Barrera
Corrales es un argentino modelo en muchos aspectos.
Sin
embargo, en esta ocasión queremos destacar un aspecto de su personalidad que no
deja de sorprender a quienes le conocen por primera vez: su tendencia a lidiar
con los problemas mediante el procedimiento de ponerles un cepo y asfixiarlos
hasta la muerte.
Por
desgracia, la conducta de Barrera Corrales es muy popular y ha cosechado muchos
fanáticos en el mundillo político, de ahí la importancia de esta nota para
todos nosotros, quienes no pocas veces padecemos las consecuencias del obtuso
fundamentalismo de sus seguidores.
La cosa es
así: a Barrera Corrales, como a todos nosotros, se le presentan infinidad de
problemas en su vida cotidiana. Esto es absolutamente normal, ya que los
problemas señalan dónde hemos de trabajar más para superarnos. El caso es que
Barrera Corrales no lo siente así.
Para
él, un problema es algo que desafía su autoridad, y por tanto en lugar de
tomar nota del inconveniente que ha surgido, estudiar sus causas y proceder a implementar
una solución creativa como haría cualquier persona normal, nuestro amigo
recurre inmediatamente al procedimiento de acotar el obstáculo, encapsularlo,
decretarle un bloqueo o imponerle una limitación lo suficientemente gravosa y disuasiva
como para borrarlo sin más de la faz de la tierra. O en el caso de que no
pudiera hacerlo desaparecer, al menos intentará meterlo en el cepo o dejarlo
atado de pies y manos en un rincón, cosa que ya no pueda molestar.
La más
mínima anormalidad o alteración del statu-quo
reinante que ponga en entredicho su fino sentido de la armonía y la
tranquilidad, que – hay que decirlo- para Barrera Corrales se parece bastante a
la paz de los cementerios, le dicta inmediatamente el camino a seguir y las
medidas a tomar.
Comprende, con lucidez de cascarudo, que lo primero y más
importante es parar en seco, cerrar
todo, clausurar la actividad que dio origen al problema, prohibir ampliamente
cualquier expresión del mismo, y sobre todo imponer una cantidad suficiente de
restricciones, multas y penalizaciones como para asfixiar la novedad, aplacar el
disturbio, amordazar y silenciar cualquier opinión disonante. Una vez aislado,
inmovilizado y convenientemente penalizado, el problema emergente se debilitará
al punto de convertirse en una sombra inofensiva, tras lo cual Barrera Corrales
procederá a barrer sus despojos debajo de la alfombra… ¡y aquí no ha pasado
nada!
Su
idiosincrasia, forjada durante años de paciente ejercicio y numerosos ensayos
de prueba y error, lo confirman en la creencia de que “el mejor problema es el
problema muerto - o desaparecido”.
Pero ¡cuidado!:
los obstáculos e inconvenientes suelen ser casi siempre un llamado de atención para
introducir mejoras en las condiciones de vida, por lo cual esta estrategia, si
bien puede llevar tranquilidad en el corto plazo, resulta peligrosa en el largo,
pues supone la supresión del síntoma mediante la ciega imposición de cercos,
barreras, peajes, corralitos, cuarentenas, clausuras, multas, suspensiones de
actividad, y todo un enorme arsenal de medidas restrictivas (para los demás,
claro) por las cuales Barrera Corrales siente una tierna predilección desde la
época del Virreinato.
Esta es la
principal razón por la cual la Argentina arrastra desde hace siglos los mismos
problemas: en vez de escuchar las advertencias que éstos denuncian a grito
pelado, y ponerse en consecuencia a buscar soluciones apropiadas, Barrera
Corrales siempre ha optado por meter los problemas en el cepo. No hay que olvidarse
que uno de los primeros que padeció los tormentos del cepo y de las
estaquiaduras fue Martín Fierro. Casi un símbolo de la Argentina.
¿Qué ocurre
luego? Que tras pasar una conveniente temporada de confinamiento, el problema se
encuentra en condiciones lamentables de salud, y si no ha desaparecido al menos
se ha vuelto inofensivo. Por desgracia, una vez puesto en libertad no tardará
en ganar peso y revertir su anemia para atacar nuevamente… y otra vez el ciclo
recomienza.
El recurso
de imponer peajes, barreras y obstáculos a los demás, sirve también de manera ejemplar para
emparejar una carrera que dejaría muy atrás a Barrera Corrales si hubiera de
confiar en su propia disposición y capacidad para servir al prójimo, y obtener reconocimiento social por mérito propio. Por el contrario, ante la amenaza de ser
sobrepasado por el éxito de personas que, mostrando una iniciativa de la que
nuestro amigo carece, se lanzan impúdicamente a hacer cosas útiles en el mundo,
no le queda a Barrera Corrales más remedio que recurrir- entiéndase bien,
contra su voluntad, aunque de acuerdo a su más puro instinto de conservación
vegetativa- al desagradable recurso de imponer al prójimo la mayor cantidad de
trabas y obstáculos que pueda.
Sencillamente,
Barrera Corrales no puede darse el lujo de liberar la creatividad y los
recursos de sus prójimos pues quedaría inmediatamente expuesta en carne viva
toda su ineptitud e insolvencia. Pero por sobre todo quedaría expuesto algo
mucho más vergonzante: su propia falta de libertad y su condición de esclavo,
pues sólo quien no es libre desconfía y teme la libertad del prójimo.
Utilizando
estos métodos gravosos, Barrera Corrales logra cierta miserable visibilidad y se
gana un respeto espurio.
En la Argentina
tenemos muchos seguidores de su doctrina. Se los puede ver transitando despachos
oficiales, munidos de un discreto maletín en donde pueden encontrarse las
siguientes herramientas, de las cuales se hace a continuación un prolijo
inventario:
carteles de
“Prohibido ….” para completar según
necesidad;
mordazas y
leyes mordaza;
un par de esposas
de hierro y otro par de maneas de cuero (hasta se han visto maneas rodadoras[1]
para enlentecer a quienes van demasiado rápido);
corralitos
financieros y cotos geograficos de comercio;
peajes
ruteros y administrativos varios;
permisos y
excenciones arbitrarias;
tasas e impuestos
extraordinarios;
retenciones;
tiras de
cuero de potro para estaquear[2] a los
disidentes;
yeso para
escayolar fracturas internas y para impedir el movimiento de los más inquietos;
fijador de
pelo y sobre todo de ideas;
gas
paralizante;
un práctico
cepo plegable apto todo terreno;
cuarentenas
domiciliarias y otros dispositivos de confinamiento improductivo;
pastillas
para dormir al prójimo;
cintas
cortacalles y precintos de clausura;
un
diccionario con doscientos cincuenta sinónimos de la palabra PROHIBIR, con su
traducción a cincuenta idiomas.
…
(la lista
no está completa…)