Todavía no han logrado
los poderosos inculcar en la población
el orgullo de ser pobre- aunque la Iglesia lo intenta a menudo-, pero a juzgar
por cómo se enorgullece el pueblo de su brutal condición, falta poco para que
lo consigan.
anónimo,
Siglo IX
Aunque no
hablaré aquí de partidos, ni de candidatos ni de ideologías, este es un artículo político, pues tiene que
ver con la cultura, en su sentido más radical de civilización. Y viene a cuento
porque en estos días sobrevuelan el pantano argentino viejos miasmas culturales
que es necesario aventar cuanto antes, si es que no queremos sucumbir a su
nefasta influencia.
Me referiré
en este caso a lo que he dado en llamar “el orgullo de las bestias”.
Paso a
explicarme.
Si a una
persona se le pregunta qué cosas considera que constituyen fuentes de placer en
esta vida, se puede recibir una de dos contestaciones opuestas. Un primer grupo
dirá sin dubitar que el placer se consigue con la satisfacción de los impulsos
instintivos (comer hasta hartarse, fornicar lo más posible, divertirse a costa
de los demás, enriquecerse por cualquier medio, etc). El segundo grupo, por el
contrario, dirá que el placer más excelso se alcanza cuando, a costa de un esfuerzo del que cabe enorgullecerse,
estos impulsos instintivos son domesticados, y sublimados en el trabajo, o en
alguna acción constructiva o creativa que resulta útil a la sociedad.
Si se les
pregunta luego a estas mismas personas qué creen que es la libertad, ambos
grupos contestarán también en forma diferente.
El primer
grupo dirá que libertad es poder hacer lo que uno quiere, cuando y como uno
quiere, sin represiones ni limitaciones de ningún tipo. Este grupo percibe la
libertad como un permiso que Otro (un
poderoso por lo general) le otorga,
“soltándole la correa” por así decir, para que pueda hacer de las suyas.
El segundo
grupo en cambio protestará que la verdadera libertad se gana con el autocontrol (o sea el control ejercido
por uno mismo sobre su propia persona) y con el cultivo del respeto hacia los
demás. La libertad en este caso se
conquista como un derecho a fuerza de autodisciplina y de obligaciones para con
el prójimo.
Este
preludio me sirve para plantear mi tesis[1]: el
hombre que encuentra placer en la lucha contra sus instintos, sus límites y sus
dificultades, elevándose así sobre la animalidad a fuerza de permanente
inconformismo, es muy diferente de aquel otro que sólo encuentra placer dando
rienda suelta a sus instintos y apetitos más básicos, y se abandona a la pereza
y a la autoindulgencia. En ambos casos, los dos buscan el placer, los dos
consideran que su camino para encontrarlo es válido, y curiosamente, los dos están muy orgullosos de obtener el placer de la
forma que lo obtienen.
Pero
mientras uno avanza por la vía civilizatoria, el otro retrocede a la era del
hombre-mono.
No hablamos
aquí de otra cosa que de la lucha básica de la civilización: cómo hallar el
placer en la sublimación de los instintos, en vez de hallarlo en su consumación.
Para facilitar el pasaje del animal al humano se creó un instrumento
fundamental: la educación, y otro
instrumento adyuvante no menos importante: la vergüenza. Mediante la educación,
el mono se entrena para hallar placer en cosas que antes miraba con
indiferencia y hasta repugnancia. Mediante la vergüenza, se consigue apuntalar
el esfuerzo y la disciplina que requiere semejante entrenamiento.
¿Y por qué es
tan importante la vergüenza?
Pues porque
hay algo peor que abandonarse a la ley del menor esfuerzo y a la animalidad, y
es ufanarse, jactarse de dicha
brutalidad e ignorancia, cuando es evidente que la persona civilizada debería
avergonzarse de ello.
Aclaro que
no me refiero a la vergüenza pecaminosa inculcada por la Iglesia, ni a la
vergüenza del pacaterismo sexual, ni a la vergüenza represiva ni autoritaria que
lleva a ocultarse o negarse a sí mismo, sino a una vergüenza entendida como un
pudor laico, una mirada atenta y vigilante, que a modo de coacher nos previene con
dulzura cuando nos ve derrapar por los sinuosos y resbaladizos caminos de las
satisfacciones instintivas, de la solución fácil, del camino corto.
En la
Argentina, podemos ubicar con cierta precisión el momento en el cual se produjo
un cisma cultural sobre este asunto. La década en cuestión fue la de los 90.
Que Tinelli
apostó siempre a los bajos instintos no es novedad. Dejemos de lado las mujeres
ligeras de ropa, no voy a detenerme en críticas pacatas. Mucho peor que eso fue
en mi opinión la típica “bromita de Tinelli”, propiamente la escenificación del
abuso, en la cual medio país se divertía
con la desgracia de una víctima incauta. Este sketch fue el plato fuerte de una
década en que la TV fabricó burlones y desaprensivos a escala masiva. El cheque
ofrecido al final de la broma era un claro símbolo del mensaje: todo se puede
comprar con dinero, incluso la paz, la privacidad y la dignidad de las
personas. No pocas veces, la propia pareja de la víctima era quien lo vendía
sin dudar, lo cual hacía más jugosa la burla.
