viernes, 9 de agosto de 2019

SOBRE LA LEALTAD COMO NEGACION DE LA POLITICA


A la vista de los resultados de las Elecciones, se impone reflexionar sobre un concepto machacado por el Peronismo como una de las principales virtudes de todo peronista: la lealtad.
A primera vista, un principio tan "honorable" como la lealtad no admite cuestionamientos. Al menos, no sin exponerse al desprestigio y el escarnio del prójimo, en tanto la lealtad se considera- aunque sin dar las razones de por qué habría de ser así- como una virtud incontestable. Y es sabido que quienes ponen en cuestion los dogmas establecidos no la pasan muy bien; aún así vale la pena intentarlo.
Personalmente, la lealtad es un concepto que siempre tuvo para mí un tufillo a promiscuidad (en el sentido de abolir los necesarios límites de la individualidad), y por ello mismo me resulta indigna. Para que no me tachen inmediatamente de monstruo, paso a explicarme mejor, desglosando el significado de ciertos términos que definen el modo de las relaciones entre personas o grupos.
Para nombrar la empatía o simpatía entre dos personas o facciones, existe un término inequívoco: solidaridad. La solidaridad significa hacer propio el problema ajeno y  prestar nuestros brazos al que lo necesita y lo merece, desde la propia convicción de que esa necesidad del otro debe ser satisfecha.
Por otra parte, para nombrar la obligación que cada cual tiene para con los otros existe otro término inequívoco que es la obediencia. Obedecer significa acatar los requerimientos legítimos de otro (otra persona a la cual nos hemos obligado por algún contrato, o en forma genérica: la Ley como ejemplo máximo de contrato social). En el caso de la obediencia, no se requiere tener ninguna convicción ni opinión formada sobre la legitimidad del requerimiento que se nos hace. Hasta podemos oponernos a lo que manda la ley, pero estar sin embargo dispuestos a obedecer en función de acatar el contrato asumido. Y esto puede ser así porque la obediencia se paga mediante una retribución adecuada: el locatario de un servicio retribuye la disposición del locador a entregar dicho servicio mediante una remuneración,  del mismo modo que la Ley retribuye a quien la obedece con la libertad y la aprobación del resto de los hombres, y castiga al que la desobedece con la prisión o la multa y la reprobación de sus semejantes.
Tanto en el caso de la solidaridad, como en el caso de la obediencia, se preserva la integridad e individualidad de las personas. Y esto no es un tema menor, como se verá.
En la solidaridad, el que ayuda suele estar en una situación diferente y aún puede pensar distinto que el otro, pero se solidariza con el necesitado en la acción, convencido de que su necesidad merece atención. La solidaridad, para hacerse efectiva, y para adquirir todo su valor, requiere efectivamente que provenga de alguien “distinto”.  De un otro.
En el caso de la obediencia, la individualidad se conserva de manera aún más nítida. Las personas (el que manda y el que obedece, el que requiere y paga por un servicio y el que lo presta) se reconocen como entidades diferentes, pero sin embargo se obligan a prestar su colaboración o servicio a cambio de una retribución, y lo hacen de manera libre y no coaccionada, convencidas del mutuo beneficio de semejante trato.
Ahora bien: ¿Qué sucede con la LEALTAD? Qué significa ser leal?
En principio, la “virtud” de la lealtad se hace carne en aquel que sin empatizar ni estar necesariamente de acuerdo con lo que otro le exige– básicamente no importa si lo está- se solidariza con el otro sin recibir retribución ninguna por ello.
Al brindar su apoyo en forma desinteresada y gratuita parece que empatizara con la necesidad del otro (pues si no, ¿por qué habría de solidarizarse?) pero en realidad sólo obedece (en tanto se le exige que apoye los objetivos de quien exige lealtad, simpatice o no con ellos). Claro que en este caso, quien demanda lealtad va mucho más allá, exigiendo que el sujeto sea “leal” y obedezca “por propia convicción” y “con todo gusto”, sin recibir nada a cambio. O sea: la exigencia de lealtad obra una coacción sobre la persona que la lleva a disfrazar un acto de obediencia con la piel de la solidaridad.
Lo que se pierde en el medio es bastante importante, para ser más preciso, se pierde … la integridad de la persona, la individualidad. La persona leal se ve así fundida e incorporada a la voluntad de la persona que exige su lealtad. Esta última presiona para que la víctima “leal”- sin importar cuánta solidaridad despierten los propios objetivos- haga suyos estos objetivos so pena de tacharlo de “desleal”, buscando que la víctima introyecte sus propios objetivos de tal manera de ganar su obediencia sin ofrecer nada a cambio.
Watzlawick menciona este trastorno de relación y lo ejemplifica mediante la “paradoja: ¡sé espontáneo!”. En esta paradoja, se le ordena a alguien que sea espontáneo, orden imposible de cumplir, puesto que si la persona fuera realmente espontánea estaría obedeciendo la orden y por ello mismo, no estaría siendo espontánea. Llevado al plano de la voluntad- que es el que nos interesa- Watzlawick menciona como ejemplos: “¿Qué hace la mujer cuando su marido le exige no solo que ella se le entregue sexualmente a toda hora sino que además lo disfrute de lleno? ¿Qué se hace cuando se está en el pellejo del joven que debe hacer con gusto sus deberes de la escuela?". Lo que vemos aquí no son dos individuos sino un “par enquinético”, o sea un par de seres que actúan la voluntad de uno solo, anulando la voluntad del otro.
Desde el momento en que la lealtad supone un borramiento de las barreras entre las personas, y una represión de la propia voluntad individual, no puede ser buena, y se encuentra a mi modo de ver en la categoría de los vínculos promiscuos.
¿Por qué debería alguien de ser “leal” a otra persona, a una idea, o a cualquier otra cosa? La palabra me trajo siempre reminiscencias de la mafia, y de la forma de articulación social que ésta sabe construir. Mientras las organizaciones delictivas se basan en la “lealtad” (las personas se convierten en meros apéndices y sicarios de la voluntad de un  Jefe que goza de todas las inmunidades), las sociedades modernas intentan basarse- o deberían basarse- en la empatía, la solidaridad, y sobre todo la obediencia a la Ley (que iguala en obligaciones y derechos a todas las personas, las cuales ven garantizada así su individualidad)
En momentos en que tantos dirigentes del Peronismo debaten el camino a seguir, espero sepan reflexionar y hacer a un lado, por fin, la tan mentada lealtad, se solidaricen con las reales necesidades de los ciudadanos, y se aboquen a construir y obedecer la Ley.

