martes, 31 de diciembre de 2019

PORTEROS DE EDIFICIOS: LOS “QUERIDOS” DE LOS CONSORCIOS


Por Dr. Francisco Dicchiara       
                            
Cuando en el mundo más desarrollado la figura del “portero” -con o sin vivienda en el edificio- va paulatinamente desapareciendo, en nuestro país -a contramano de toda natural evolución-,  sucede lo contrario.

Dos ejemplos de países de diferente extracción cultural, España y Alemania, ilustran sobre el particular. Así  tenemos que en ciudades cosmopolitas como Barcelona y Madrid (España) es aceptado que edificios comerciales y de viviendas de más de 5 pisos cuenten con un conserje (portero), pero cada vez con más resistencias. En condominios de menos de 5 pisos prácticamente ya no existen. Muchas comunidades de propietarios (que en nuestro país  se llaman consorcios) aprovechan la oportunidad de que su  portero se  jubile  para eliminar ese servicio. Aprobado por las mayorías necesarias de la comunidad (consorcio), se decide alquilar la vivienda e incluso venderla.  Por lo que esta figura laboral que había crecido exponencialmente hacia los años ´60 en España, hoy día ha disminuido notoriamente, al punto que ya son pocos los edificios de envergadura media que cuentan con portero y portería.

El caso de Alemania es similar, aunque con los matices propios de la idiosincrasia de ese país. Los alemanes valoran y cuidan mucho el dinero que pagan por un servicio y la contraprestación que reciben a cambio del mismo. Pero además hay un sentido de eficacia, de cooperación y de consenso que está presente en todo lo que hacen. Prima el bien común y  la responsabilidad social. Tienen la voluntad y capacidad de ponerse de acuerdo, y los sindicatos se integran a esta modalidad.  Esto se observa paseando por alguna de sus principales ciudades.  En las entradas de los edificios existen compartimentos a modo de boxes con una llave para cada unidad, donde el cartero deja la correspondencia, y luego cada habitante lo abre para retirar la suya, sin la necesidad y la comodidad de que un empleado (portero) se la acerque o tire debajo de la puerta. La limpieza de las partes comunes la organiza cada edificio según consenso, es decir, lo deciden los habitantes de las unidades, no el sindicato ni la administración,  bien contratando a un tercero o distribuyendo la tarea entre los vecinos. Por todo lo dicho, se entiende que también en Alemania la figura del portero – y su vivienda, la portería- es una especie en extinción.     

En países como Argentina donde la libertad y la decisión y elección de los vecinos está cada vez más cercenada por normativas sindicales y gubernamentales que, encima, no son del todo claras, todavía nos seguimos preguntando si en ciertos casos, como ser consorcios de pocas unidades, es “obligatorio” o no tener un portero encuadrado en el régimen del Sindicato de edificios de Renta (Suther). En el año 2014 una Resolución de la Afip (RG 3634) dispuso la cantidad “mínima y obligatoria” de trabajadores encuadrados en el Suther que debe tener cada consorcio,  y lo dispuso a partir de las cinco (5) unidades. Una Resolución muy cuestionada -puesto que la AFIP carece de  facultades para obligar a contratar personal-, pero que todavía no fue anulada.   Y ante la falta de claridad en las normas, producto del trabajo deficitario de nuestros legisladores, los propietarios viven con el temor de infringir la Ley y quedar expuestos a juicios laborales.

Respecto a la vivienda-portería: En la ciudad de Buenos Aires (hablo de Buenos Aires porque cada jurisdicción dicta sus propias normas),  la obligación de construir una vivienda para el encargado fue establecida en el código de edificación votado por los legisladores porteños. Para simplificar recordemos solo la última modificación referida a esta exigencia que fue sancionada por la Ley 2428, art. 4.8.8., del año 2007, la que estableció que  Todo edificio que conste de quince (15) o más unidades, o supere los ochocientos (800) metros cuadrados o tenga cuatro (4) o más pisos, deberá poseer una vivienda destinada al encargado del edificio que cuente como mínimo de una sala común (o comedor), dos dormitorios, baño y cocina (… ) La vivienda del encargado deberá contar con los mismos servicios centrales, de confort y necesidad que las restantes unidades sin perjuicio de la obligatoriedad que se establece en el art. 4.8.2.1., y en ningún caso podrá tener más ambientes que la unidad funcional de mayor tamaño”.  Lo dispuesto en esta ley rige para las construcciones que se realicen a partir de su entrada en vigencia, es decir  del 03/10/2007. 

Posteriormente y a propuesta del Jefe de gobierno Horacio Rodriguez Larreta,  la legislatura porteña votó la ley de Consorcio Participativo (Ley 5983 de 07- 2018), que resultó ser todo un avance en cuestiones de administradores de consorcios y control de la gestión de éstos por parte de los propietarios. Referido al tema que nos ocupa, la Ley establece “eliminar la obligación de construir vivienda para el encargado” (portero) a fin de bajar tanto los costos  de la construcción como  también el costo de mantenimiento de los servicios de la vivienda del portero en las expensas.  Pero como comenté en otro artículo (https://gabrielagatino.blogspot.com/2019/10/historia-viva-expensas-y.html), esta interesante propuesta (Consorcio participativo) está sufriendo las resistencias y el  lobby de las cámaras empresarias de la propiedad horizontal que buscan desprestigiarla con la finalidad de que no llegue a aplicarse.

