martes, 12 de noviembre de 2019

El OLÉ! A FOUCAULT Y LA RECOMENDACION DE LAS MOSCAS


En los 60 y los 70, Foucault se dedicó a desenmascarar lo que denominó  “dispositivos instituyentes” de la Verdad-Poder. Básicamente, postuló que todo poder se ejerce a través de un discurso de Verdad, y mostró cómo esos discursos estaban en manos de mediadores privilegiados (científicos, médicos, psiquiatras, maestros, jueces, etc, aunque sin limitarse a estas profesiones).
A tal punto revolucionó el avispero, que en poco tiempo su imagen de pelada y polera se convirtió en un ícono al estilo Andy Warhol o el Che Guevara. Por desgracia, los íconos son frecuentemente motivo de devoción y adoración más que de lectura o estudio, y así gran parte del progresismo creyó ver en la denuncia de Foucault el Santo Grial con el cual podía herir a las estructuras del poder fáctico. 

Aunque esta denuncia airada y encendida de los “dispositivos discursivos opresores” sigue siendo hoy en día el caballito de batalla de muchos progresistas, en mi opinión hace rato que se ha vaciado de sentido.

Creo que el Poder le está haciendo a Foucault un “olé” similar al que hace el torero cuando esquiva la embestida del toro, y de igual modo que una bacteria desarrolla resistencia ante los antibióticos, vemos al Poder mutar de tal modo que la disección que hiciera Foucault en su momento ya no conduce al resultado esperado: luego de quitar una por una las capas discursivas tras las que se camouflan los dispositivos de poder… ¡Oh sorpresa!, en vez de un Rey desnudo y avergonzado de ser descubierto en paños menores, ¡nos topamos con un autosuficiente Genio de la Lámpara dispuesto a ofrecernos cualquier cosa que mandemos pedir! Es desconcertante.

Ensayaré una explicación, haciendo foco en los cambios que sufrió desde entonces el sujeto foucaultiano.

El sujeto de la sociedad que describió Foucault era básicamente un sujeto crédulo. Un sujeto inclinado a creer ,y por ende también a temer, a una Verdad con mayúsculas: la Verdad de la Ciencia, de la Medicina, de la Ley. En ese contexto, la tarea de los mediadores (jueces, médicos, científicos, etc), artífices de los discursos de Verdad, resultaba funcional y útil al poder, y como tal era premiada con dinero y prestigio. Frente a un sujeto dispuesto a creer y a temer, el discurso de Verdad era un medio eficaz para tejer la trama del poder en la sociedad.

La situación hoy es radicalmente distinta.

El sujeto de nuestro tiempo es fundamentalmente suspicaz, escéptico, incrédulo y desconfiado. Le molesta cualquier discurso que tenga un tufillo normativo, porque básicamente odia que se le diga “cómo son” o peor aún “como deben ser” las cosas. Nuestro nuevo sujeto quiere descubrir por sí mismo el mundo, y darse sus propias leyes. No le gustan las imposiciones de ningún tipo. Frente a este sujeto escéptico y receloso, el discurso de Verdad única, la Verdad con mayúsculas, poco puede hacer y por ello no resulta eficaz como medio de coerción. Ahora cada sujeto reclama su propia verdad, lo que llamaremos aquí la verdad con minúsculas.

El progresismo interpreta este cambio como una liberación. Según su modo de ver, los discursos de la Medicina, de la Ley, de la Psiquiatría, se han debilitado porque Foucault los desarmó con su denuncia, exponiendo su crudo servilismo a los poderes de turno. En la anemia de los discursos normativos el progresismo ve el signo de un triunfo del librepensamiento y del pensamiento crítico, y supone que ello conduce a mayores grados de libertad.

Yo no estoy tan seguro.

Creo que hubo y hay razones más espurias y mundanas para la desaparición del discurso de Verdad con mayúsculas, el discurso normativo de la era moderna. En principio, como bien nos enseñó Foucault, la Verdad unívoca tiende a discriminar y por tanto a excluir (a los ignorantes, a los locos, a los enfermos, a los delincuentes), mientras que la verdad plural, la verdad con minúsculas, o sea la verdad personal de cada uno,  reclama la inclusión de lo distinto, de lo diferente, de lo ignorado, de lo anormal. Esta inclusión incondicional tiene un efecto deseable desde el punto de vista económico: extiende los límites del mercado, y multiplica sus posibilidades comerciales casi hasta el infinito.