LAS (COMUNES) REGLAS DEL JUEGO


Dice el dicho: “En este mundo, cada maestrito con su librito”.
Y es verdad. Pero no se crea por ello que nos referimos únicamente a la propensión que cada uno tiene de explicar las cosas usando sus propios criterios y normas. Hay algo más, y no es de poca importancia: no sólo cada cual se las apaña para explicar o justificar el mundo con las armas que Natura le dio, sino que además pretende legislar para todos sobre la base de las leyes que mejor le sientan a su clase.

Vamos a los ejemplos.

Mientras los intelectuales pretenden fundar toda dignidad (empezando por la suya propia) en el pensamiento y la fina argumentación, los brutos recurren a la brutalidad no sólo para defenderse de la burla de los primeros sino también (últimamente se ve ésto en la exhibición desembozada del orgullo de ser bruto) para recuperar una cuota de autoestima. Mientras los marxistas reivindican la debilidad del proletariado, su nobleza de espíritu y las injusticias que padece como base moral del derecho que reclaman, los halcones liberales reivindican la astucia, la agresividad y la audacia de unos pocos para legitimar su dominio sobre la mayoría.
Sería un despropósito que un marxista tratase de fundar su defensa del proletariado basándose en la mayor astucia y agresividad de éste. Tan absurdo como que un banquero defendienda su posición argumentando pobreza y debilidad.

