lunes, 12 de octubre de 2020

UNA SOLUCION POSIBLE PARA ALIVIAR EL PROBLEMA DEL DOLAR

 


No soy economista. Soy apenas un lector de diarios que piensa. Lo aclaro de antemano para evitar críticas furibundas. Puede que lo que vaya a decir a continuación carezca de sentido, aunque yo creo que puede servir al menos para invitar a la reflexión.

 Luego de observar un poco, me he dado cuenta que el gobierno se preocupa mucho por evitar la fuga de dólares por vías espurias, pero se olvida de un hecho fundamental.

Una de las principales vías por las que los dólares se volatilizan es la construcción de vivienda, mejor dicho la venta de viviendas nuevas. De hecho, basta abrir el diario para ver los anuncios promocionando el “dólar ladrillo”.

¿En qué consiste esto?

Pues es muy simple: invertir en pesos (comprando materiales en pesos, pagando mano de obra en pesos, comprando grifería y mobiliario en pesos) y luego vender en dólares billete.  La maniobra se completa volatilizando esos dólares al exterior.

Por ese canal, el país pierde al año miles de millones de dólares de reserva, ya que para adquirir una propiedad, los argentinos deben ahorrar penosamente en dólares para entregarlos al vendedor al momento de adquirir una vivienda.

Hay que aclarar un punto fundamental: si una persona compró su vivienda en dólares, al momento de venderla es injusto que no pueda recuperar los dólares que invirtió. Es una variante de “el que depositó dólares, recibirá dólares”, un principio de equidad que debe ser respetado.

Por lo tanto, la venta en dólares de una propiedad oportunamente comprada en dólares debe garantizarse, para garantizar el derecho del depositante en dicho bien.

Sin embargo, para el caso de la venta futura de edificios nuevos, que se contruyen en pesos, no existe ningún justificativo para que el constructor exija su pago en dólares billete.   

Y me refiero al pago, no a la cotización.

Porque si la propiedad es refugio de valor, no está mal que su valor esté ligado al precio del dólar como patrón de referencia. Pero mientras las transacciones de compra y venta para esas unidades nuevas- las construídas en pesos- se realicen en pesos, entonces no habrá posibilidad de que por esa vía se fuguen los dólares que el país necesita para fines más provechosos.

Y en caso de que el constructor decida comprar los dólares él mismo con los pesos recibidos, será mucho más fácil controlar esta compra hecha por pocos que el atesoramiento de millones de argentinos.

Resumiendo:

Para las propiedades viejas adquiridas en dólares, puede permitirse al vendedor que exija el pago en dólares, porque “el que depositó dólares recibirá dólares”.

Para las propiedades nuevas construídas con pesos, se debe obligar al vendedor a aceptar el pago en pesos. De ese modo, aunque la cotización de la propiedad siga atada al dólar, el ahorrista no se verá en la necesidad de ahorrar en dólares billete si quiere comprar una vivienda. Y podría activarse el mercado de créditos en pesos.

Por otro lado, si el vendedor recibe esa enorme cantidad de pesos y decide ir a comprar dólares, será mucho más fácil controlar a unos pocos compradores de dólares que a una enorme masa de ahorristas desesperados por comprar dólares. La dificultad de pasar estos pesos a dólares haría crecer la masa de dinero en pesos disponible para reingresar al mercado de crédito para la adquisición de más viviendas.

¿Cómo se podría hacer todo esto operativamente?

 Muy fácil. Al momento de habilitar una obra nueva, se le asignaría un código de identificación único, que permitiría saber a los compradores que dicha obra debe abonarse en pesos. Eso no impide al ahorrista comprar dólares “virtuales” en el banco para no perder valor de ahorro contra la inflación, pero ya no necesitará retirarlos porque nunca va a necesitar el dólar “billete” para hacer la transacción que tiene en la mira. Es más, los bancos podrían habilitar una cuenta en dólares especial únicamente destinada a la compra de vivienda, y los dólares de esa cuenta tendrían únicamente una existencia virtual, no pudiendo salir en forma de dólar billete.

Una medida tan sencilla permitiría descomprimir la angustia y la presión sobre el dólar billete, y como dije antes, generaría un mercado de excedentes en pesos que retroalimentaría el mercado de crédito.

Espero con esta reflexión haber sido de alguna utilidad.

 

 

 

 

jueves, 8 de octubre de 2020

17 DE OCTUBRE DE 1945: CÓMO LO DESCRIBIÓ UNA DAMA DISTINGUIDA DE LA SOCIEDAD PORTEÑA, DELFINA BUNGE.

 Por Jorge A. Tizón (jorgeatizon@gmail.com)

A más de 70 años de aquel 17 de octubre de 1945 que marcó un punto de inflexión en la historia argentina y en la vida tanto de quienes lo protagonizaron con entusiasmo y esperanzas como de quienes lo combatieron con aversión, resulta interesante leer lo escrito por una dama de la sociedad distinguida -Delfina Bunge-  en un artículo periodístico en el que expresó su parecer sincero sobre los sucesos que en esas jornadas de octubre mantuvieron en vilo y  desconcertaron a la población.   Delfina era hija de un prestigioso abogado, Octavio Raymundo Bunge, y de María Luisa Rufina Arteaga, y estaba casada con el escritor Manuel Gálvez.  Sus hermanos fueron también profesionales destacados. Delfina no sentía ni se interesaba en la política, era  ante todo una escritora católica (devotamente católica, algo muy común en la época, sobre todo para  las familias de la alta sociedad).

