martes, 28 de abril de 2020

LA FANTASTICA CAJA DE HERRAMIENTAS DE BARRERA CORRALES


Barrera Corrales es un argentino modelo en muchos aspectos.
Sin embargo, en esta ocasión queremos destacar un aspecto de su personalidad que no deja de sorprender a quienes le conocen por primera vez: su tendencia a lidiar con los problemas mediante el procedimiento de ponerles un cepo y asfixiarlos hasta la muerte.

Por desgracia, la conducta de Barrera Corrales es muy popular y ha cosechado muchos fanáticos en el mundillo político, de ahí la importancia de esta nota para todos nosotros, quienes no pocas veces padecemos las consecuencias del obtuso fundamentalismo de sus seguidores.

La cosa es así: a Barrera Corrales, como a todos nosotros, se le presentan infinidad de problemas en su vida cotidiana. Esto es absolutamente normal, ya que los problemas señalan dónde hemos de trabajar más para superarnos. El caso es que Barrera Corrales no lo siente así.  

Para él, un problema es algo que desafía su autoridad, y por tanto en lugar de tomar nota del inconveniente que ha surgido, estudiar sus causas y proceder a implementar una solución creativa como haría cualquier persona normal, nuestro amigo recurre inmediatamente al procedimiento de acotar el obstáculo, encapsularlo, decretarle un bloqueo o imponerle una limitación lo suficientemente gravosa y disuasiva como para borrarlo sin más de la faz de la tierra. O en el caso de que no pudiera hacerlo desaparecer, al menos intentará meterlo en el cepo o dejarlo atado de pies y manos en un rincón, cosa que ya no pueda molestar.

La más mínima anormalidad o alteración del statu-quo reinante que ponga en entredicho su fino sentido de la armonía y la tranquilidad, que – hay que decirlo- para Barrera Corrales se parece bastante a la paz de los cementerios, le dicta inmediatamente el camino a seguir y las medidas a tomar.

Comprende, con lucidez de cascarudo, que lo primero y más importante es parar en seco, cerrar todo, clausurar la actividad que dio origen al problema, prohibir ampliamente cualquier expresión del mismo, y sobre todo imponer una cantidad suficiente de restricciones, multas y penalizaciones como para asfixiar la novedad, aplacar el disturbio, amordazar y silenciar cualquier opinión disonante. Una vez aislado, inmovilizado y convenientemente penalizado, el problema emergente se debilitará al punto de convertirse en una sombra inofensiva, tras lo cual Barrera Corrales procederá a barrer sus despojos debajo de la alfombra… ¡y aquí no ha pasado nada!

Su idiosincrasia, forjada durante años de paciente ejercicio y numerosos ensayos de prueba y error, lo confirman en la creencia de que “el mejor problema es el problema muerto - o desaparecido”.

Pero ¡cuidado!: los obstáculos e inconvenientes suelen ser casi siempre un llamado de atención para introducir mejoras en las condiciones de vida, por lo cual esta estrategia, si bien puede llevar tranquilidad en el corto plazo, resulta peligrosa en el largo, pues supone la supresión del síntoma mediante la ciega imposición de cercos, barreras, peajes, corralitos, cuarentenas, clausuras, multas, suspensiones de actividad, y todo un enorme arsenal de medidas restrictivas (para los demás, claro) por las cuales Barrera Corrales siente una tierna predilección desde la época del Virreinato.

Esta es la principal razón por la cual la Argentina arrastra desde hace siglos los mismos problemas: en vez de escuchar las advertencias que éstos denuncian a grito pelado, y ponerse en consecuencia a buscar soluciones apropiadas, Barrera Corrales siempre ha optado por meter los problemas en el cepo. No hay que olvidarse que uno de los primeros que padeció los tormentos del cepo y de las estaquiaduras fue Martín Fierro. Casi un símbolo de la Argentina.
¿Qué ocurre luego? Que tras pasar una conveniente temporada de confinamiento, el problema se encuentra en condiciones lamentables de salud, y si no ha desaparecido al menos se ha vuelto inofensivo. Por desgracia, una vez puesto en libertad no tardará en ganar peso y revertir su anemia para atacar nuevamente… y otra vez el ciclo recomienza.