Más allá de estas cuestiones legales o de interpretación legal en nuestro país,  hay otras que tienen que ver con los usos y costumbres. Tal es el caso de que al portero se le paga, además del sueldo por su trabajo y el beneficio de utilizar una vivienda en el edificio -si éste la tiene-, una infinidad de gastos personales como ser la luz y el gas de la vivienda de portería para consumo propio y de su grupo familiar (¡imagínese que algo así se planteara en Alemania!), el teléfono fijo de la unidad y el abono de su celular personal (aunque hoy día el whatsapp es gratis), el taxi (porque ellos no viajan en colectivo) para ir a un curso del sindicato o a realizar alguna compra encargada por el administrador, etc, etc.  Algunos consorcios también le permiten guardar su auto o camioneta en el garaje del edificio. O sea que el señor portero vive gratis. O sea,  es un mantenido. O sea… podríamos concluir que el portero es un “querido”, el “querido” de los consorcios.   

Y como ningún vecino quiere ser el malo que cuestione estos procederes injustos y fuera de todo sentido común (pues lo honesto es que el portero cobre el sueldo que le corresponde por el trabajo que realiza, pero pague los consumos de sus gastos personales), entonces  todo el mundo calla y consiente en ser abusado económicamente, tanto por el trabajador como por la administración, que replica que se trata de “derechos adquiridos”.  Si algún valiente vecino osa  quejarse, recibe a cambio difamación (alentada por la misma administración del consorcio) y reprimendas del portero (no le entrega la correspondencia,  etc, etc). 

Esta actitud de callar de los vecinos tal vez esconda algo de su irresponsabilidad por pedir al portero  favores personales en sus viviendas, incluso en su horario de trabajo. Siempre hay alguien que necesita que le cambien la bombita, le destapen una cañería, le cambien el cuerito a la canilla que pierde, le pinten el techito del baño o le enciendan el calefón que se le apagó. Hay entre los vecinos  poca conciencia de los derechos y obligaciones de vivir en comunidad. Nos falta esa consciencia y esa sensibilidad. (por supuesto hay excepciones, y consorcios dignos que respetan y se hacen respetar). Y en referencia al trabajador (el portero), cada vez que se suscita una cuestión laboral hay un hábito muy argentino de pensar siempre en términos de sus derechos, nunca de sus obligaciones. Una falencia cultural que habrá que revisar. 

En países más avanzados no existen organizaciones  poderosas  como los son aquí  el sindicato de personal de edificios de propiedad horizontal (Suther) o la cámara de la propiedad horizontal que nuclea a los administradores de consorcios, porque el poder real lo tienen los propietarios. En argentina el poder de los propietarios está anulado, eclipsado por el de estas organizaciones.

En los últimos 10 años el valor de las expensas se fue incrementando de forma exponencial, al igual que la cantidad de edificios nuevos, al menos en la ciudad de Buenos Aires. La mayor incidencia en los gastos prorrateados de las expensas corresponde al portero. Y no solo por su sueldo. Más  gravosas son las “contribuciones patronales” que están obligados a pagar al sindicato Suther los consorcios por ser empleadores. A título informativo estas son: 

FaTeryH- Fondo Maternidad, vivienda y desempleo
        4,-%
Resolución adecuada de conflictos entre trabajadores y empleadores de renta y horizontal (SERACARH
        0,5%
Caja de protección a la familia (CPF)
        1,5%
Total contribuciones patronales - % sobre la masa salarial bruta
        6.-%
Más: Suma fija: Contribución solidaria Obra Social CCT 589/10
       $250,-

Este porcentaje de contribución patronal y la suma fija por cada trabajador es puro costo para el consorcio y un aporte directo a la caja del sindicato. Es diferente a los aportes y contribuciones realizados al Régimen de seguridad social y obra social que ingresan a las cajas respectivas para financiar la obra social del trabajador y su futura jubilación. 

En algún momento habrá que analizar la eliminación de estas contribuciones “patronales” sindicales en cabeza de los consorcios de viviendas, pues el espíritu de toda contribución patronal se relaciona con el concepto de empresa  y la obtención de lucro, y los edificios de viviendas son un consorcio, no una empresa; es decir, la contratación de su personal no obedece a la realización de una actividad comercial. Pero esto es materia para un análisis más profundo que va a dar que hablar  por los intereses que involucra. 
     
Para finalizar,  un saludo a  nuestros “queridos” porteros.

lunes, 30 de diciembre de 2019

VIDA COTIDIANA - MILLENNIALS I : ¿VIVIR LA VIDA O TENER EXPERIENCIAS?