Relata su esposo Manuel Gálvez que en su artículo (1) titulado “Una emoción nueva en Buenos Aires”  expresó su enorme asombro cuando vio pasar al pueblo frente a su casa, no con el cuchillo entre los dientes ni el fusil en la mano, sino contento, entonando estribillos, riéndose todo el tiempo o vitoreando a su líder. “Emoción nueva la de este 17 de octubre: la eclosión, entre nosotros, de una multitud proletaria y pacífica. Algo que no conocíamos, que, por mi parte, no sospeché siquiera que pudiese existir….” Recuerda el terror de los movimientos anarquistas vividos en su niñez y adolescencia que tuvo como muestra la semana trágica de 1919. “Las primeras manifestaciones de las turbas rebeldes fueron siempre contra todo lo religioso. Se quemaban  las iglesias como para librarse del más temible de los testigos. Parecíales, tal vez, a los forajidos, que eliminaban así el ojo de Dios y podían, entonces,  sin  ningún miedo misterioso, abandonarse a todos los crímenes. Suprimido Dios, todo quedaba automáticamente permitido. Y entonces lo compara con el 17 de octubre: “Las calles presenciaron algo insólito. De todos los puntos suburbanos veíanse llegar grupos de proletarios, de los más pobres entre los proletarios. Y pasaban debajo de nuestros balcones. Era la turba tan temida. Era -pensábamos- la gente descontenta…”.  Refiere que su  primer impulso fue el de cerrar los balcones, pero al asomarse a la calle quedó en suspenso, “pues las turbas parecían trocadas por milagrosa transformación. No había caras hostiles ni puños levantados, como los vimos hace pocos años. Y más aún nos sorprendieron sus gritos y estribillos. No se pedía la cabeza de nadie Van llegando noticias por la radio. En la plaza de mayo hay quinientas mil personas. La Catedral y la Curia, respetadas. Una columna frente al templo hizo la señal de la cruz…. Quiero declarar y jurar que mientras esto escribo  manténgome a mil leguas de la más leve intención política. No me interesa el personaje con cuyo nombre nos saturaron los oídos esa noche.  Pedíase la libertad de un preso al que – equivocadamente o no- ellas creían su protector”. Finaliza hablando de “este hombre que con sinceridad o sin ella, con buenas intenciones o por ambición únicamente ha tenido la peligrosa fortuna de ser glorificado por los pobres… Lo que nos interesa son las turbas mismas y su capacidad de proceder en paz.






Si bien el artículo no nombraba ni elogiaba a Perón ni al gobierno, no se salvó de recibir un fuerte rechazo. Muchos suscriptores del diario se borraron y su director tuvo que renunciar y jubilarse, al tiempo que Delfina Bunge no pudo continuar escribiendo sus colaboraciones. Recibió cartas hirientes de amigos, además de anónimos e insultos telefónicos. En cierto sentido la publicación de ese artículo le cambió la vida reposada que tenía. Unos meses antes ya había generado revuelo otro artículo suyo titulado “Catolicismo de guerra” donde-partidaria de la neutralidad pero no de los nazis-  Delfina Bunge expresaba la conveniencia de que la política no fuese mezclada con la religión, a raíz de la terrible grieta que se había suscitado en el país entre aliadófilos y germanófilos y en la que los católicos con pasión aliadófila despotricaban contra la Iglesia y hasta contra el Papa por no condenar a Hitler y Mussolini. Delfina Bunge era presidenta de la Sociedad de Escritoras Católicas y del Centro de Estudios Religiosos, y de ambos cargos fue despedida como consecuencia del  fanatismo aliadófilo.  Estos últimos se enemistaron con el gobierno surgido de la revolución del 4 de junio de 1943 porque no le declaraba la guerra al Eje (Alemania).  Es probable que Delfina Bunge tuviera un punto de simpatía con el nuevo gobierno porque por Dec. Ley 18.411/43 estableció la enseñanza religiosa católica en colegios y escuelas estatales, que en ese momento eran la mayoría. Recordemos que el quiebre internacional producido por la segunda guerra mundial hizo que muchos Estados realizaran una especie de alianza con la Iglesia Católica a fin de impedir el avance de gobiernos comunistas, y la Argentina de 1943 no fue la excepción.  

(1)    Publicado en el diario El pueblo y citado por Manuel Gálvez en su libro “En el mundo de los seres reales”, editorial Hachette (1965)   

 

Lo que sigue es una breve descripción del contexto previo y posterior al 17 de octubre de 1945.