Esto parece algo trivial y sonso, pero a mi juicio no lo es tanto. Si bien resulta natural que cada cual reclame por lo que considera que le corresponde y reivindique su posición sobre la base de las características para las que está mejor dotado, ocurre que por lo general el susodicho reclamante va un paso más allá y pretende que precisamente las características que mejor domina y en las que tiene una ventaja comparativa respecto del resto sean casualmente las que deben ser consideradas como patrón de medida para juzgar quién es mejor o peor, quién será el triunfador y quién el perdedor del juego global.

Resumiendo, cada cual pretende basar sobre las virtudes que sustentan sus propias ventajas comparativas, una escala de “valores universales”.
Ejemplo: para un intelectual, alguien que se eleva con el pensamiento por encima del mundo concreto es superior a un despreciable bruto. Para éste, en cambio, que habita el mundo de las “cosas reales” y consigue todo lo que necesita utilizando la fuerza bruta, la charlatanería del intelectual resulta claramente inferior. Para un liberal de derecha, el hombre que no gana suficiente dinero no tiene valor. Para un marxista, el hombre que funciona por fuera del engranaje social no sólo carece de valor, sino que es un despreciable predador del prójimo.

En principio, tenemos miedo de adjudicar valor a características positivas de las que carecemos: el intelectual se siente inepto para operar en el mundo de las cosas concretas, por ende descalifica ese mundo. Lo propio hace el bruto, que no entiende una palabra de lo que dice el intelectual, o es demasiado perezoso para esforzarse en comprenderlo. El rico desprecia a quienes ejercen la solidaridad social, pues es incapaz de ella. El pobre desprecia al rico, pues es incapaz de generar riqueza o de multiplicarla.

Ese miedo a reconocer en otros la potencia allí donde somos impotentes se agudiza en los tiempos que corren: hoy en día hay muchos intelectuales diciendo cosas por ahí pero muy pocos reciben alguna atención, si es que la reciben, por parte del resto; hay muchos hombres capaces de ejercer la fuerza pero las máquinas (tanto en la producción como en la guerra) permiten prescindir cada vez más de la fuerza bruta humana; hay muchos empresarios defensores del libre comercio que sin embargo se ven obligados- para no desaparecer- a cartelizarse en un escenario de creciente concentración corporativa. Hay muchos socialistas o “progresistas” defensores del bienestar social que- incapaces de dar solución a los problemas concretos y ante la perspectiva de ser dejados de lado por aquellos a quienes dicen defender- se atrincheran en las burocracias gobernantes y sostienen sus privilegios a costa de asfixiar contribuyentes.

En una sociedad donde hay demasiados “maestritos” con sus “libritos”, todos pretendiendo evangelizar y legislar el mundo según su particular perspectiva, la sensación de impotencia es generalizada, y no deberíamos sorprendernos de ello: ningún organismo puede funcionar con sólo algunos de sus órganos. Los necesita a todos por igual: los brutos, los intelectuales, los liberales, los socialistas, los compasivos y los crueles, los constructores y los destructores. 

Todos son igualmente útiles, si trabajan en el lugar correcto.
Todos estamos en el mismo barco, y todas esas visiones del mundo- nacidas de una fortaleza y de una debilidad de cada uno- son igualmente necesarias. En una sociedad se necesita quien piense, pero también quien utilice la fuerza bruta; se necesita quien ejerza la solidaridad, pero también se necesita quien arriesgue y compita para mejorar.  La pretensión de imponer cualquier visión del mundo de manera unívoca o como sistema cerrado está condenada al fracaso.

Entonces, ¿por qué no nos sentamos todos a una misma mesa, y dialogamos e integramos nuestras diferentes fortalezas, en lugar de dilapidar todas nuestras energías en pretender desacreditar las fortalezas del otro, llevados por el miedo y la impotencia?

jueves, 8 de agosto de 2019

UNA EPIFANÍA PREELECTORAL: Llevar la grieta a donde debe estar

Estamos en la víspera de la peor elección de la democracia, dicen algunos. Pero… ¿es la peor, realmente, o por el contrario vamos en camino de hacer un descubrimiento asombroso?