El recurso de imponer peajes, barreras y obstáculos a los demás,  sirve también de manera ejemplar para emparejar una carrera que dejaría muy atrás a Barrera Corrales si hubiera de confiar en su propia disposición y capacidad para servir al prójimo, y obtener  reconocimiento social por mérito propio.  Por el contrario, ante la amenaza de ser sobrepasado por el éxito de personas que, mostrando una iniciativa de la que nuestro amigo carece, se lanzan impúdicamente a hacer cosas útiles en el mundo, no le queda a Barrera Corrales más remedio que recurrir- entiéndase bien, contra su voluntad, aunque de acuerdo a su más puro instinto de conservación vegetativa- al desagradable recurso de imponer al prójimo la mayor cantidad de trabas y obstáculos que pueda.

Sencillamente, Barrera Corrales no puede darse el lujo de liberar la creatividad y los recursos de sus prójimos pues quedaría inmediatamente expuesta en carne viva toda su ineptitud e insolvencia. Pero por sobre todo quedaría expuesto algo mucho más vergonzante: su propia falta de libertad y su condición de esclavo, pues sólo quien no es libre desconfía y teme la libertad del prójimo.

Utilizando estos métodos gravosos, Barrera Corrales logra cierta miserable visibilidad y se gana un respeto espurio.

En la Argentina tenemos muchos seguidores de su doctrina. Se los puede ver transitando despachos oficiales, munidos de un discreto maletín en donde pueden encontrarse las siguientes herramientas, de las cuales se hace a continuación un prolijo inventario:

carteles de “Prohibido ….”  para completar según necesidad;
mordazas y leyes mordaza;
un par de esposas de hierro y otro par de maneas de cuero (hasta se han visto maneas rodadoras[1] para enlentecer a quienes van demasiado rápido);
corralitos financieros y cotos geograficos de comercio;
peajes ruteros y administrativos varios;
permisos y excenciones arbitrarias;
tasas e impuestos extraordinarios;
retenciones;
tiras de cuero de potro para estaquear[2] a los disidentes;
yeso para escayolar fracturas internas y para impedir el movimiento de los más inquietos;
fijador de pelo y sobre todo de ideas;
gas paralizante;
un práctico cepo plegable apto todo terreno;
cuarentenas domiciliarias y otros dispositivos de confinamiento improductivo;
pastillas para dormir al prójimo;
cintas cortacalles y precintos de clausura;
un diccionario con doscientos cincuenta sinónimos de la palabra PROHIBIR, con su traducción a cincuenta idiomas.
(la lista no está completa…)


[1] Tipo de manea (lazo) que a manera de esposas une patas delanteras y traseras impidiendo que el animal emprenda una carrera veloz.
[2] Estaquear: práctica mediante la cual se inmoviliza a una persona al suelo usando tientos de cuero sujetos a estacas.

martes, 21 de abril de 2020

LOS QUE SABEN LO QUE QUIEREN, ¿SABEN LO QUE HAY QUE SABER?



Estamos en manos de expertos, pero... ¿es eso bueno para ESTE momento? Alarmado, veo cómo algunos de estos expertos médicos especialistas recomiendan la prolongación infinita de una cuarentena que empieza a debilitar al cuerpo social (1), y asisto azorado a la pasividad de todos los que aceptan la amputación de toda su iniciativa vital en la confianza de que el Gobierno "sabe lo que hace".

Siempre se nos ha dicho que aquellos que saben lo que quieren son la crema de la humanidad. Hasta se da por descontado que un hombre que sabe lo que quiere es más viril que los demás: los elegidos, los visionarios, los candidatos a los sitios de liderazgo, son- según los perfiles elaborados por los gurúes de empresa- hombres que claramente saben lo que quieren, que tienen objetivos definidos, y que trabajan en pos de dichos objetivos sin distraerse.