Que conste: veo a los millennialss de mi barrio y trato de entenderlos. Confieso que me cuesta.
¿Será un síntoma de la brecha generacional?
Los veo- sí, con sus veintipico de años- ir al barbero (las barberías han florecido en Buenos Aires con la llegada de los millennialss) y salir ostentando prolijas y cuidadas barbas y bigotes que serían la envidia de AlfredoPalacios, de Alsina o de Leandro Alem.
En el barrio abrió además un negocio que promociona “Delis”. Para gente como yo, que la única Deli que conoce- y de nombre- es Nueva Delhi, esto es una curiosidad, y no puedo menos que merodear el lugar para ver qué es lo que se cuece allí dentro. Me sorprendo: el local está lleno de jóvenes barbados, en remera y bermudas. El negocio abrió hace poco… ¿Cómo lo han encontrado?- me pregunto. Pero al instante descubro la respuesta: todos ellos portan un objeto de forma rectangular en sus manos, un objeto que brilla rutilante cada vez que con un gesto acrobático lo hacen girar y lo prenden y apagan y apagan y prenden y bloquean y desbloquean con la velocidad y pericia del Hombre del Rifle. ¡Pues claro, olvidaba que todos están conectados, y seguramente han encontrado el negocio googleando en Maps o a través de alguna App o por algún grupo de Wasap del barrio, donde enseguida se viraliza cualquier mínimo chisme! Y allí están, con ese gesto de autosuficiencia tan típico de millennial, creyendo que han descubierto el negocio cual precoces Adelantados, cuando lo que en verdad ha ocurrido es que el negocio los ha “pescado” a ellos, incautos peces que navegan por las redes hipercodificadas del ciberespacio. Pues bien, el caso es que los veo salir muy satisfechos del local con fiambres caseros, vinos de autor, y quesos especiados cuyo valor no quiero ni imaginar.
Al parecer estos millennialss no se preocupan demasiado por el precio de las Delis. En su escala de valores, está primero el pasarla bien, sin importar lo que cueste.
Pero sus apetencias no se limitan a lo salado.
A cuatro cuadras de aquí han abierto una heladería de nombre italiano (porque el helado italiano tiene buena reputación) en cuya vereda un cartel reza “stop and take a coffee”, y también “take away”, mensajes dirigidos tanto al universo del millennial relajado como del que tiene prisa. Multitud de tortas y delikatessen de pastelería se ofrecen en las brillantes vidrieras, por el módico precio de un ojo el cuarto kilo. Tampoco aquí se arredran los millennials, que mientras con una mano dan cuenta de la torta, con la otra se las arreglan, entre sorbos de “coffee”, para llevan a su boca el micrófono del celular y proseguir su permanente diálogo con las Apps.
La mayor parte de estos millennialss nació en los 90, por lo cual recién accedió a la conciencia política a los 14 años, digamos, aproximadamente en el 2004, o sea post-crisis del 2001. Y los 12 años restantes, o sea hasta completar los 26 digamos, vivieron en un régimen político donde se les dijo- y se les repitió hasta el cansancio- que tenían DERECHOS de todo tipo, omitiéndose un hecho evidente- al menos para mi generación, hija de la dictadura represiva-: que los derechos generalmente se conquistan con trabajo y esfuerzo, o sea que vienen usualmente precedidos por obligaciones. Por todo esto, no es de extrañar que los millennialss sean- como dice un amigo mío- mucho menos dóciles que nosotros, o sea reaccionen mucho más violentamente ante el menor cercenamiento de sus derechos. Y esto parecería bueno en principio… pero sólo en principio.
Lo cierto es que los millennials no se rebelan como lo hacíamos nosotros, sobreponiéndonos al temor de enfrentar la autoridad, y conscientes de la posibilidad de ser aplastados por poderes superiores; ellos en cambio se ofenden ante el atropello, desde la ingenuidad inconsciente de suponer que esos derechos les son tan naturales y sobre todo tan gratuitos como el aire que respiran, o las Apps que bajan del PlayStore, y entienden que cualquier carencia de esos derechos, incluso la provocada por la propia indolencia ante las obligaciones que les son inherentes, resulta intolerable. La frase de Greta Thunberg, -¿Cómo se atreven?,  refleja a la perfección lo que quiero decir.
La ferocidad con que los millennialss reaccionan ante el más mínimo cuestionamiento a sus derechos (aún si éste fuera fundado, por ejemplo el caso en que dicho derecho no resulte merecido) nos hace sospechar que su relación con la vida es de carácter distinto al nuestro. Cualquiera de nosotros tiende a suponer que todos percibimos el mundo de manera similar, pero este no parece ser el caso.

Veamos. Mientras nosotros percibimos la vida en términos existenciales, el millennials la percibe en términos experienciales. Lo aclararé con un cuadrito.