He aquí mi tesis: el enfrentamiento, grieta, polarización o como se llame, vale decir la partición de la sociedad argentina en dos facciones opuestas, puede resultar un tiro por la culata para aquellos que la promueven. ¿Por qué? Porque tanto machacar con la grieta, los enemigos, y los modelos antitéticos de país, podría disparar la pregunta sobre si, al fin de cuentas, no hay algo positivo en la coexistencia de estas antinomias. Podría revelársenos así, y acá está la epifanía a la que alude el título, que la famosa grieta o polarización es en realidad una fortaleza de nuestra sociedad, de la que podemos sacar provecho, y no una debilidad de la que debemos sentirnos avergonzados.

¿Me volví loco acaso?

Para comprender lo que quiero decir es imperativo meditar más allá de la mascarada de los “modelos opuestos de país”  y del show mediático de políticos que saltan de un barco hacia el otro antes de las elecciones. Seamos pues más específicos.

La polarización no nació con este gobierno, empezó mucho antes. Cristina la perfeccionó y se aprovechó de ella como herramienta política, y lo mismo hace Macri ahora. Los artífices de la polarización, y ambos candidatos son socios en esto, quieren convencer a la ciudadanía que hay sólo dos modelos irreconciliables de país en pugna, que no es posible integrar al país sin erradicar definitivamente uno de esos dos modelos. Para lograrlo, solicitan al pueblo que les otorgue un poder absoluto y prolongado.

Debemos comprender que esta pretensión, aparte de falsa, es profundamente antidemocrática, venga del lado que venga.

Los ciudadanos debemos ir más allá de este juego perverso que se nos plantea, abriendo nuestras mentes a una realidad más amplia: la que nos incluye a todos los argentinos como comunidad solidaria de trabajadores y creadores. Y entonces nos damos cuenta que lo que claramente nos beneficia a nosotros, los ciudadanos de a pie, es la alternancia de los mandatarios en el gobierno, y el ejercicio de un poder provisorio, fraccionado y limitado en el tiempo.

O sea, todo lo contrario de lo que pretenden los profetas de la polarización.

Cuando Macri derrotó al kirchnerismo, muchos progresistas K, llevados por la paranoia polarizante que en ese momento fogoneaba Cristina, pensaron que se acababa el mundo, que caíamos en las fauces del neoliberalismo salvaje, en las garras del gorilaje exasperado; no pocos clamaban que se repetía el escenario antiperonista del 55. Esto, sin embargo, no ocurrió. Nunca se vuelve al pasado, sencillamente porque no es posible. En su lugar, lo que hubo fue una gestión tibia, con algunos aciertos en la modernización del Estado, la seguridad y el combate al narcotráfico y a las mafias, y el planteamiento de algunas obras públicas de infraestructura, que la calamitosa política económica se encargó y se sigue encargando de obstaculizar. Desacreditado por una serie de desatinos económicos: bicicleta financiera, tasas por el cielo, inflación, caída de la producción y el consumo y endeudamiento, el Gobierno llega a esta elección debilitado. Y temeroso de ser derrotado, hace lo mismo que hiciera su predecesora: alienta la idea de que si ganan los peronistas el país va a “volver al pasado, al atraso, a un modelo de país inviable”. El único atenuante que puede concederse a Macri es que sólo tuvo cuatro años para mejorar la calidad de vida de la gente y fallar en el intento, mientras los peronistas lo intentaron durante veintiseis años sin mejores resultados. Visto desde ese punto de vista, el fracaso de Macri no parece mucho peor que el de sus detractores.

No se puede esperar que la clase política nos saque de este atasco. La ciudadanía debe salir por sí misma, y la manera de hacerlo es no creer en las amenazas catastróficas, ni de un lado ni del otro, y mantener firmes todas las cartas sobre la mesa.