No creo mucho en esto. No es fácil determinar si lo que uno dice querer es lo que al final quería de veras. Por ejemplo, el señor K decía querer un auto nuevo, se compró el auto nuevo luego de esforzarse mucho y ahora se da cuenta que en realidad no era eso lo que en realidad quería. Salvo que vaya al psicoanalista, tal vez nunca se entere de que en realidad quería reforzar su virilidad y su autoestima. Su deseo de auto sólo fue un fetiche, una ilusión, que lo llevó a desperdiciar recursos.

Llevemos el ejemplo a un nivel social. Si un gobernante de un país dirigista necesita por ejemplo aumentar la exportación de trigo de su país, entonces tomará medidas como comprar semillas, dedicar más terrenos fiscales a la siembra de trigo, construir silos y barcos mercantes, etc. Vale decir, va directo a su objetivo, porque supuestamente sabe lo que quiere, que en este caso es lo que su país necesita. Si no estuviéramos en un país dirigista, pero la situación de emergencia requiriese de medidas dirigistas- por ejemplo una peste como la que estamos viviendo- la situación sería similar. 

No voy a perder tiempo mostrando lo inadecuado de esta solución, porque la historia de las intervenciones dirigistas en la economía es suficiente evidencia de cómo este tipo de “planificación racional” fracasan estrepitosamente. Y antes que se me arrojen encima acusándome de neoliberal, conste que reconozco y aprecio la función esencial que debe cumplir todo gobierno proponiendo "marcos generales de acción" para sus ciudadanos. No es eso lo que cuestionaré, sino la intervención abiertamente intrusiva y casi neofascista que estamos observando estos días. Y no la cuestionaré desde el berrinche de quien ve limitada su libertad y quiere escapar de la cuarentena-- de hecho la cumplo a rajatabla-, sino mostrando cómo se trata de una estrategia peligrosa para todos.

Recordemos que no es lo mismo tener un propósito que conseguirlo. Tener firmeza en la consecución de un propósito es encomiable. Ser excesivamente directo y asertivo, y sobre todo inflexible en extremo a la hora de conseguirlo, no suele ser una buena idea, sobre todo si el entorno es complejo.

Estos días me sobra el tiempo y observo a las palomas del parque. Tienen un propósito claro (encontrar comida) pero su azaroso derivar por los senderos, picoteando aquí y allá, es desconcertante. Parecen vagar sin un objetivo claro. ¿Cómo saben si la comida estará en una u otra dirección? La respuesta es: no lo saben. Caminan de un lado al otro sin un propósito determinado, y esa resulta ser al final la estrategia más apropiada para conseguir comida.

Es más eficaz el picoteo “sin ton ni son” que el detenerse a analizar el medio ambiente para proponer una "estrategia coherente". ¿Por qué? Porque ese medio ambiente es caótico, azaroso, inescrutable. Enfrentada a un escenario de estas características, la estrategia de la paloma es moverse de manera igualmente azarosa; si se detuviera a analizar y sopesar sus posibilidades de encontrar comida aquí o allá, moriría de inanición. Sus posibilidades de acertar son casi nulas.

La misma estrategia adoptan los peces, las libélulas y otros insectos, e incluso los vendedores ambulantes y todos los que se desenvuelven en ambientes complejos y cambiantes como las sociedades, y como cualquier entorno donde nos toque enfrentar fenómenos meteorológicos o amenazas provenientes de otros organismos vivos (predadores, pestes) donde operan ubicuos mecanismos de retroalimentación biológica.

Esta retroalimentación permanente debe ser tenida en cuenta a la hora de planificar una estrategia, que como vemos debe incluir un grado importante de variabilidad y sobre todo de libertad. No parece buena idea plantear un solo plan de acción, y persistir obstinadamente en él, mucho menos recortando la libertad de acción de los individuos.

Basta comprobar un hecho singular: la sociedad funciona gracias a que no se cumplen las normas. ¿Cómo es eso? Pues sí: la sociedad funciona gracias al "ruido" que se hace oír por sobre la letra de los legisladores, ruido que acaba siendo el verdadero motor de todo el mecanismo. Sin el "ruido", el mecanismo se atascaría, paralizado por  una serie de normativas y de lógicas sin vida, basadas en números muy racionales pero poco flexibles.