Percepción existencial de la vida
Percepción experiencial de la vida
La vida es un milagro misterioso y sagrado, un don recibido por el cual estamos agradecidos.
Nos sentimos obligados hacia Dios o Natura, que es quien nos ha dado la vida, y puede quitárnosla.
La vida es un derecho que se adquiere al nacer (derecho establecido en la Declaración de los Derechos del Hombre)  y una oportunidad única (se entiende por qué única…) de tener experiencias maravillosas.
Hay una conciencia de los límites, de la fragilidad de la vida y de las dificultades de la realidad.
No hay límites a tu posibilidad de experimentarlo todo. Impossible is nothing , reza el slogan de Adidas.
La existencia está condicionada por muchos factores externos e internos que no gobernamos.
Todo depende de ti. Just do it, reza el slogan de Nike
Vivir es atravesar el tiempo de la existencia.
Vivir es tener muchas experiencias. Acumular experiencias.
Los acontecimientos de la vida son motorizados por las pulsiones de autodesarrollo (vocación) o deseos internos, que pueden encontrar obstáculos más o menos dificultosos que sortear en su camino hacia la concreción (el camino hacia la individuación del que hablaba Jung)
Las experiencias son propuestas la mayor parte de las veces por el entorno externo en forma de desafíos o modas de consumo. El tener muchas experiencias implica sumar puntos y convertirse en una persona “más experimentada”. También aquí vemos un camino de individuación pero sobre un score de “logros externos”.
Como la vida es un milagro y un regalo, hay que cuidarla, darle los nutrientes que necesita, cultivarla y darle tiempo para que la semilla interna pueda desarrollarse y fructificar
Como la vida es una oportunidad, se trata de aprovecharla al máximo. Sacarle el máximo jugo es la meta. Exprimirse física, psíquica e incluso moralmente a tope.
El sujeto percibe de entrada que su vida singular está en antagonismo con otras vidas y con un medio externo adverso, por lo tanto la aparición de experiencias negativas y dolorosas no le resulta una sorpresa, sino casi el destino natural con el que tendrá que lidiar.

Las experiencias que se le proponen al sujeto desde la sociedad de consumo- y que se le plantean como derechos- son promesas de satisfacción.
Una experiencia que resulta insatisfactoria o dolorosa es por lo tanto un evento anormal, un fraude, una hipocresía, una estafa, perpetrada por un Otro.¿Cómo se atreven?
La existencia es un hecho íntimo y personal, se vive sólo para desarrollar el self propio en su plenitud.
La experiencia se vive para ser exhibida, para ser contada a otros, para ser posteada en un muro, para ser tweeteada o instagrameada. La experiencia es una “cocarda” que se muestra en las redes.

Podría seguir, pero para ejemplo creo que es suficiente.

¿A dónde quiero llegar con esto? Bueno, por lo pronto estoy marcando algunas características que observo en los millennials, nada más. Que cada uno saque sus propias conclusiones.

En un próximo artículo hablaremos de las diferencias entre su concepto de la libertad, y su particular sentido de comunidad. Ahora, si me disculpan, me voy corriendo a comprar unas “delis” antes de que cierre el local…

viernes, 27 de diciembre de 2019

VIDA COTIDIANA - ¡I CAN GET NO SATISFACTION!


Dice el refrán que ojos que no ven corazón que no siente, pero ojos y oídos que están permanentemente sobreexpuestos e hiperestimulados por basura informativa de todo tipo… ¿qué terminan sintiendo? Lo que ocurre es que, a modo de protección sensorial, el sujeto se va blindando, y con esta sordina de los sentidos también se opaca su entendimiento y se amortigüa su sensibilidad.

Del entendimiento me ocuparé luego porque puede esperar. Acá me urge hablar de lo que sucede con la sensibilidad, ya que el aplanamiento de la sensibilidad afecta en forma directa a su principal producto derivado: el placer. Y sin Principio del Placer, como decía Freud, no hay vida que aguante, de modo que el asunto reviste cierta urgencia.

Puedo escuchar ya las críticas a mi planteo de parte de aquellos sagaces lectores que con acierto señalarán el evidente imperativo social de obtener placer a toda costa (de hecho el que no puede obtenerlo es visto como un paria,  al que se compadece lo mismo que a un minusválido, un enfermo, un impotente). Y sin embargo, agrego yo, no es menos evidente que las vías para obtener el placer están bloqueadas. ¿No es acaso esa la causa de que  proliferen los diagnósticos de depresión, uno de cuyos síntomas cardinales es la anhedonia o falta de placer? A pesar de que parece que vivimos en una sociedad hedonista, por todos lados surgen obstáculos y objeciones a la obtención de placer.

Esas objeciones ya no son como antes de tipo moral, no provienen de la censura, no son objeciones explícitas y directas que formula un Otro castradpr. Como dije, ahora experimentar placer es casi un mandato promovido y recomendado por los mismos que antes lo consideraban un derroche de energía social y se dedicaban a censurarlo. Ahora, en cambio, cuando no sólo no se nos censura ni reprime, sino que se nos incita a arrojarnos sin más en los brazos del placer, sentimos alzarse en nuestro interior un muro, un muro de contención, un muro que nosotros mismos supimos construir para protegernos… ¿protegernos dije? Sí, porque ahora que nadie de afuera nos protege del placer, hemos interiorizado la mirada del censor y abrigamos una oscura sospecha sobre la peligrosidad del placer.

Pero ¿cómo es que llegamos a sospechar peligro en el placer, cuando según Freud es la única brújula certera capaz de orientar la conducta del animal vivo? Pues porque toda satisfacción se ha convertido en el caballo de troya de muchos enemigos que- sirviéndose del camouflage del placer- pretenden envenenar nuestras vidas. La droga sería el ejemplo paradigmático de este caso en un nivel orgánico. Pero con un poco de imaginación el lector encontrará muchos ejemplos de esto en la vida social.