ANTES DEL 17 DE OCTUBRE DE 1945: Los acontecimientos se fueron desenvolviendo de forma natural, pero vertiginosamente. La revolución militar nacionalista del 4 de junio de 1943 que puso fin a una década “infame” caracterizada por la corrupción y el fraude electoral, llevó al entonces Coronel Juan D. Perón a hacerse cargo del inoperante Departamento de Trabajo que existía desde 1907, disolverlo y cuatro meses después crear la  Secretaría de Trabajo y Previsión, desde donde  organizó e implementó una legislación social de avanzada que mejoró la vida al universo de los trabajadores y no sólo a algunos sectores, como venía sucediendo hasta ese momento. Lo acompañaron en la tarea personas de diversa extracción política: militares nacionalistas como el coronel Domingo Mercante y el  mayor yrigoyenista Fernando Estrada, y sindicalistas socialistas como Atilio Bramuglia y Angel Borlenghi.  En 1944, luego de un año de gestión, Perón ya era la figura descollante de la Revolución del ´43.  Daba mensajes por radiodifusión para explicar y dar a conocer los objetivos de la política social que se planteaba realizar desde la Secretaría de Trabajo. En 1945, a dos años de la Revolución del ´43, Perón molestaba tanto a un grupo de militares del mismo gobierno que querían asesinarlo, como a la clase económica dominante que sintió perjudicar profundamente sus intereses por la política social desarrollada. Lo llamaban “agitador de masas”. A este malestar se sumaba la demora del gobierno de Edelmiro Farrel en declarar la guerra a Alemania -solicitada por esos mismos sectores de la oligarquía que tenían intereses económicos con Gran Bretaña y Estados Unidos- , y el rumor que ya empezaba a circular con fuerza acerca de que cuando se normalizaran las elecciones Perón pudiera ser electo presidente. El país se había polarizado. También conspiraba el Departamento de Estado de los Estados Unidos a través de su embajador en la Argentina, Spruille Braden. Ya el 19 de septiembre de 1945 la oposición al gobierno de Farrel - y más concretamente a Perón- organizó la “marcha de la constitución y la libertad”, donde unas 60.000 personas se nuclearon desde el Congreso a Plaza de Mayo en un acto presidido por el norteamericano Braden junto a políticos e intelectuales argentinos de izquierda, radicales y liberales como José Santos Gollán, Eustaquio Méndez Delfino (presidente de la Bolsa de Comercio), Manuel Ordoñez (posterior  fundador de la Democracia Cristiana), Rodolfo Ghioldi, Tamporini, Mosca, Sanmartino, y otros más. Pedían entregar el gobierno a la Corte Suprema y elecciones inmediatas.


 


La desunión dentro del Ejército hizo que un sector presionara para que se le pidiera la renuncia a Perón a los cargos en la Secretaría de Trabajo (que quedó a cargo del coronel Domingo Mercante) y el Ministerio de Guerra, lo que efectivamente sucedió el día 9 de octubre. El 12 de octubre, mientras Perón ya renunciado se encontraba descansando en el Tigre, el presidente Farrel pidió verlo. Perón se dirigió entonces  a Buenos Aires y una vez allí se lo llevó a la cañonera Independencia y se lo trasladó y confinó en la isla Martín García. Los sucesivos días hasta su liberación el 17 de octubre estuvieron envueltos en tensas negociaciones. Mientras tanto sucedió lo que ya todos conocemos: huelga general y columnas de trabajadores avanzando hacia la plaza de mayo a pedir la libertad de su líder. Según escribió Scalabrini Ortiz, “era el subsuelo de la patria sublevado, el cimiento básico de la Nación que asomaba”.  Un hecho peculiar que siempre quedó soslayado es que la jornada del 17 de octubre no sólo tuvo como artífices a los sindicatos que organizaron la movilización a Plaza de Mayo, sino que ellos contaron con la inestimable colaboración del grupo del ejército que fue leal a los objetivos de la revolución del ´43, coincidentes con los intereses populares. Estos militares no marcharon con los trabajadores, pero los apoyaron. Fue la única vez en el país que el ejército se identificó con la causa de las masas populares.                  

LUEGO DEL 17 DE OCTUBRE DE 1945: En octubre de 1945 el Peronismo no existía como organización política. Los partidos políticos tradicionales de la Argentina eran el conservador, radical, socialista y comunista. Ni siquiera participaron como peronistas en las elecciones nacionales de febrero de 1946, realizadas a sólo cuatro meses del 17 de octubre y en la que la fórmula Perón-Quijano se presentó como Partido Laborista,  siendo Hortensio Quijano un radical de la Junta Renovadora. El coronel Mercante, mano derecha de Perón, se ocupó de organizar en tiempo récord el partido político (Laborista) que congregó a trabajadores, grupos de clase media que supieron ver el proceso y antiguos políticos nacionalistas, a fin de presentarse a las inmediatas elecciones de 1946.  Todos sabían que la suerte estaba echada. Se daría lo que en 1916 cuando por la flamante Ley Sáenz Peña de sufragio universal el Dr. Hipólito Yrigoyen llegó a la  presidencia de la Nación como el primer gobierno representativo de las mayorías populares. En 1946 todos sabían que Perón ganaría las elecciones. Lo que a Yrigoyen costó 26 años de lucha permanente (si partimos de la revolución radical de 1890 hasta el año 1916 en que fue presidente), a Perón le tomó 3 años (de 1943 a 1946) y en un proceso inverso: Yrigoyen fue un militante político que combatió sin descanso al Régimen y que pudo realizar su reducida labor social recién cuando estuvo en ejercicio de la presidencia. Perón, en cambio, no hizo política previa: pasó directamente a la acción desde su cargo en la Secretaría de Trabajo.