Ni Macri fue nunca el cuco neoliberal que nos quisieron hacer creer (más bien parece un populismo de derechas) ni Cristina fue nunca verdaderamente peronista. Lo cierto, y lo positivo del caso, es que más allá de los rótulos que se le puedan colgar a cada cual, en la Argentina jamás se pudo imponer por completo y de manera definitiva ninguna ideología de corte absoluto, como ocurre por ejemplo con la dictadura venezolana, porque afortunadamente la sociedad argentina no es 100% neoliberal, ni 100% comunista; ni 100% peronista ni 100% gorila; ni 100% atea ni 100% religiosa; ni 100% patriarcal ni 100% feminazi, ni nada en fin al 100%:  es precisamente esa heterogeneidad balanceada, representada por la grieta, la que le otorga esa increíble estabilidad, y la que le ha permitido adquirir la fortaleza necesaria para resistir cualquier intento de copamiento unilateral. Cada vez que un argentino trata de totalizar para un lado, se topa con otro que quiere totalizar para el otro, y las fuerzas se equilibran. Por eso fracasó la guerrilla comunista en los años sesenta y setenta, y por lo mismo fracasaron los intentos totalitarios del Proceso.

Paradójicamente, vemos a la grieta como un problema en vez de como un recurso. Mientras nos lamentamos porque no podemos tirar por la borda a la mitad del país y tomar un UNICO camino, las lágrimas nos impiden ver que disfrutamos de una notable inmunidad contra los extremismos de cualquier signo, lo que es muy bueno; y que  estamos condenados al consenso como único camino de salida, lo que es aún mejor.  Estos beneficios, he aquí la sorpresa, se los debemos a la famosa grieta; pero por no comprender esto, la denostamos en vez de aprovecharla para apalancar nuestro futuro. Perdemos el tiempo insultándonos por las redes en vez de sentarnos en una mesa a consensuar; recelamos de los otros y nos sentimos frágiles si no podemos imponer una visión única e incondicional, sin darnos cuenta que las diferencias que tenemos constituyen precisamente el cimiento de nuestra fortaleza.
La sociedad clama a gritos por sus diferencias, es cierto, pero no reniega de ellas: éstas diferencias están tramadas en el mismo cuerpo social, hechas carne, y sería un absurdo pretender negarlas, además de imposible. La sociedad espera que los políticos integren y superen las diferencias, no que tomen partido por una facción y llamen a la sociedad a negar a la facción contraria. Lo que vemos en cambio es que los políticos reclaman que la ciudadanía les vote un gobierno monolítico mientras alientan la división en el pueblo. Esta es una actitud como mínimo irresponsable.
Es falso, y la sociedad lo sabe, que haya que elegir un único modelo y enterrar definitivamente al otro, sea el que sea. Es falso que las propuestas de Macri sean todas nefastas, o que las propuestas del peronismo sean todas nefastas. La ciudadanía, sobre todo la más joven, harta de que se la envenene con estas falsas antinomias, empieza a comprenderlo. Y demanda de sus gobernantes que dejen de repetir como loros consignas vacías de hace cincuenta años, o demonicen a sus adversarios. La ciudadanía clama a gritos que los políticos se sienten a consensuar, que reconozcan los valores positivos presentes en las propuestas de sus adversarios, y solucionen de una vez por todas los problemas concretos que tiene la población.

Lo importante para el ciudadano que va a una elección como ésta es: gane o pierda cualquiera de las dos facciones, la democracia saldrá fortalecida si obtenemos como resultado un poder distribuido y acotado.
La polarización, que es un factor de estabilidad y autodefensa en la sociedad, debe reflejarse también en el seno del gobierno si es que queremos tener un gobierno fuerte y representativo.

Debemos votar entonces para forzar la constitución de un gobierno plural, un gobierno mestizo, donde el poder se encuentre ampliamente distribuido entre los diferentes actores. Sólo así se dará cumplimiento a la demanda que suscribimos todos los argentinos, y que todavía sigue insatisfecha: la construcción de un verdadero consenso nacional.