De modo que cuando las muchedumbres que para los años 80 leían fervorosamente a Foucault comenzaron a clamar por la desregulación y liberalización de los discursos normativos, y la implosión de la Verdad con mayúsculas permitió el surgimiento de miríadas de verdades alternativas a escala individual o sectorial- todo lo cual se potenció luego con el advenimiento de Internet-, el poder fáctico se restregaba las manos y afilaba sus colmillos: más mercado significa más dinero, y ¡más dinero significa más poder! Paradójicamente, en la actitud descreída, desconfiada, suspicaz y reticente a los viejos discursos del nuevo sujeto posmoderno se escondía un filón de oro, lo que no pasó desapercibido para el agudo ojo de Saurón.

Claro que faltaba solucionar un punto para nada menor: ¿cómo mantener el control sobre un sujeto de estas características? Su rebeldía innata, su suspicacia hacia cualquier discurso normativo, su reclamo de autonomía, su escepticismo en fin, lo hacía inmune a los discursos de Verdad que provenían de las antiguas formas de autoridad (científica, médica, psiquiátrica, legal). Estos discursos solemnes, sentenciosos, acartonados, ya no le servían al poder para hacerse oír y ganar influencia. De modo que esa fue la verdadera razón por la cual el Poder decidió prescindir de los antiguos mediadores, y al hacerlo, los condenó a la anemia. Hoy los viejos discursos disciplinares vagan como fantasmas dignos de mofa, y sus sacerdotes, los antiguos mediadores, ven cómo se esfuma inexorablemente su influencia.
Acá es donde mi interpretación difiere de la del progresismo: en mi opinión, la decadencia de los discursos normativos no es un síntoma de liberación del poder opresivo, sino simplemente la evidencia de que dichos discursos ya no son efectivos para coercionar al nuevo sujeto, y han sido abandonados como se abandonan por inservibles las armas oxidadas. El que ya no haya discursos normativos o éstos estén muy devaluados no es una razón suficiente para concluir que entonces ya no hay poder, o que el poder ha sido debilitado por la denuncia de Foucault. A lo sumo, se puede suponer que si hay un poder detrás del telón, seguramente no está utilizando hoy en día los “dispositivos” discursivos a los que aludía Foucault en su momento. En cambio se vale ahora de otros mecanismos, y por eso afirmo que la crítica del progresismo- montada sobre aquellos viejos argumentos foucaultianos- resulta obsoleta, patética y extemporánea.

¿Y si lejos de verse afectado por el recelo del sujeto ante las verdades y su desconfianza ante los discursos instituyentes, el Poder ha encontrado la forma de beneficiarse de ello? Esto requiere construir una nueva forma de crítica.(1)

Lo primero que hay que tener claro es que la humana necesidad de aferrarse a alguna certeza sigue incólume. Esto lo saben muy bien los religiososos de cualquier credo, y no creo que se pueda hacer mucho al respecto. Esta necesidad es tan fisiológica como la necesidad de alimentarse, y todo poder lo sabe. El punto es lo que el Mercado ofrece para satisfacer esa necesidad.
La Verdad con mayúsculas, ésa que se ofrecía en los tiempos de Foucault, era única, costosa de obtener y mantener, su mercado era limitado y producía demasiadas exclusiones. En cambio las “verdades con minúsculas” de hoy son polifacéticas, baratas de generar y de mantener, y como se adecúan al gusto de cada uno, demandan inclusiones al infinito. Esta nueva verdad plural con minúsculas ya no es algo instituído por un mediador autorizado ni calificado, como ocurría con la antigua Verdad con mayúsculas. Ahora es el propio sujeto quien, con la autosuficiencia del consumidor que sabe exactamente lo que necesita en cada momento, se lanza al mercado en busca del producto que satisfaga su necesidad de certeza. La explicación que lo tranquilice no necesariamente será la que encuentre en los libros académicos; puede que esté en las cartas del Tarot, en un posteo de Facebook, en un video de Youtube, en la recomendación de un influencer de moda. No importa dónde se adquiera esa certeza, lo importante es que su adquisición sirva para tapar el agujero. Y sin importar lo que otros digan, eso es lo que nuestro sujeto necesita: su verdad privada, la verdad que a él le resulta útil en cada momento. Lo cierto deja paso a lo verosímil. Y la verosimilitud es un asunto subjetivo.
Pero además, el nuevo sujeto desea ser protagonista, lo que inmediatamente fue percibido por los poderes fácticos como verdadera dinamita. El narcisismo se convirtió en el nuevo combustible libidinal, capaz de mover no sólo las redes sociales sino el mundo entero: ¿quiere el nuevo sujeto-protagonista descubrir el mundo por sí mismo, y exige un mapa para poder recorrerlo a su antojo? ¡Pues démosle el mapa y que gaste los caminos! ¿No le gusta que nadie le diga lo que es bueno sino que exige probar de todo para emitir su propio juicio? ¡Pues démosle la posibilidad de probar de todo hasta hartarse! El poder fáctico descubrió enseguida que millones de personas profesando diferentes convicciones equivale a millones de posibilidades y ansias desatadas de consumo. ¡Fenomenal estallido del Mercado!