“Alem, Yrigoyen y Perón”, era uno de los cánticos populares de aquel octubre de 1945.


Si la clase política anterior a 1943 hubiese estado a la altura de las circunstancias, siendo digna de confianza e implementando la tan demorada justicia social que el país reclamaba desde hacía décadas, tal vez no hubiera existido Perón. Podrían haber tomado esas banderas y ganarse los laureles, pero no lo hicieron. Y se sorprendieron cuando un grupo de militares políticamente inexpertos -con Perón a la cabeza- lo hizo por ellos, y entonces lo combatieron. En febrero de 1946 la mayoría de los argentinos eligió ser partícipe de un movimiento nuevo y mirar hacia el futuro; no quisieron apoyar a las viejas instituciones políticas que en el pasado no les habían dado respuestas.


Aquel 17 de octubre de 1945 fue la chispa que encendió a las masas populares que a partir de ese momento comenzaron sentirse y a autodenominarse “peronistas”.

domingo, 4 de octubre de 2020

OTRA VACA ATADA - DE LOS AÑOS DE LUCHA, AL ESPLENDOR Y EL OCASO DEL SINDICALISMO ARGENTINO-PARTE 2

Por Jorge A. Tizón (jorgeatizon@gmail.com) 

 En un artículo anterior hablamos de los inicios y las grandes luchas del sindicalismo. En este artículo abordaremos la etapa siguiente:

 LA JUSTICA SOCIAL Y LA ORGANIZACIÓN DEL MOVIMIENTO SINDICAL. (1943-1955)

 Como consecuencia del desarrollo de la segunda guerra mundial (1939-1945) nace en nuestro país una corriente nacionalista militar que comienza a pensar en el desarrollo industrial argentino con intervención del Estado -industrias metalúrgicas, pesadas y Defensa. Con ese propósito se creó Fabricaciones Militares Sociedad de Estado en 1941 bajo el impulso del ingeniero militar Manuel Savio. Surge también dentro del círculo de esos militares nacionalistas la visión de la distribución de la riqueza y la necesidad de una política social, en parte como un proceso lógico e inevitable que venía dándose en el mundo y postergándose en Argentina desde la Década Infame y, además, como forma de evitar una avalancha comunista. Vale recordar que los sindicalistas comunistas argentinos por estar atados a la línea política marcada por la unión soviética y lejos del pueblo argentino quedaron muy desprestigiados frente a los trabajadores por su postura a favor de los Aliados en la guerra mundial, que los llevó a evitar huelgas en empresas inglesas en contra de la defensa de los derechos obreros (recordemos que la Unión Soviética era aliada de Inglaterra).  A todo esto, en marzo de 1943 las diferencias internas presentes desde años anteriores dividieron  a la C.G.T. en dos grupos (la CGT NRO 1 y la CGT NRO 2): unos propugnaban una actitud sindical limitada a la defensa de las cuestiones gremiales y mejoras concretas para los trabajadores argentinos mientras los otros, bajo la influencia comunista, estaban más interesados en adherir a las entidades internacionales de las que eran sus brazos políticos.

 

En este panorama local y mundial arribó el nuevo gobierno surgido del golpe de Estado de 1943 que puso fin al proceso de fraude y corrupción política iniciado en 1930. Se sucedieron varios presidentes (de facto) hasta las elecciones nacionales que se realizaron en 1946. Mientras tanto se inició en la Argentina una etapa que revolucionó y cambió para siempre el mundo del trabajo.

En octubre de 1943 se hizo cargo del modesto Departamento Nacional del Trabajo (DNT) el entonces Coronel Juan D. Perón, perteneciente al grupo de militares nacionalistas. Con una  clara visión de todo lo que faltaba hacerse en materia social en el país, solicitó permiso para disolver el pequeño Departamento de trabajo y crear un organismo de mayor rango, la Secretaria de Trabajo y Previsión, lo que se le aprobó. Desde este lugar tuvo contacto con la clase trabajadora que lo visitaba a diario. Observó la realidad, se adentró en sus problemas y necesidades y en las posibles soluciones, poniendo énfasis en la concreción práctica de cada situación analizada bajo su principio rector: “Mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar”.  

 

Impulsó la organización de los trabajadores en sindicatos transmitiéndoles una visión reivindicatoria y nacional del trabajo y promoviendo una legislación protectora inspirada en los principios de justicia social difundidos por las Encíclicas papales. El resultado fue que a fines de 1944, con solo un año de labor, ya se había logrado una sola C.G.T. y alrededor de 40 organizaciones sindicales se encuadraron dentro de ella. Se firmaron decretos leyes, centenares de convenios colectivos y gestiones conciliatorias que beneficiaron a más de dos millones de trabajadores.