Pero Tinelli
no estaba solo: allí estaba Sofovich también. Siempre con cara de sobrador, rodeado de laderos a los
cuales trataba con desaire, sin mencionar el desprecio a la audiencia que
significa tener en vilo durante una hora a medio país para ver cómo se corta
una manzana en dos partes iguales. Años de Polémica en el Bar sirvieron para
perfeccionar el arte de hablar sin decir nada, y de matar el tiempo y las
neuronas escuchando sandeces (los actuales programas de panelistas son sus
herederos).
Sentado a la mesa estaba Minguito Tinguitella, una versión
tristemente distorsionada del inmigrante, en cuya boca se plantó un latiguillo
nefasto: ¡S’egual! Como en Cambalache, Minguito mezcla todo porque “todo
es lo mismo”: hacer la más mínima distinción es una afrenta a su pereza mental,
erigida en suprema virtud. Tanto Minguito como Sofovich y Tinelli se muestran
muy orgullosos de su papel como maestros de ceremonia de esta fiesta donde se
derrocha autocomplacencia y brutalidad. La audiencia ríe y celebra a los
tontos, a los perezosos, a los corruptos, a los libidinosos…
--¿Y qué?, me dirán ustedes. --¿Está mal
divertirse y reírse de los propios defectos?
¡Todo lo contrario! Ocurre en todas las sociedades y
está en la naturaleza del hombre el burlarse de la bestia que lleva en su
interior. Claramente, además, esa es una función importantísima del humor:
¡actuar como válvula de escape para soportar la carga civilizatoria! Por un
momento la persona se mira en el espejo del televisor y reconoce a la bestia,
se ríe de ella y de ese modo la conjura. Pero si se divierte un rato con sus desatinos es precisamente porque
entiende que no puede ya gozar con lo que goza el mono en la pantalla: sólo
tiene permitido divertirse o compadecerse de sus monerías.
Así es como
la gente se divierte viendo los errores del bruto, o lo compadece… pero a nadie
le gustaría en serio convertirse en un bruto. Uno se ríe del grosero y del
desaprensivo, porque dice o hace sin pudor alguno lo que todos quisiéramos
hacer o decir en un momento de furia… pero nadie quisiera realmente ser grosero
con el prójimo. Uno se ríe del baboso, porque reconoce en su interior impulsos
animales que pujan por tomar el control… pero nadie se enorgullecería de ir por
el mundo convertido en un baboso serial.
¿O sí?
Mi teoría
es que en algún momento, en aquella Argentina de los 90, la gente empezó a
dejar de reirse de las bestias, y pasó a reírse
con las bestias, asumiéndose orgullosamente como una bestia más.
¿Cómo es
posible pasar de la observación crítica a la identificación indiscriminada?
Una
explicación posible- pero no suficiente para mí- está en el espíritu de rebaño
que tenemos los argentinos, que convertimos a cualquiera que se nos pone
enfrente en un ejemplo a seguir. Claro que en este caso, que el mono sea
gracioso es una cosa, pero que de pronto se convierta en un modelo a imitar es
otra.¡El
argentino empezó a mirar al mono con envidia! Y como siempre ocurre en
estos casos, se lanzó a imitarlo.
La gente dejó de burlarse y empezó a
idolatrar a estos personajes bestiales. Ese bruto que lejos de avergonzarse de su brutalidad se pavonea
en cámara, mostrando muy orondo y con toda desfachatez su ignorancia, sus
picardías, sus avivadas y hasta algún que otro comportamiento delictivo como
por ejemplo, pilotear una Ferrari a 300 Km/h por la ruta, y que hablando como un
troglodita y pisoteando los derechos de los demás consigue amasar una fortuna…
pues no parece ser tan tonto al final, ¿verdad? Después de todo, ha llegado a
conductor de TV, o incluso a presidente. ¿No será en el fondo un vivo, un
adelantado a su tiempo que marca cuál es el camino para el ascenso social? La
gente tomó masivamente el atajo que se le ofrecía.
Por
ejemplo, que la cumbia villera fuera un fenómeno marginal, curioso, exótico,
culturalmente representativo de un sector social, etc, vaya y pase. Pero que de
pronto se convirtiera en la música que escuchaban las clases acomodadas en sus
autos de lujo, era otra. Luego fue la ropa: nuestros compatriotas de las
ciudades empezaron a usar equipos de gimnasia y gorritas, y a tatuarse igual
que sus nuevos héroes los presos y los narcotraficantes, exaltados en series
como “El Patrón del Mal” o la más vernácula “El Marginal”, que tuvieron récord
de audiencia. Terminaron adoptando el lenguaje y la gesticulación de los monos
supuestamente exitosos, aún si para hacerlo tenían que sacrificar la riqueza de
su vocabulario, reduciéndolo a una decena de palabras soeces y serruchando el
tono de voz para que pase por la comisura de la boca: “Eh ameo! Q’acé, boló”. Porque hablar claro y con propiedad, ya se
sabe, es cosa de tilingos.