Empecemos por lo más sencillo de todo: comer. Dejando de lado que conseguir comida barata (o al menos a precio justo) en el país que se autodenomina “granero del mundo” parece ser una utopía, de pronto aparecen insospechados obstáculos a la hora de satisfacerse comiendo.
                  
En primer término, el alimento es potencialmente de mala calidad o está sospechado de contaminación con agrotóxicos. 
No lo sabemos con precisión, pero existe una fuerte evidencia de que todo lo que ingerimos está contaminado, es potencialmente tóxico, o sufre procesos productivos en los cuales se adicionan aditivos con poder cancerígeno. Justo en el preciso momento en que nos aprestábamos a saborear una deliciosa ensalada la televisión nos muestra las devastadoras consecuencias de los agroquímicos en la salud, y entonces…. 

¡I CAN GET NO SATISFACTION!

En segundo lugar, la creciente conciencia de lo que significa alimentarnos y el modo en que satisfacemos esta necesidad, entra en colisión frontal con nuestros sistemas morales más refinados. La conciencia de que todo alimento- no puede ser de otra manera- está vivo, nos convierte automáticamente en asesinos. El veganismo se encarga de hacernos saber que esa hamburguesa es el resultado del sufrimiento de personas no humanas condenadas a un genocidio sin precedentes por el “hombre civilizado”. Y basta leer el libro “La vida de las Plantas” de Coccia para preferir morir de inanición a pelar (¿o debería decir despellejar?) una zanahoria. Lo peor es que uno no puede menos que acordar con aquellos que denuncian el maltrato animal, pero cuando se encuentra solo frente a un plato de comida, con la humilde pretensión de disfrutarlo…. 

¡I CAN GET NO SATISFACTION!

Sigamos con la otra gran fuente de satisfacción: el amor y el sexo. El romanticismo- antaño una gran fuente de satisfacción para el varón, desde siempre el gran romántico y autor de todas las obras de arte que idealizan y ensalzan a la mujer- pasó de ser una fuente de placer a considerarse un deporte peligroso: la embriagadora obnubilación de los sentidos que provoca el amor puede ser letal si del otro lado hay una mujer desaprensiva y manipuladora, a quien la ley sobreprotege más allá de lo razonable. Muchos hombres- y los españoles saben de qué hablo- han decidido vivir en celibato antes que exponerse a los riesgos de una relación que puede dañarlos severamente: la ley habilita a la mujer a acusarlo, casi sin pruebas, de hostigamiento, acoso o violación, y ni hablar del calvario sobre el contacto con los hijos luego de una separación, si los hubiera.
No, el amor ya no es satisfactorio. Sólo una compulsiva necesidad biológica puede romper por un instante la barrera que separa al hombre de mujeres que se presentan como “guerreras”, “empoderadas”, gritando “machete al machote” y barbaridades por el estilo. Un pañuelo verde en la muñeca basta para que el esmerado cortejante se vea reducido al instante a un castrati, un simple “aliado feminista”, un miserable y servil gusano a los servicios de la reproducción del matriarcado.

¡I CAN GET NO SATISFACTION!

Pero atención, el amor y el sexo de ellas no se resiente menos por el avance del feminismo militante. Cuando se les acerca un hombre que les gusta, las féminas intoxicadas por la ideología de género no pueden evitar un sentimiento desagradable: los modales amables del cortejante se parecen demasiado a los gestos felinos de una peligrosa bestia al acecho: un femicida acecha detrás de cada varón, y no creo que fornicar con un asesino en potencia resulte muy relajante. Para ellas por lo tanto también vale el dicho…

¡I CAN GET NO SATISFACTION!

Otra fuente de satisfacción natural es la verdad. Saber la verdad es un derecho básico. Pero ¡oh desgracia! en el mundo de la posverdad esto es imposible. Sólo hay relatos, relatos a favor y relatos en contra, relatos para hacernos reír y relatos para hacernos enojar, relatos que se emplean como armas: la verdad se ha vuelto peligrosa, porque suele ser el envoltorio que encubre una manipulación. De modo que berreamos como niños porque queremos saber la verdad, y aunque nos la ofrecen a manos llenas, no nos decidimos a tomarla, porque desconfiamos. Si la verdad era un alimento para el espíritu, la post-verdad es un veneno. Y si uno no puede tomar lo que necesita…

¡I CAN GET NO SATISFACTION!

Otra de las fuentes de satisfacción (y van quedando pocas) se encuentra en experimentar la dignidad. Dignidad en el trabajo, dignidad en el trato con otros. Justicia recíproca, respeto. Todo eso es una fuente muy importante de satisfacción, a veces mucho más importante que el dinero (y fíjense que no hablé del dinero hasta ahora)
Con la dignidad ocurre que se ve minada por distintos frentes. La arbitrariedad de las decisiones políticas es uno de los principales factores agresores. La impunidad es otra. La injusticia social es otra. Uno no puede sentirse digno cuando los poderosos toman decisiones injustas y arbitrarias, cuando se carece de protección social, cuando los políticos le meten a uno la mano en el bolsillo como forma de solucionar los desbarajustes que ellos mismos causan por su inoperancia. El sentimiento de que uno no es dueño de sí mismo es un grave atentado contra la dignidad, y puede desencadenar las respuestas más violentas dirigidas a recobrar el autocontrol y reparar la dignidad lesionada.