Hasta este momento la clase obrera, cada vez más numerosa e importante en la estructura productiva, no había encontrado una fuerte identidad política que le permitiera unificarse y tener peso como actor social. Esta identidad la encontró de la mano del peronismo, entusiasmada por las conquistas logradas y vigorizados por el creciente poderío de sus organizaciones gremiales. Entre las principales conquistas pueden mencionarse la universalización de medidas de protección social como el salario mínimo vital y móvil, el sueldo anual complementario, vacaciones pagas, indemnizaciones por despido, registro de los trabajadores en libro legal.

 

Cuatro meses después de los sucesos del famoso 17 de octubre de 1945 en que Perón fue puesto preso por el ejército y luego liberado por la presión popular de los trabajadores, se convirtió en Presidente de la Nación con el 52% de los votos –junto al vicepresidente radical Hortensio Quijano- en las elecciones nacionales de febrero de 1946.

Dijo al asumir que “para aumentar nuestras conquistas sociales necesitamos aumentar la riqueza y aumentar el trabajo”. Comenzó entonces un proceso político de reformas basada en disponer las conquistas históricamente pedidas pero nunca otorgadas, un creciente y constante nivel de ocupación laboral y el crecimiento de las  organizaciones gremiales con el modelo de un Estado mediador entre el capital y el trabajo.

En paralelo con lo que estaba sucediendo en Europa occidental a partir de 1945 tras la segunda guerra mundial en cuanto a la implementación de un nuevo capitalismo con políticas socioeconómicas de corte social, conocidas como “Estado de bienestar” o “Estado benefactor” moderno (welfare state) según el cual el Estado debía proveer distintos servicios en cumplimiento de los derechos sociales de salud, seguridad social, educación, vivienda y cultura para todos los habitantes de un país y ya no para unos pocos, Argentina  se encaminó también hacia una modernidad única, nacional e independiente, instaurando su propio “Estado de bienestar”.   

 En la década peronista se crearon sindicatos de magnitud acordes con el despegue productivo del país: la UOM el 20/04/1943, SINDICATO DE LA CARNE (1944), UOCRA (1944), SMATA (1945), LUZ Y FUERZA (1946), SOMU (marítimos, 1947), FOETRA (1950), entre otros. Producto de la expansión industrial durante los primeros cinco años de gobierno peronista se concretaron 76.000 obras públicas y se crearon 20.000 nuevas plantas con la consecuente generación de empleos.

 

Es necesario detenerse un instante en este período para comprender la magnitud de la transformación política, económica y social que se produjo en un lapso sorprendentemente breve de nueve años de gobierno y que marcó el comienzo de un nuevo sindicalismo. Hasta ese momento el movimiento obrero era muy inorgánico y con distintas luchas de tendencias, por eso los primeros años de gobierno peronista fueron años de organización y de aprender de la experiencia. Sin duda toda esa preparación es la que les permitió mantener la estructura durante los 18 años de proscripción que siguieron al golpe militar de 1955.

 

Como se sabe el surgimiento del peronismo tuvo un fuerte apoyo político en el sector popular, fundamentalmente obrero, quienes se volcaron en masa a apoyar a quien fue capaz de incorporarlos a la realidad nacional. Sin ese apoyo no hubiera logrado suficiente legitimidad.

La mayor novedad del nuevo gobierno fue la participación del obrero en las decisiones políticas: se les permitió insertarse en el Poder Ejecutivo, el Congreso Nacional y en las ramas de las administraciones provinciales, dándole responsabilidades de todo tipo, algo inaudito hasta ese momento y rechazado por las clases dominantes hasta entonces. Ejemplos de esto son: José María Freire, dirigente socialista de la industria del vidrio, ministro de Trabajo; el dirigente socialista del gremio de comercio Angel Borlenghi, ministro del interior; Juan Bramuglia, abogado de la Unión Ferroviaria, ministro de Relaciones Exteriores. Ya durante la presidencia de Hipólito Yrigoyen sucedió algo parecido, ocupando cargos ministeriales personas de la clase media y del pueblo sin experiencia ni capacidad de ningún tipo, que causaron risas e indignación a los hombres del Régimen, quienes los llamaban “la chusma radical”.

La diferencia con el gobierno de Perón en este punto fue la realización de un trabajo sistemático de capacitación de los trabajadores -orientado por el propio Perón, recordemos que antes de iniciarse en la política fue profesor en la Escuela Superior de Guerra-,  y la organización. Repetía el Gral. Perón en sus discursos que “lo único que vence es la organización”, de ahí su empeño por organizar a los trabajadores como condición para que las conquistas logradas luego de tantas luchas no pudieran revertirse en etapas posteriores. Con ese fin se crearon escuelas de capacitación sindical que rápidamente crecieron en cursos y alumnos, destinadas a formar el intelecto de los delegados obreros y trabajadores en general, y a consolidar los valores y la conciencia social que los unía al sindicato. El mismo Perón dictaba los cursos de conducción política y de doctrina.

Argentina: Radiografía del Sindicalismo I | LaTribuna69

 

Los SINDICATOS como escuelas de formación técnica: Los distintos Sindicatos se sumaron a las capacitaciones ofreciendo multiplicidad de cursos para sus trabajadores, fundamentalmente de capacitación técnica, que luego se podía completar con un mayor nivel profesional en la Universidad Obrera (hoy Universidad Tecnológica  Nacional). El objetivo era la formación profesional del trabajador para favorecer su movilidad social.  La Universidad obrera o UTN se creó en 1948 pero comenzó recién a operar en 1953. Fue un proceso lento y metódico realizado desde la nada, sin antecedentes previos.

