topé con este autor cuyas investigaciones tocan temas afines:
https://elpais.com/cultura/2019/11/10/actualidad/1573391471_239332.html
(1) Mientras escribía este artículo, topé con este autor cuyas investigaciones tocan temas afines:
https://elpais.com/cultura/2019/11/10/actualidad/1573391471_239332.html