Si alguien que regresa del trabajo luego de un día satisfactorio, en que ha sido felicitado por su jefe y se siente particularmente digno y respetado por sus colegas tiene de pronto la peregrina idea de prender el televisor para enterarse cómo va el mundo, verá desplomarse su dignidad en un segundo, y no tendrá más remedio que arrastrarse hasta la cama sintiéndose poco menos que una cucaracha.

¡I CAN GET NO SATISFACTION!

Si no hablo del dinero, es porque es demasiado obvio, y además es un cliché adjudicar todas las insatisfacciones a la falta de dinero, cuando no es así. De eso que se ocupe la Economía, yo me preocupo de mirar a mi alrededor y mencionar por qué

¡I CAN GET NO SATISFACTION!

Continuará…

sábado, 7 de diciembre de 2019

ELOGIO DEL INCONFORMISMO: CONTRA EL ORGULLO DE LAS BESTIAS


Todavía no han logrado  los poderosos inculcar en la población el orgullo de ser pobre- aunque la Iglesia lo intenta a menudo-, pero a juzgar por cómo se enorgullece el pueblo de su brutal condición, falta poco para que lo consigan.
                                                                 anónimo, Siglo IX

Aunque no hablaré aquí de partidos, ni de candidatos ni de ideologías,  este es un artículo político, pues tiene que ver con la cultura, en su sentido más radical de civilización. Y viene a cuento porque en estos días sobrevuelan el pantano argentino viejos miasmas culturales que es necesario aventar cuanto antes, si es que no queremos sucumbir a su nefasta influencia.
Me referiré en este caso a lo que he dado en llamar “el orgullo de las bestias”.

Paso a explicarme.

Si a una persona se le pregunta qué cosas considera que constituyen fuentes de placer en esta vida, se puede recibir una de dos contestaciones opuestas. Un primer grupo dirá sin dubitar que el placer se consigue con la satisfacción de los impulsos instintivos (comer hasta hartarse, fornicar lo más posible, divertirse a costa de los demás, enriquecerse por cualquier medio, etc). El segundo grupo, por el contrario, dirá que el placer más excelso se alcanza cuando, a costa de un esfuerzo del que cabe enorgullecerse, estos impulsos instintivos son domesticados, y sublimados en el trabajo, o en alguna acción constructiva o creativa que resulta útil a la sociedad.

Si se les pregunta luego a estas mismas personas qué creen que es la libertad, ambos grupos contestarán también en forma diferente.

El primer grupo dirá que libertad es poder hacer lo que uno quiere, cuando y como uno quiere, sin represiones ni limitaciones de ningún tipo. Este grupo percibe la libertad como un permiso que Otro (un poderoso por lo general) le otorga,  “soltándole la correa” por así decir, para que pueda hacer de las suyas.
El segundo grupo en cambio protestará que la verdadera libertad se gana con el autocontrol (o sea el control ejercido por uno mismo sobre su propia persona) y con el cultivo del respeto hacia los demás. La libertad en este caso se conquista como un derecho a fuerza de autodisciplina y de obligaciones para con el prójimo.

Este preludio me sirve para plantear mi tesis[1]: el hombre que encuentra placer en la lucha contra sus instintos, sus límites y sus dificultades, elevándose así sobre la animalidad a fuerza de permanente inconformismo, es muy diferente de aquel otro que sólo encuentra placer dando rienda suelta a sus instintos y apetitos más básicos, y se abandona a la pereza y a la autoindulgencia. En ambos casos, los dos buscan el placer, los dos consideran que su camino para encontrarlo es válido, y curiosamente, los dos están muy orgullosos de obtener el placer de la forma que lo obtienen.

Pero mientras uno avanza por la vía civilizatoria, el otro retrocede a la era del hombre-mono.

No hablamos aquí de otra cosa que de la lucha básica de la civilización: cómo hallar el placer en la sublimación de los instintos, en vez de hallarlo en su consumación. Para facilitar el pasaje del animal al humano se creó un instrumento fundamental: la educación, y  otro instrumento adyuvante no menos importante: la vergüenza. Mediante la educación, el mono se entrena para hallar placer en cosas que antes miraba con indiferencia y hasta repugnancia. Mediante la vergüenza, se consigue apuntalar el esfuerzo y la disciplina que requiere semejante entrenamiento.

¿Y por qué es tan importante la vergüenza?

Pues porque hay algo peor que abandonarse a la ley del menor esfuerzo y a la animalidad, y es ufanarse, jactarse de dicha brutalidad e ignorancia, cuando es evidente que la persona civilizada debería avergonzarse de ello.
Aclaro que no me refiero a la vergüenza pecaminosa inculcada por la Iglesia, ni a la vergüenza del pacaterismo sexual, ni a la vergüenza represiva ni autoritaria que lleva a ocultarse o negarse a sí mismo, sino a una vergüenza entendida como un pudor laico, una mirada atenta y vigilante, que a modo de coacher nos previene con dulzura cuando nos ve derrapar por los sinuosos y resbaladizos caminos de las satisfacciones instintivas, de la solución fácil, del camino corto.