 

Los SINDICATOS y el turismo social: El análisis del “turismo social” requeriría un estudio aparte por todos los aspectos que involucra, pero aquí nos interesa el rol de los sindicatos en este nuevo escenario. Conceptualmente el turismo social significa el derecho de todas las personas trabajadoras al turismo, derivado de tener las vacaciones pagas. Este derecho fue reconocido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas en 1948, que estableció que “toda persona tiene derecho al descanso, al disfrute del tiempo libre, a una limitación razonable de la duración del trabajo y a vacaciones periódicas pagadas”. La Argentina fue pionera en este derecho largamente anhelado ya que lo estableció en 1945, tres años antes que Naciones Unidas, por un Decreto de la Secretaría de Trabajo y Previsión a cargo del coronel Perón y para la totalidad de los trabajadores en relación de dependencia. Recordemos que hasta ese momento sólo algunos pocos gremios importantes disfrutaban de estos beneficios.

Unas décadas antes y en consonancia con lo que sucedía en el mundo, el Estado argentino había comenzado a pensar en la necesidad de desarrollar el turismo tanto como forma de atender al ocio de las personas como por la posibilidad del turismo como actividad económica. Para eso creó Vialidad Nacional en 1932 (pues teníamos un vasto país integrado únicamente por líneas férreas; faltaban rutas, hoteles, caminos turísticos, infraestructura) y en 1942 presentó al Congreso un proyecto de Ley para la creación de la Dirección General de Turismo, que nunca llegó a tratarse. Se construyeron unos pocos hoteles orientados al turismo de elite y sectores medios, y se dieron algunos incentivos como descuentos en pasajes de trenes para clases medias bajas. Pero no existía nada parecido al turismo social de masas como se desarrolló a partir de 1945. En este caso la planificación la hacía el gobierno nacional, articulado con el sector sindical, las provincias y la Fundación Eva Perón. El Turismo social se financiaba con el descuento del 5% del aguinaldo (2% lo aportaba el trabajador y 3% la patronal), cobrado por primera vez en diciembre de 1945 y que los empleadores debían depositar en una cuenta del Instituto Nacional de Remuneraciones. A su vez el Directorio de este Instituto estaba facultado para dar en arrendamiento, locación o administración, los bienes para fines de turismo social a los sindicatos con personería gremial que, a su juicio, tuvieran suficiente responsabilidad financiera y económica (decreto ley 33302 de 1945).

De esta manera mediante colonias de vacaciones, unidades turísticas (Chapadmalal -en Mar del Plata-, Embalse Río Tercero -en Córdoba- y Puente del Inca, en Mendoza)  y hoteles sindicales -comprados o alquilados para tal fin- se buscaba que, además del debido descanso, los trabajadores conocieran el extenso territorio argentino ampliando sus horizontes,  antes limitados a su lugar de nacimiento o residencia.

Al principio la utilización turística no fue masiva, tal vez por la falta de experiencia de los trabajadores al encontrarse frente un beneficio impensado hasta entonces. Por eso el gobierno recurrió a la publicidad. Bajo la consigna “Usted se paga el viaje, el gobierno el hospedaje”, se movilizaron miles de personas a los diferentes centros turísticos, especialmente a Mar del Plata, Córdoba y Bariloche. También se trabajó coordinadamente con la Administración de Parques Nacionales incorporando numerosos hoteles en otros destinos.

 En este período el papel que tuvieron los Sindicatos brindando el servicio turístico a sus afiliados fue  muy importante, pero no tan notable como el desplegado por la Fundación Eva Perón que era la poderosa institución que administraba los fondos y la que construyó los grandes centros turísticos como Chapadmalal y Embalse (en Puente del Inca se utilizó un hotel ya existente, el Hotel Uspallata). Durante los 9 años de gobierno peronista los Sindicatos compraron apenas unos pocos hoteles. Contrariamente a lo que se supone, es con posterioridad a 1955 cuando se produce la gran expansión de la hotelería gremial en el país, asociada a los mayores fondos que van a recibir de los gobiernos no peronistas y de facto.  Volveremos sobre esto en el siguiente artículo.

 

Lo descripto es una incompleta enumeración de lo que significó el desarrollo del turismo social en la Argentina, que paralelamente estuvo ligado a una política de ampliación y creación de infraestructura vial, hotelera y de comunicaciones, muy interesante de investigar.