En este nuevo escenario, los antiguos discursos de Verdad, declarativos, instituyentes, demarcatorios, en una palabra normativos, deben mutar hacia discursos sugerentes, propositivos, seductores, convocantes. Sólo así lograrán conservar su influencia sobre el nuevo sujeto. ¡Basta ya de sentenciar, diagnosticar y dictaminar!  Si es que quiere sobrevivir a la mutación, el antiguo mediador normativo debe abandonar su templo y su sotana, pararse frente a una cámara en su cuarto y metamorfosearse en youtuber o en  influencer. En lugar de un discurso disciplinario e instituyente hay un convite, una invitación, frecuentemente tan seductora que resulta imposible de rehusar.

La multiplicación de las verdades trajo aparejado otro fenómeno, ausente en la vieja sociedad foucaultiana. Mientras las antiguas Verdades eran pocas y moraban a la sombra de las bibliotecas y en los gabinetes de los especialistas, sitios de autoridad acreditada desde los cuales irradiaban su influencia al resto del mundo, las nuevas y polifacéticas verdades ingresan a la Red por cualquier punto de la misma, propaladas por cualquiera que tenga un teléfono celular en la mano. Se cuentan por millones los que se sienten atraídos por un desconocido que da una charla TED contando su experiencia, o hace monerías frente a cámara, o explica convincentemente en un video con animaciones una teoría conspirativa, o recomienda un suplemento dietético que le ha dado resultado, por más ilusorio o falso que pueda ser el contenido de las comunicaciones en cualquiera de estos casos.

Las nuevas verdades cuentan además con un recurso que le estaba vedado a la vieja Verdad: el proselitismo a escala masiva, el efecto contagio, los millones de “likes” y las legiones de “followers” capaces de validar cualquier suceso, afirmación o acontecimiento. A diferencia de la vieja Verdad, que se contrastaba con penosos experimentos o procesos inductivos o contra evidencia trabajosamente colectada, las nuevas verdades se validan por “la recomendación de las moscas”, esa que afirma que millones de moscas no pueden estar equivocadas, ni siquiera en cuanto a su elección gastronómica…

Pero no se me malinterprete como un viejo carcamán. Estoy lejos de juzgar a las nuevas verdades como bastardas, ni de ensalzar a la vieja Verdad como un ideal. Sólo quise en este artículo mostrar cómo el latiguillo de Foucault – aquel que promete la liberación al que reniega de toda Verdad con mayúscula- puede llevarnos a una visión equivocada sobre la verdadera naturaleza del poder en los tiempos actuales.

(1) Mientras escribía este artículo, topé con este autor cuyas investigaciones tocan temas afines:
https://elpais.com/cultura/2019/11/10/actualidad/1573391471_239332.html


POLITICA: LA GRIETA ARGENTINA Y LA SOMBRA DE DORIAN GRAY


Hemos llegado a convencernos de que la grieta argentina es el enfrentamiento entre dos bandos que piensan distinto, cada uno de los cuales se aferra a principios que ama y defiende- y supuestamente encarna en su propia vida-, combatiendo en la persona de los opositores aquellos principios que denosta y que según él los otros encarnan de manera funesta.
Puede que así sea pero… ¿Y si no fuera tan así?

Carl Gustav Jung fue un médico austríaco que describió un fenómeno muy frecuente, pero que tendemos a pasar por alto: que las personas solemos ver la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio. Jung fue todavía un paso más allá y  aventuró además que esa paja no está realmente allí, sino que la ponemos nosotros. Al margen de la veracidad científica de esta suposición nacida del psicoanálisis (si es que al psicoanálisis se le puede atribuir algun cariz científico) lo que nos interesa aquí es su valor explicativo: Jung postuló que todos proyectamos hacia fuera lo que nos desagrada de nosotros mismos, y por esa cualidad esquiva a la visión, llamó SOMBRA a dicha proyección. Como una especie de manto, nuestra sombra se posa sobre el otro, confiriéndole inmediatamente las cualidades de indigno, repugnante, agresivo, etc.