Lo saben muy bien aquellos que proponen la Huelga del Trabajo a Reglamento, dando por sentado que nada puede funcionar bien si uno se atiene a cumplir estrictamente el Reglamento, diseñado seguramente por gente que nunca ocupó esos puestos de trabajo.

Cualquier medida producto de un plan racionalmente dirigido, constituye una peligrosa vulnerabilidad para la vida, sobre todo cuando esos planes son orquestados por “especialistas” en un área determinada, habitualmente ciegos a todo lo que no cae dentro del estrecho campo de su disciplina.


¿Qué quiero decir con todo esto? Que saber lo que se quiere está muy bien, pero no alcanza: también hay que saber cómo se lo puede conseguir. Poner todas las fichas a un panel de expertos con una visión unilateral y fundamentalista que proponen seguir un plan rígido e inexorable, no parece ser la mejor manera de lidiar con un escenario complejo como el de esta pandemia.

Es necesario hacer lugar a la sabiduría del cuerpo social, de los que “saben sin saber”, y aplican todos los días su sabiduría instintiva a la resolución de los problemas cotidianos. Es necesario permitir que funcione el “reglamento no escrito” que lubrica el funcionamiento social. Y para eso es necesario liberar brazos, manos y mentes, en vez de encerrarlas entre cuatro paredes, maniatarlas, y amordazarlas en una cuarentena sin fin.


(1)https://www.lanacion.com.ar/sociedad/coronavirus-lo-mejor-podemos-hacer-es-extender-nid2356435

sábado, 11 de abril de 2020

LOS ÚNICOS PRIVILEGIADOS SON… LOS EMPLEADOS PÚBLICOS


Una injusticia social cada vez más visible 
Por Elena Duker  eleduker@gmail.com

Si hay algo para lo que sirven las crisis dentro del contexto de un país es para visibilizar situaciones anómalas que en tiempos de vida normal pasan desapercibidas, pero que cuando emergen producto del descalabro económico que provocan obliga a quienes tienen la responsabilidad de gobernar a mirarlas,  analizarlas y repararlas. Y a los ciudadanos nos da la oportunidad de pensar la cuestión sin hipocresías ni egoísmos ni ideologismos, poniéndola en el tapete de la discusión política y exigiendo un cambio.
La idea de “injusticia social” de la que voy a hablar me la inspiró la lectura de un artículo publicado en este mismo sitio por el Dr. Francisco Dichiara referido a la injusticia social entre quienes hacen facturas y pagan impuestos y quienes no:


El término “injusticia social” es apropiado para clarificar una realidad que no es tenida en cuenta por los políticos – ni partido gobernante ni oposición- y que es la desigualdad social (y su hija, la injusticia social) que  existe en nuestro país entre quienes son empleados públicos y los trabajadores (en relación de dependencia  y autónomos) que no lo son

Por empleados públicos me refiero a todos aquellos que cobran un sueldo del Estado sin diferencias de rangos (desde ministros, legisladores, asesores de legisladores, funcionarios de organismos y empresas públicas, directores de bancos oficiales,  docentes y  simples  empleados). Son sueldos pagados por todos los argentinos en tanto que son sueldos públicos.

Cuando el 20/3/2020 el presidente decretó que todos los argentinos- salvo los trabajadores de las actividades esenciales de salud, alimentos y seguridad- debían cumplir un aislamiento social obligatorio quedándose en sus casas hasta el 31 de marzo, lo que implicaba para muchos trabajadores del sector privado no ir a trabajar a su oficina, no abrir su negocio o consultorio, no ir a prestar un servicio, hubo un fuerte apoyo popular a la medida sanitaria, pero también surgieron muchas preocupaciones: las de las personas que viven  del sueldo que les paga su empleador- empresa pyme o mediana-grande- porque saben que si no hay actividad su empleador no facturará, y por lo tanto se le cortará el flujo de ingresos y no tendrá dinero para pagar sus sueldos y, peor aún, pueden quedar despedidos. La misma preocupación tiene el monotributista y autónomo que tiene un comercio, o presta un servicio, o es un profesional independiente y durante el tiempo que dure la obligación del aislamiento tampoco podrá facturar ni tener ingreso de dinero alguno.