 

Los SINDICATOS y la Ayuda social: La gran organización de ayuda social durante el primer gobierno peronista fue la Fundación Eva Perón. Comenzó a operar en 1947, cuando Eva volvió de su gira europea y se instaló en el Ministerio de Trabajo para organizar la asistencia social a niños, hombres, mujeres y ancianos con necesidades inmediatas. Los diversos Sindicatos comenzaron a enviarle cargamentos con donativos: los tucumanos, azúcar; los textiles, telas y ropas; los obreros de las curtiembres, cueros y zapatos; los telefónicos, un cheque en dinero. Estos primeros intentos solidarios de los Sindicatos luego se institucionalizaron cuando la Fundación EP obtuvo su personería jurídica en 1948. Con un capital inicial de $ 10.000 aportados por la propia Eva, la FEP llegó a tener en 1955 $ 2.900.000. La mayoría de los fondos (el 60%) provenían de la donación anual de dos (2) jornales que efectuaban los trabajadores: el 1ro de mayo y el 17 de octubre. Esto fue posible gracias al importante aumento de los salarios que comenzó a repercutir en los bolsillos de los trabajadores a partir de las leyes de 1945, viviéndose una verdadera economía de abundancia y al aumento de la afiliación a los sindicatos que creció de manera exponencial.

Dado que el aporte más importante a la Fundación EP provenía de los Sindicatos, la CGT formaba parte de la comisión directiva de la Fundación y tenía mucho peso en su directorio. La operatoria era que cada Sindicato recaudaba el aporte y lo ingresaba a la CGT y ésta a su vez era la encargada de depositarlo a la Fundación. A veces los Sindicatos depositaban directamente a la Fundación. Cercana la muerte de Eva hacia 1952, hubo algunas demoras en el depósito de los aportes que generaron algunas rispideces entre la FEP y CGT.    

 

 

Los SINDICATOS y el sistema de SALUD: La política sanitaria entendida como política de Estado no existió en nuestro país hasta mediados del siglo XX, pese que había un alto índice de mortandad infantil y de adultos en general, debido a enfermedades como tuberculosis, paludismo e infecciosas.  Al asumir el primer gobierno peronista en 1946 se crea la Secretaría de Salud  Pública y en 1949 se le da el rango de Ministerio. Al frente de estos organismos estuvo el Dr. Ramón Carrillo. Se montó un gigantesco operativo sanitario distribuido en todo el territorio nacional y avalado por la Leyes 13.012 y 13.019, cuyo plan analítico 1946-1952 constó en un voluminoso trabajo de cuatro tomos.   El Dr. Carrillo encaró la salud pública a través de tres ramas: la medicina asistencial, la medicina sanitaria y la medicina social. Según sus propias palabras “la medicina asistencial tiende a resolver el problema individual cuando se ha planteado, es pasiva; la sanitaria es meramente defensiva, pues trata de proteger; la social es activa, dinámica y debe ser necesariamente preventiva”. Fue una política y una legislación de avanzada para la época si consideramos que la OMS (organización mundial de la salud) se creó después de eso, en 1947, en un mundo de posguerra, y definió a la salud como un completo estado de bienestar físico, mental y social, muy similar a los postulados peronistas. Como dato: en 1946 el país tenía 66.000 camas hospitalarias. En 1951 sumaban 114.000.  

Dentro de este contexto de política gubernamental de la salud jugó también un papel muy importante la Fundación Eva Perón y la CGT, como integrante de la comisión directiva de ésta, y algunos Sindicatos creando sus propios policlínicos.

Mientras el gobierno nacional construía nuevos hospitales públicos o ampliaba y agregaba pabellones a los ya existentes, la Fundación EP hizo lo propio construyendo en el corto tiempo de 6 años de vida cuatro (4) Policlínicos modelos: Avellaneda, Lanús, Catamarca y Ezeiza; en 1953, luego de su muerte, se inauguró el Policlínico de San Martin,  y había otros más en ejecución que luego de 1955 fueron abandonados, como el albergue Warnes que estaba destinado a ser el más grande hospital de pediatría de Sudamérica. Todo se pudo realizar con el  importante aporte de los Sindicatos a través de sus trabajadores (no de la patronal), sumados a otros donativos que recibía la FEP.  

A su vez algunos Sindicatos construyeron sus propios Policlínicos, pero hay que decir que en esta etapa fueron muy pocos, aunque la idea ya estaba en mente. El más importante de los policlínicos propiamente sindicales y el que tuvo la primera Obra Social del país fue el Ferroviario, ubicado en Retiro. Se construyó con terrenos donados por la Secretaría de Trabajo y Previsión en 1944 y fue inaugurado en 1954. El Estado aportó un subsidio extraordinario y los trabajadores una contribución obligatoria de $1 por empleado. Fue un hospital escuela de 9 pisos y 10.000 metros cuadrados con instalaciones y tecnología de avanzada que lo ubicaba entre los más modernos de Sudamérica. Estaba destinado a brindar cobertura médico asistencial a los trabajadores del gremio ferroviario. Luego del golpe de estado de 1955 fue saqueado y parte de sus terrenos habrían sido expropiados a favor de la familia Villada Achával, esposa del golpista Lonardi.     

 

Se dice que dado que la Fundación Eva Perón realizó también obra sanitaria, se generaron algunas fricciones con el Ministerio de Salud a cargo del Dr. Carrillo. A su vez la construcción de los policlínicos por la FEP se contraponía de alguna manera al peso creciente de los Sindicatos que aspiraban al manejo de la salud.

 

Al trabajador en relación de dependencia sólo se le descontaba jubilación y la cuota sindical.