Me serviré de esta figura hipotética para tratar de elaborar una visión más piadosa de la grieta, y más humana tal vez. Que permita reformularla.
No voy a hablar de planes económicos, de neoliberalismos versus populismos, de justicia social versus teoría del derrame, de nacionalismo versus extranjerismo, ni todas las categorías que se pueden imaginar para- justamente- caracterizar la grieta. Porque sería imposible en este artículo y porque además es inútil perderse en la cantidad de argumentos que pueden encontrarse para construir dos visiones opuestas de la realidad tan abstrusamente maniqueas.

En vez de eso, voy a centrarme en el resultado final de todas estas construcciones- que se pergreñan de un lado y del otro a través de infinitas usinas mediáticas- y que es la afirmación que sigue: “Yo tengo la razón y tú estás equivocado

Esta es una sentencia sencilla, potable, que podemos analizar mejor, y que nos ayudará a comprender lo que puede ir “por detrás” del mecanismo de la grieta.
Vemos, en primer término, que de lo que se trata- en verdad- es de convencer al bando contrario de que vive en el error. Tendemos a pensar que naturalmente esta vocación de convencimiento procede de una serie de certezas y principios obtenidos trabajosamente a fuerza de analizar la realidad. Sin embargo, este empeño no necesariamente proviene en todos los casos- ni en la mayoría de ellos- de la propia convicción: puede más bien ocurrir, por ejemplo, que poner al otro en el lado equivocado resulte imperiosamente necesario para confirmar que somos nosotros quienes quedamos del lado correcto. Y que necesitemos esa confirmación precisamente porque albergamos dudas al respecto de nuestras reales convicciones…
A nadie le gusta ser incoherente, pero lamentablemente hay mucho de incoherencia, ambivalencia y ambigüedad en la naturaleza humana. El Yo soluciona el problema “exportando la basura” y proyectándola en los demás.
Veamos cómo funciona. Supongamos que el sujeto A, un habitante de la Argentina de la grieta, ha decidido tener la valentía de cuestionarse el precepto X. Su pensamiento discurre de la siguiente manera:

 “No estoy realmente muy seguro de que X sea lo mejor. Pero allí afuera hay un sujeto B que afirma que lo mejor es Y, o sea exactamente lo contrario a X…  Si él tuviera razón, yo estaría equivocado. Pero yo no puedo estar equivocado, de modo que afirmaré a rajatabla que él es quien está equivocado, y mis dudas se han disipado: ahora ya puedo estar seguro de que X es lo mejor.”

De este modo, la angustiosa duda sobre sí mismo, en un entorno de grieta, tiende a desaparecer, dando lugar al establecimiento de certezas y reaseguros a priori, lo que se ha dado en llamar “polarización”.

Esta polarización se monta sobre un espíritu cada vez menos crítico, poco tolerante a las diferencias y a la angustia que produce la incertidumbre. Y el debate en torno a X o Y se torna superfluo. Hasta podría tratarse de la misma cosa pintada de diferente color o vista desde diferente ángulo: el único requisito para oponerse es que una postura sea sostenida por el bando contrario.

El segundo efecto notable de este mecanismo es la aniquilación de la autocrítica y del pensamiento libre. Ahora todo se ha transformado en un juego de espejos, una secuela pesadillesca del retrato de Dorian Gray. Todo lo que veo en mí como un error, todo lo que me desagrada, lo proyecto en ese odioso retrato, mientras conservo para mí la belleza, la razón y la verdad. El retrato sufre los castigos que resultan de una vida errada y perversa, y es condenado a vivir oculto en el ático, cubierto con un paño (que curiosamente impide su visión). Mientras el retrato y sus pecados (los otros malditos) estén en el lado incorrecto, yo podré estar seguro de que sigo en el lado correcto, circulando alegremente por el lado luminoso de la vida. Y eso es todo lo que importa.

¿Cuándo hace crisis esta solución? Cuando podemos ver que ese retrato somos nosotros mismos, cuando desnudamos nuestra ambivalencia y nuestra imperfección. Tarea por demás difícil.  En la película “I nostri ragazzi”, el hermano médico no puede conciliar la imagen autoconstruída de bondad y altruísmo social con su rol de “cómplice de asesinato”, y así como Dorian Gray destruye el cuadro, la imagen donde había proyectado la maldad, el médico opta por “matar al mensajero”, aquel sobre el cual él había proyectado -como maldad del sistema- su propia sombra.
¿Qué consecuencias tiene esto para nuestra grieta? ¿Podemos aprender algo, tal vez otra manera de lidiar con ella de manera más constructiva?
Como no sabemos por dónde empezar, un procedimiento útil puede ser plantearnos preguntas hipotéticas.