Hay incertidumbre y angustia en estas personas. Porque, obviamente, lo primero es la salud, pero para tener salud también hay que poder pagar la vivienda y la comida, y eso se hace sólo con dinero, no con cháchara.  Por eso es falso decir que “si el dilema es la economía o la vida, yo elijo la vida”, como dijo nuestro presidente (23-03-2020).

Quienes están acostumbrados a obtener su dinero trabajando en el sector privado hoy están literalmente desesperados. Y sabemos que el impacto emocional de la angustia, el miedo y la preocupación afecta directamente a la salud, algo que no está siendo tenido en cuenta por la política. El panorama se agravó desde el momento en que el presidente prolongó la cuarentena obligatoria hasta el 26 de abril de 2020 (y tal vez se siga prolongando, lo cual agravaría la situación).             

Ahora bien, el contexto emocional y económico arriba descripto es completamente diferente para quienes son empleados públicos.  Ellos pueden hacer la cuarentena en sus casas, tranquilos, sin la  desesperación de necesitar ir a trabajar cuanto antes para obtener ingresos, porque tienen la seguridad de que a fin de mes cobran el sueldo completo. 

Y esto constituye una verdadera injusticia social.  Porque visibiliza a una clase social privilegiada y protegida por el Estado (empleados públicos) frente a otra  totalmente desamparada (trabajadores dependientes o monotributistas- autónomos- del sector privado).

Lo paradójico de la cuestión es que los recursos para mantener al Estado los aporta el sector privado de la economía, por lo que  mantener esta situación de desigualdad social es no sólo inhumana para las personas afectadas sino suicida para la propia economía;  es como matar a la gallina que pone los huevos de oro.

No se trata, en absoluto, de estigmatizar al empleado público, pues ellos no tienen la responsabilidad de gobernar y atender los servicios comunes,  se trata de que el Estado reordene solidariamente los gastos y recursos para que en esta situación de angustia y caos económico que estamos viviendo “se incluya” bajo la protección del Estado  a “todos” los argentinos y no solo a una parte.

Porque hay sueldos muy altos en el Estado y son muchísimos más multiplicados por la cantidad de organismos que existen. Se tiene poca idea de la magnitud del Estado: desde poder Legislativo (diputados, senadores y sus respectivos asesores);  poder Judicial, Ministerios y sus dependencias; Organismos: Anses, IGJ, Archivo General de la Nación, Auditoria General de la Nación,  AFIP, Aduana, Sigen, Indec, Inadi y otros organismos de derechos humanos; Inpi, Inta, Inti, Administración General de Puertos, Vialidad Nacional; BANCOS oficiales, CNV, Casa de moneda. EMPRESAS: Aerolíneas Argentinas, Intercargo, YPF, Aysa, Correo Argentino, Ferrocarriles Argentinos, etc, etc, además de toda el área de Cultura, Museos, Teatros, Sanidad, Seguridad y Servicio diplomático. 

El gobierno tomó algunas medidas “parche” para aliviar el impacto económico como otorgar una suma fija de $10.000 a personas desempleadas y trabajadores monotributistas independientes de las categorías inferiores A y B. También ayudará a pagar una parte de los sueldos en los casos de pymes de hasta 100 empleados  (ojo que sólo pagará hasta $16.875 por cada trabajador, el resto del sueldo lo tiene que pagar la pyme ) y planea reducir las contribuciones patronales.

Todo esto está muy bien pero… ¿y el resto de los ciudadanos?  Un monotributista categoría C o superior que tiene una peluquería o un bar, o es electricista de obra, o es profesional independiente,   ¿qué hace?, ¿de qué vive? De sus ahorros, contestan algunos. Pero ¿ es justo que estas personas a las que el Estado desampara se consuman sus ahorros - si es que los tienen- mientras que quienes son empleados del Estado con sueldos muy altos lo siguen cobrando igual?