En la Argentina, podemos ubicar con cierta precisión el momento en el cual se produjo un cisma cultural sobre este asunto. La década en cuestión fue la de los 90.

Que Tinelli apostó siempre a los bajos instintos no es novedad. Dejemos de lado las mujeres ligeras de ropa, no voy a detenerme en críticas pacatas. Mucho peor que eso fue en mi opinión la típica “bromita de Tinelli”, propiamente la escenificación del abuso,  en la cual medio país se divertía con la desgracia de una víctima incauta. Este sketch fue el plato fuerte de una década en que la TV fabricó burlones y desaprensivos a escala masiva. El cheque ofrecido al final de la broma era un claro símbolo del mensaje: todo se puede comprar con dinero, incluso la paz, la privacidad y la dignidad de las personas. No pocas veces, la propia pareja de la víctima era quien lo vendía sin dudar, lo cual hacía más jugosa la burla.

Pero Tinelli no estaba solo: allí estaba Sofovich también. Siempre con cara de sobrador, rodeado de laderos a los cuales trataba con desaire, sin mencionar el desprecio a la audiencia que significa tener en vilo durante una hora a medio país para ver cómo se corta una manzana en dos partes iguales. Años de Polémica en el Bar sirvieron para perfeccionar el arte de hablar sin decir nada, y de matar el tiempo y las neuronas escuchando sandeces (los actuales programas de panelistas son sus herederos). 

Sentado a la mesa estaba Minguito Tinguitella, una versión tristemente distorsionada del inmigrante, en cuya boca se plantó un latiguillo nefasto: ¡S’egual! Como en Cambalache, Minguito mezcla todo porque “todo es lo mismo”: hacer la más mínima distinción es una afrenta a su pereza mental, erigida en suprema virtud. Tanto Minguito como Sofovich y Tinelli se muestran muy orgullosos de su papel como maestros de ceremonia de esta fiesta donde se derrocha autocomplacencia y brutalidad. La audiencia ríe y celebra a los tontos, a los perezosos, a los corruptos, a los libidinosos…

--¿Y qué?, me dirán ustedes. --¿Está mal divertirse y reírse de los propios defectos?

¡Todo lo contrario! Ocurre en todas las sociedades y está en la naturaleza del hombre el burlarse de la bestia que lleva en su interior. Claramente, además, esa es una función importantísima del humor: ¡actuar como válvula de escape para soportar la carga civilizatoria! Por un momento la persona se mira en el espejo del televisor y reconoce a la bestia, se ríe de ella y de ese modo la conjura. Pero si se divierte un rato con sus desatinos es precisamente porque entiende que no puede ya gozar con lo que goza el mono en la pantalla: sólo tiene permitido divertirse o compadecerse de sus monerías.

Así es como la gente se divierte viendo los errores del bruto, o lo compadece… pero a nadie le gustaría en serio convertirse en un bruto. Uno se ríe del grosero y del desaprensivo, porque dice o hace sin pudor alguno lo que todos quisiéramos hacer o decir en un momento de furia… pero nadie quisiera realmente ser grosero con el prójimo. Uno se ríe del baboso, porque reconoce en su interior impulsos animales que pujan por tomar el control… pero nadie se enorgullecería de ir por el mundo convertido en un baboso serial.
¿O sí?

Mi teoría es que en algún momento, en aquella Argentina de los 90, la gente empezó a dejar de reirse de las bestias, y pasó a reírse con las bestias, asumiéndose orgullosamente como una bestia más.

¿Cómo es posible pasar de la observación crítica a la identificación indiscriminada?
Una explicación posible- pero no suficiente para mí- está en el espíritu de rebaño que tenemos los argentinos, que convertimos a cualquiera que se nos pone enfrente en un ejemplo a seguir. Claro que en este caso, que el mono sea gracioso es una cosa, pero que de pronto se convierta en un modelo a imitar es otra.¡El argentino empezó a mirar al mono con envidia! Y como siempre ocurre en estos casos, se lanzó a imitarlo.

La gente dejó de burlarse y empezó a idolatrar a estos personajes bestiales. Ese bruto que lejos de avergonzarse de su brutalidad se pavonea en cámara, mostrando muy orondo y con toda desfachatez su ignorancia, sus picardías, sus avivadas y hasta algún que otro comportamiento delictivo como por ejemplo, pilotear una Ferrari a 300 Km/h por la ruta, y que hablando como un troglodita y pisoteando los derechos de los demás consigue amasar una fortuna… pues no parece ser tan tonto al final, ¿verdad? Después de todo, ha llegado a conductor de TV, o incluso a presidente. ¿No será en el fondo un vivo, un adelantado a su tiempo que marca cuál es el camino para el ascenso social? La gente tomó masivamente el atajo que se le ofrecía.