Durante el gobierno peronista de 1946 a 1955 todavía no existían las Obras Sociales en tanto Sistema Nacional de las Obras sociales como lo conocemos hoy. Si estuvo pensado hacerlo, quedaba para una etapa posterior. Como se dijo anteriormente solo existían unas pocas obras sociales para sus propios afiliados, como la del gremio ferroviario. Pero tanto el trabajador en relación de dependencia como el autónomo podían ir a los numerosos hospitales públicos y policlínicos de forma totalmente gratuita, los que contaban con superávit de camas disponibles, personal calificado, equipamiento médico de alta tecnología e  instalaciones  impecables, prácticamente de lujo.

Un detalle que no desmerece la magnánima obra pero que podría haber evitado algunos malestares: todos los hospitales y policlínicos se llamaban Pte. Juan D. Perón y Eva Perón, como la mayoría de todo lo que inauguraba.

 

Después de 1955 los hospitales y policlínicos públicos comenzaron a degradarse por la intencionada falta de mantenimiento de los gobiernos sucesivos e incluso por los mismos empleados, que se robaban hasta las canillas de los baños.

 

Los SINDICATOS y la CULTURA:

Los derechos a la educación y a la cultura son incluidos en la reforma de la Constitución Nacional de 1949. Datos ilustrativos: en 1945 el déficit de edificios para escuelas era de 10.000. En los ocho años posteriores de gobierno se construyeron 8.000 escuelas grandes y confortables. En 1945 el analfabetismo era del 15%. El 1955 se redujo al 3%.

En este punto la colaboración de las organizaciones sindicales con sus escuelas de capacitación técnica para trabajadores fue esencial. Pero además se agrega el gran aporte de la Fundación Eva Perón en la construcción de por lo menos 1000 escuelas por todo el país, con la directa colaboración de la CGT, su brazo derecho.  

 

 

A MANERA DE SÍNTESIS DE ESTA SEGUNDA ETAPA, PERÍODO 1943-1955:

 

A partir de 1943, luego de intensas luchas y divisiones, el sector sindical se organizó y  fortaleció. Los 9 años de gobierno peronista sellaron una sólida alianza entre los sindicatos y el Estado, constituyéndose el Estado en mediador de las relaciones entre trabajadores y empleadores. Los Sindicatos fueron reconocidos con personería gremial y paulatinamente se incorporaron a una CGT única y cada vez más poderosa. Se pasó así de un Estado ausente en el pasado, a uno que interviene activamente. De la falta de previsión, a un plan organizado. De la inestabilidad laboral y desorden, de acuerdos directos entre patrones y empleados,  a un nuevo vínculo con los trabajadores y a la ejecución de una política nacional social. Por primera vez los beneficios se extendieron a todos los sectores, incluyendo los menos privilegiados.

 

En 1945 los hombres y mujeres afiliados a los sindicatos, eran 500.000. En 1955, apenas diez años después, la cifra ascendía a 6.000.000. Esto repercutió directamente en las cajas sindicales que comenzaron a recibir el aporte del trabajador y la contribución patronal. Fue una época de constante crecimiento económico industrial junto al desarrollo sindical.

 

Se firmaron convenios colectivos para todos los gremios del país a la vez que se construyeron edificios sindicales en toda la Argentina.

 

Se establecieron en conjunto los derechos laborales y sociales que luego se incorporaron a la Constitución de 1949, en consonancia con la tendencia jurídica de los Estados más modernos del mundo. Todo este bagaje de conquistas sociales y el aumento del bienestar económico y cultural de los ciudadanos en general alejaron la conflictividad sindical durante estos años de gobierno peronistas, salvo algunas pocas “huelgas ideológicas” (de base comunista) como las ferroviarias, por fuera de la autoridad gremial.

 

En este período los Sindicatos y la CGT colaboraron y trabajaron estrechamente con el gobierno nacional y la Fundación Eva Perón en asistencia social, turismo, salud y cultura. Si bien los sindicatos contaban con los crecientes ingresos de la cuota sindical de sus afiliados, una parte de estos fondos se destinaban como ayuda a la FEP o bien para la construcción de sus propios edificios. Contrariamente a lo que se piensa, no fue durante los dos primeros gobiernos peronistas que los sindicatos construyeron su fuerte poderío económico y obtuvieron gran caudal de recursos, sino después. Volveremos sobre esto al hablar de las etapas 3 y 4 del sindicalismo.

Lo que sí adquirieron durante esta etapa fue capacitación, organización y consolidación de sus estructuras.  Pero al estar tan ligados al poder político del gobierno, lógicamente no gozaban de una verdadera autonomía sindical.

Toda la homogeneidad que caracterizó la acción de la CGT durante esos años quedó debilitada hacia 1955, sobre todo luego del bombardeo de plaza de mayo del 16 de junio de 1955. Tal vez previendo lo que se avecinaba, muchos de sus dirigentes se mantuvieron en la inactividad.      

 

Otra de las características de este período es que como consecuencia de ver cumplidas y satisfechas sus demandas de antaño los trabajadores fueron alejándose de las actividades sindicales y esto facilitó la burocratización de las organizaciones y la perpetuación de sus dirigentes.