Por otro lado el gobierno adopta medidas como pedirle a los bancos que otorguen créditos a baja tasa de interés (no tan baja, 24% anual) a las pymes y empresas más grandes para que puedan contar con dinero para pagar sus obligaciones, entonces uno se pregunta: ¿es justo que ante una situación de inactividad productiva como la que vive una pyme tenga que endeudarse para sobrevivir mientras que el Estado no recorta uno solo de sus gastos?   (además los bancos no están respondiendo favorablemente, pues no quieren prestar sin analizar los riesgos, y naturalmente no prestarán a empresas fragilizadas).     

Como consecuencia de que se empezaron a alzar muchas voces (cacerolazos mediante) exigiendo “un gesto de la clase política”, hubo “algunas propuestas” de quitas de dietas a legisladores, que quedaron en eso, en propuestas. Todos (gobierno y oposición) son renuentes a disminuir sus sueldos aunque no estén trabajando, pues el Congreso nacional no está sesionando.

Pero, además, sabemos que si se quiere hacer un recorte del gasto público como gesto solidario a una sociedad que está haciendo sacrificios económicos para sobrevivir, las quitas de dietas  en el cuerpo legislativo  representan apenas una ínfima parte. Lo que tendría que hacer el gobierno es recortar todos los sueldos altos de toda la administración pública, que es gigante, y distribuir parte de ese ahorro como ayuda económica a la sociedad que está excluida  de toda ayuda hasta el momento.   Por supuesto que esto tendría que ser extensivo a gobernadores e intendentes en sus respectivas jurisdicciones. 

Un ejemplo para que se entienda la magnitud de esta injusticia social: un monotributista Categoría E tiene ingresos mensuales de hasta $69.000 (según tabla de Afip). Este trabajador no factura durante el período de cuarentena por no poder realizar su actividad, por lo tanto tiene “0” (cero) ingreso de dinero.  Un empleado de categoría media de Aerolíneas Argentinas con un poco de antigüedad, tiene ese sueldo cómodamente, y lo cobra durante el período de aislamiento aunque no esté trabajando. ¿Es o no una injusticia social que unos cobren cero y otros cobren como en una situación de vida normal? ¿No amerita tomar algún curso de acción? ¿Dónde está la tan nombrada solidaridad? 
 
El presidente prometió gobernar para TODOS los argentinos. Aguardamos y confiamos que lo haga. No espere a que nos llegue el agua al cuello

miércoles, 8 de abril de 2020

CUANDO EL AISLAMIENTO SE VUELVE PELIGROSO


Fernández tuvo reflejos rápidos, y lo aplaudo por ello. Cerró rápidamente las fronteras, y declaró una cuarentena temprana para frenar la diseminación de los casos importados que mayormente venían de Europa.

Creo que esa estrategia está dando sus frutos. Por un lado, se ve un retardo de la velocidad de diseminación, y se ganó un tiempo imprescindible para dotar a los servicios de salud de los recursos necesarios para afrontar lo que se viene.  

Porque lo que se viene, no se va a poder evitar.

Acá es donde se dividen las aguas entre los que quieren prolongar la cuarentena y los que no. ¿Por qué?

Para entender lo que pretendo decir, es necesario aclarar que la evolución de una enfermedad cualquiera y la subsecuente mortalidad dependen no sólo del agente patógeno (en este caso el coronavirus), sino que son un resultado además del estado inmunológico del huésped (el paciente), y de la calidad de la atención sanitaria que pueda recibir.

El estado inmunológico del huésped- cualquier médico lo sabe- depende muchísimo de las condiciones de alimentación, del estado físico general, y sobre todo del estado de ánimo.

Una persona que no trabaja, que no se puede mover, que no genera ingresos y por lo tanto vive en una situación de estrés y angustia permanente, que se ve bombardeada por medios de comunicación que pregonan la “crónica de una muerte anunciada” que sin embargo no termina de llegar, tiene serio riesgo de comprometer su sistema inmunitario en el corto plazo.