Por ejemplo, que la cumbia villera fuera un fenómeno marginal, curioso, exótico, culturalmente representativo de un sector social, etc, vaya y pase. Pero que de pronto se convirtiera en la música que escuchaban las clases acomodadas en sus autos de lujo, era otra. Luego fue la ropa: nuestros compatriotas de las ciudades empezaron a usar equipos de gimnasia y gorritas, y a tatuarse igual que sus nuevos héroes los presos y los narcotraficantes, exaltados en series como “El Patrón del Mal” o la más vernácula “El Marginal”, que tuvieron récord de audiencia. Terminaron adoptando el lenguaje y la gesticulación de los monos supuestamente exitosos, aún si para hacerlo tenían que sacrificar la riqueza de su vocabulario, reduciéndolo a una decena de palabras soeces y serruchando el tono de voz para que pase por la comisura de la boca: “Eh ameo! Q’acé, boló”.  Porque hablar claro y con propiedad, ya se sabe, es cosa de tilingos.

Los argentinos se lanzaron masivamente a imitar a la bestia y sin darse cuenta se convirtieron en caricaturas grotescas. ¿Qué fue lo que llevó a los argentinos a convertir a la ignorancia, la marginalidad y la brutalidad en motivos de orgullo?

El progresismo elaboró una explicación simple, apta para el consumo masivo: como durante los 90 gran parte de la población fue expulsada del sistema por las sucesivas crisis, la cultura marginal encontró un terreno propicio para expandirse. Y así se explicaría el surgimiento del “orgullo villero”, entre otros orgullos contraculturales de este tipo.  Pero, ¿entonces cómo explicar la “brutalización” de las clases acomodadas? El fenómeno es más complejo, sin duda, y trataré de aportar mi granito de arena.

Yo creo que en un principio, el mimetismo de las clases acomodadas con la marginalidad que la circundaba pudo tener un carácter defensivo. En un entorno de alta marginalidad, mejor pasar desapercibido y ser “uno más”. Es peligroso caer por fuera de la cultura mayoritaria…  Así es como detrás de muchos personajes vestidos de marginales, tatuados hasta el cuello, escuchando música basura y hablando un argot tumbero podemos encontrar aún hoy muchos poderosos y ricos empresarios, sindicalistas y políticos. Esos mismos que cambian el audi A3 por un chevy destartalado, y el Armani por una blusa cumbianchera cuando se trata de “bajar al terreno” a movilizar a las bases.

Pero fueron las clases poderosas quienes pronto advirtieron las grandes ventajas que podía reportarles la brutalización de la sociedad.

En primer término, el imperio de las bestias no es el imperio de la Ley. La Ley es el pilar de la civilización, se legitima en la argumentación y la discriminación lógica, pero en el mundo de las bestias predomina la burla y la descalificación como formas de legitimación. En el régimen de las bestias, la Ley ha sido sustituída por la lealtad, término ambiguo y abusivo que designa el sometimiento del más débil al más fuerte. Por todo ello, en un entorno sin Ley, los más poderosos son quienes más ganan, y por tanto, los poderosos son los principales interesados en fomentar el orgullo de las bestias.

En segundo término, si las personas fueran muy delicadas y cultivadas --y deberían esforzarse para ello--, tendrían deseos caros y difíciles de satisfacer. En cambio las bestias son poco exigentes como consumidores. Se contentan con productos y contenidos de escasa calidad, fáciles y baratos de producir, y raramente se quejan de la basura que se les provee. Basta recordar, además, que para una bestia, “aguantar” es una virtud. Haciendo del “aguante” y del conformismo un credo, se puede vender cualquier porquería a este enorme mercado naciente.  Nuevamente, los poderosos serán los principales interesados en fomentar un mercado de bestias.

Vemos que se da entonces la siguiente paradoja: las principales víctimas del “orgullo de ser bruto” son, precisamente, las bestias. ¿Cómo es posible entonces que no reaccionen, comprendiendo que ese orgullo bastardo es su principal enemigo? ¿No pueden acaso ver que ese “orgullo” ha sido tejido por los poderosos con el único objetivo de invisibilizar las vulnerabilidades de semejante condición, de igual modo que se teje un manto para ocultar la desnudez que expone a enfermedades fatales?

La única posibilidad de salvación pasa entonces por combatir ese falso y nefasto orgullo y trocarlo en… vergüenza. Pero no la vergüenza que ensucia, humilla y castiga, sino una vergüenza compañera y amiga, cálida, guía y consejera, capaz de sostenernos en la dura lucha contra la tentación de lo inmediato y lo fácil, contra la corrupción de la autoindulgencia, del “seguál”.  

El día que cada uno de nosotros se plante diariamente frente al espejo, se arregle meticulosamente, se proponga hablar con claridad y educación, pida permiso y diga gracias, escuche al prójimo con empatía, no tire latas ni papeles por la ventanilla, apague los puchos en los ceniceros, y sobre todo se decida a entablar una dura y contínua batalla contra la ignorancia, la pereza, la dejadez y la autoindulgencia… ése día experimentará por fin el verdadero orgullo de ser un ser humano o al menos, de ser un mono en camino de dejar de serlo.





[1] Esto es algo evidente y no digo nada nuevo; ya Freud señalaba a la sublimación instintiva como la “flecha de la civilización”.