Primer pregunta (la más obvia): ¿Y si no tuviésemos, en el fondo, visiones tan diferentes como creemos tener? ¿Cuáles son las similitudes en la visión del otro con mi propia visión?
Seguramente a alguno le parezca esto una simplificación ingenua, y está en todo su derecho de pensar así. Pero consideremos que no se trata de una afirmación, sino de una posibilidad que dejamos abierta. El hecho de tener presente que la visión del otro puede ser más parecida a la mía de lo que a priori estoy dispuesto a aceptar, o que el considerar posturas alternativas o suspender las propias certezas  no implica un menoscabo sino una oportunidad de crecimiento o enriquecimiento, puede ser un terreno fértil para “desactivar” las proyecciones.
Centrarse en las similitudes y no en las diferencias puede ayudar.

Segunda Pregunta: ¿Y si hubiera varias soluciones posibles, en vez de una sola solución? ¿Cuáles son las OTRAS soluciones posibles?
La idea de que hay UN SOLO CAMINO o UNA SOLA Y UNICA POSIBILIDAD de reaccionar debe ser desterrada. Cuando escuchemos que “no hay otro camino” que el que nos proponen, probablemente estamos acercándonos al abismo. La realidad siempre es mucho más compleja y jamás hay una sola solución para las cosas. El esfuerzo debe estar en encontrar las OTRAS soluciones.

Tercera Pregunta: ¿Creo HONESTAMENTE que los principios que reivindico deben ser defendidos in toto? ¿Son estos principios absolutos,  del tipo “ todo o nada”? ¿O tienen sus lados grises que ameritan una revisión más cuidadosa?
Por ejemplo, puede usted estar de acuerdo con el respeto de derechos laborales básicos, pero en contra del uso abusivo de estos derechos que hacen a veces los trabajadores y que perjudican a quienes no acceden todavía a un empleo. O puede usted estar de acuerdo con una economía de libre mercado, pero considera que el Estado, aún sin intervenir mayormente en la vida económica de las empresas, debe retener para sí una función reguladora en ciertas áreas específicas como la educación, la salud, la defensa, etc.

Gran parte de las “falsas antinomias” surgen del etiquetamiento “in toto” de las posturas. Desactivar esta “aceptación en bloque” de posturas ideológicas requiere de poner en juego mucha HONESTIDAD y desactivar el AUTOENGAÑO y la hipocresía.

Cuarta pregunta: ¿Estoy siendo realmente sincero conmigo mismo al sostener esta postura? ¿Cuánto hay de odio irracional, de miedo ante la incertidumbre o lo desconocido, o de mezquino interés en mi defensa de esta posición, o simplemente ganas de pelear?
Puede darse el caso de que se sostenga una posición basándose en una especie de “odio visceral heredado”- como ejemplo de esto tenemos el antiperonismo de unos cuantos y el antigorilismo de otros- el cual analizado fríamente, no tiene mayor sustento hoy día que el de un vacío “river-contra-boca” (que algunos lamentablemente utilizan para avivar llamas de odio). O puede que alguien sostenga la pretensión de no pagar ningún impuesto a la exportación de grano argumentando el libre comercio, cuando en verdad sólo lo hace por defender sus ingresos económicos. Si fuera sincero consigo mismo, debería reconocer que no hay ninguna manera honesta y sincera de evadir un impuesto nacional, en vez de despotricar contra quienes se lo exigen para bien del país. O alguien puede negarse a una reforma educativa por temor a la incertidumbre o al hecho de que durante cuarenta años ha funcionado bajo un determinado sistema y tiene miedo de no poder adaptarse; prefiere entonces oponerse al cambio argumentando (deshonestamente y contra toda evidencia) que se pretende destruir el sistema educativo, o negando (también deshonestamente) que ese sistema educativo ya está obsoleto y debe ser reformado.

Muchas otras preguntas podrían plantearse al respecto. Todas deben ir en el sentido de mirarse al espejo. ¿Estamos siendo honestos y sinceros? ¿Es lo que sostenemos el producto de nuestra convicción, o solamente una atalaya desde donde, atrincherados, intentamos dejar al enemigo en falta, en el error, en la incorrección, sólo para sentir las cálidas caricias de la autoindulgencia, el tibio confort de aquel que se sabe bien parapetado en la verdad, en la justicia, y en la corrección política?