Y los argentinos hace ya un mes que vivimos en esta situación.

Pronostican que el pico esperado para nuestro país será en Mayo-Junio. Quienes creen que hay que prolongar la cuarentena hasta que llegue el pico, ignoran los efectos devastadores sobre la salud que acabo de mencionar, vale decir, aquellos que afectan a la integridad del huésped. Suponen que nuestras defensas serán las mismas en Mayo-Junio, después de dos meses y medio de cuarentena. Y no es así: si la cuarentena se prolonga, el estado de la población va a ser mucho peor que ahora.

Sin mencionar que- por el efecto mismo de una cuarentena prolongada- es posible que la curva siga plana y el mentado pico, que tarde o temprano llegará igual, se siga corriendo hacia delante, hacia Julio-Agosto, sumando mayor deterioro físico y mental al cuerpo social y por tanto una mayor vulnerabilidad a la enfermedad.

¿Qué se puede hacer entonces? He aquí mi idea, que como tantas se ofrece a discusión, pero creo que merece que se la considere.

Yo creo que el parate dispuesto por el Gobierno fue una medida magistral, permitió frenar lo que de otra manera hubiese sido un descontrol con un desbordamiento del sistema sanitario. Los Gobernantes han GANADO un mes para poner a punto su sistema de salud, se han preparado y lo seguirán haciendo. La cuarentena nos hizo tomar conciencia a todos los argentinos de la importancia y gravedad del problema, y de la necesidad de darle batalla y vencerlo. Todo eso es muy bueno.

Para lograrlo, el siguiente paso es fortalecer al huésped, para que cuando llegue el pico de Mayo no encuentre a la gente debilitada, deprimida, angustiada, con un sistema inmune fragilizado, socialmente y afectivamente aislada. Porque sobre un huésped así, el coronavirus va a hacer estragos.

¿Y cómo se fortalece al huésped? Permitiéndole alimentarse, hacer ejercicio, trabajar, y cuidar de su salud. Y sobre todo, haciendo que se sienta potente y gane confianza en sí mismo y en sus capacidades.  Eso no se logra, naturalmente, encerrando a la gente en soledad, impidiéndole trabajar, dándole un plato de comida o una dádiva para sobrevivir, y generándole pánico a través de los “pregoneros del apocalipsis”.

Si queremos que cuando llegue el pico nos encuentre bien en forma y de ese modo se produzca la menor mortalidad posible, la cuarentena debe abrirse para todos los menores de 60 años que trabajan, y debe habilitarse a los consultorios de salud que retomen sus actividades habituales: la falta de atención de problemas de salud habituales, crónicos, o menores incluso, puede llevar en el mediano plazo a un aumento de la morbilidad (y esto no por el coronavirus, sino por otras causas)

Pero - y acá está la clave- en esta apertura, debe respetarse a rajatabla el distanciamiento social. En los transportes públicos debe ser obligatorio el uso de barbijo, lo mismo que en el interior de negocios, y supermercados. Quienes despachan alimentos deben usar barbijo y guantes, lo mismo cajeros y todo personal que esté en la atención al público. En las colas y en las oficinas, respetar los 2 metros de distancia. Las cafeterías deben bloquear mesas intermedias. En las entradas del transporte publico y locales debe haber control de temperatura y no permitir el ingreso de gente con fiebre. Y quienes tengan síntomas gripales deben autoaislarse por 15 días. Y mucha limpieza y antiséptico por todos lados.

Una guerra no se gana encerrándose en la cueva. Debemos conquistar el poder que deriva del hecho de estar activos, de trabajar y generar recursos, de alimentarnos bien, de hacer ejercicio y de cuidar nuestra salud general. Viéndonos las caras, actuando de manera solidaria, ganaremos la confianza y fortaleceremos la salud física y mental que vamos a necesitar en Mayo-Junio, cuando el pico de contagios nos alcance.