Los
argentinos se lanzaron masivamente a imitar a la bestia y sin darse cuenta se
convirtieron en caricaturas grotescas. ¿Qué fue lo que llevó a los argentinos a
convertir a la ignorancia, la marginalidad y la brutalidad en motivos de
orgullo?
El
progresismo elaboró una explicación simple, apta para el consumo masivo: como
durante los 90 gran parte de la población fue expulsada del sistema por las
sucesivas crisis, la cultura marginal encontró un terreno propicio para
expandirse. Y así se explicaría el surgimiento del “orgullo villero”, entre
otros orgullos contraculturales de este tipo.
Pero, ¿entonces cómo explicar la “brutalización” de las clases
acomodadas? El fenómeno es más complejo, sin duda, y trataré de aportar mi
granito de arena.
Yo creo que
en un principio, el mimetismo de las clases acomodadas con la marginalidad que la circundaba pudo
tener un carácter defensivo. En un entorno de alta marginalidad, mejor pasar
desapercibido y ser “uno más”. Es peligroso caer por fuera de la cultura
mayoritaria… Así es como detrás de
muchos personajes vestidos de marginales, tatuados hasta el cuello, escuchando
música basura y hablando un argot tumbero podemos encontrar aún hoy muchos
poderosos y ricos empresarios, sindicalistas y políticos. Esos mismos que cambian el
audi A3 por un chevy destartalado, y el Armani por una blusa cumbianchera
cuando se trata de “bajar al terreno” a movilizar a las bases.
Pero fueron las clases poderosas quienes pronto advirtieron
las grandes ventajas que podía reportarles la brutalización de la sociedad.
En primer término, el imperio de las
bestias no es el imperio de la Ley. La Ley es el pilar de la civilización, se legitima en la
argumentación y la discriminación lógica, pero en el mundo de las bestias
predomina la burla y la descalificación como formas de legitimación. En el
régimen de las bestias, la Ley ha sido sustituída por la lealtad, término
ambiguo y abusivo que designa el sometimiento del más débil al más fuerte. Por
todo ello, en un entorno sin Ley, los
más poderosos son quienes más ganan, y por tanto, los poderosos son los principales interesados en fomentar el orgullo
de las bestias.
En segundo
término, si las personas fueran muy delicadas y cultivadas --y deberían
esforzarse para ello--, tendrían deseos caros y difíciles de satisfacer. En
cambio las bestias son poco exigentes
como consumidores. Se contentan con productos y contenidos de escasa
calidad, fáciles y baratos de producir, y raramente se quejan de la basura que
se les provee. Basta recordar, además, que para una bestia, “aguantar” es una
virtud. Haciendo del “aguante” y del conformismo un credo, se puede vender
cualquier porquería a este enorme mercado naciente. Nuevamente, los poderosos serán los principales interesados en fomentar un mercado
de bestias.
Vemos que
se da entonces la siguiente paradoja: las
principales víctimas del “orgullo de ser bruto” son, precisamente, las bestias.
¿Cómo es posible entonces que no reaccionen, comprendiendo que ese orgullo
bastardo es su principal enemigo? ¿No pueden acaso ver que ese “orgullo” ha
sido tejido por los poderosos con el único objetivo de invisibilizar las
vulnerabilidades de semejante condición, de igual modo que se teje un manto
para ocultar la desnudez que expone a enfermedades fatales?
La única
posibilidad de salvación pasa entonces por combatir ese falso y nefasto orgullo
y trocarlo en… vergüenza. Pero no la vergüenza que ensucia, humilla y castiga,
sino una vergüenza compañera y amiga, cálida, guía y consejera, capaz de sostenernos
en la dura lucha contra la tentación de lo inmediato y lo fácil, contra la
corrupción de la autoindulgencia, del “seguál”.
El día que
cada uno de nosotros se plante diariamente frente al espejo, se arregle
meticulosamente, se proponga hablar con claridad y educación, pida permiso y
diga gracias, escuche al prójimo con empatía, no tire latas ni papeles por la
ventanilla, apague los puchos en los ceniceros, y sobre todo se decida a entablar una dura y contínua
batalla contra la ignorancia, la pereza, la dejadez y la autoindulgencia…
ése día experimentará por fin el verdadero orgullo de ser un ser humano o al
menos, de ser un mono en camino de dejar de serlo.
[1] Esto es algo evidente y no
digo nada nuevo; ya Freud señalaba a la sublimación instintiva como la “flecha
de la civilización”.
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