sábado, 7 de diciembre de 2019

ELOGIO DEL INCONFORMISMO: CONTRA EL ORGULLO DE LAS BESTIAS


Todavía no han logrado  los poderosos inculcar en la población el orgullo de ser pobre- aunque la Iglesia lo intenta a menudo-, pero a juzgar por cómo se enorgullece el pueblo de su brutal condición, falta poco para que lo consigan.
                                                                 anónimo, Siglo IX

Aunque no hablaré aquí de partidos, ni de candidatos ni de ideologías,  este es un artículo político, pues tiene que ver con la cultura, en su sentido más radical de civilización. Y viene a cuento porque en estos días sobrevuelan el pantano argentino viejos miasmas culturales que es necesario aventar cuanto antes, si es que no queremos sucumbir a su nefasta influencia.
Me referiré en este caso a lo que he dado en llamar “el orgullo de las bestias”.

Paso a explicarme.

Si a una persona se le pregunta qué cosas considera que constituyen fuentes de placer en esta vida, se puede recibir una de dos contestaciones opuestas. Un primer grupo dirá sin dubitar que el placer se consigue con la satisfacción de los impulsos instintivos (comer hasta hartarse, fornicar lo más posible, divertirse a costa de los demás, enriquecerse por cualquier medio, etc). El segundo grupo, por el contrario, dirá que el placer más excelso se alcanza cuando, a costa de un esfuerzo del que cabe enorgullecerse, estos impulsos instintivos son domesticados, y sublimados en el trabajo, o en alguna acción constructiva o creativa que resulta útil a la sociedad.

Si se les pregunta luego a estas mismas personas qué creen que es la libertad, ambos grupos contestarán también en forma diferente.

El primer grupo dirá que libertad es poder hacer lo que uno quiere, cuando y como uno quiere, sin represiones ni limitaciones de ningún tipo. Este grupo percibe la libertad como un permiso que Otro (un poderoso por lo general) le otorga,  “soltándole la correa” por así decir, para que pueda hacer de las suyas.
El segundo grupo en cambio protestará que la verdadera libertad se gana con el autocontrol (o sea el control ejercido por uno mismo sobre su propia persona) y con el cultivo del respeto hacia los demás. La libertad en este caso se conquista como un derecho a fuerza de autodisciplina y de obligaciones para con el prójimo.

Este preludio me sirve para plantear mi tesis[1]: el hombre que encuentra placer en la lucha contra sus instintos, sus límites y sus dificultades, elevándose así sobre la animalidad a fuerza de permanente inconformismo, es muy diferente de aquel otro que sólo encuentra placer dando rienda suelta a sus instintos y apetitos más básicos, y se abandona a la pereza y a la autoindulgencia. En ambos casos, los dos buscan el placer, los dos consideran que su camino para encontrarlo es válido, y curiosamente, los dos están muy orgullosos de obtener el placer de la forma que lo obtienen.

Pero mientras uno avanza por la vía civilizatoria, el otro retrocede a la era del hombre-mono.

No hablamos aquí de otra cosa que de la lucha básica de la civilización: cómo hallar el placer en la sublimación de los instintos, en vez de hallarlo en su consumación. Para facilitar el pasaje del animal al humano se creó un instrumento fundamental: la educación, y  otro instrumento adyuvante no menos importante: la vergüenza. Mediante la educación, el mono se entrena para hallar placer en cosas que antes miraba con indiferencia y hasta repugnancia. Mediante la vergüenza, se consigue apuntalar el esfuerzo y la disciplina que requiere semejante entrenamiento.

¿Y por qué es tan importante la vergüenza?

Pues porque hay algo peor que abandonarse a la ley del menor esfuerzo y a la animalidad, y es ufanarse, jactarse de dicha brutalidad e ignorancia, cuando es evidente que la persona civilizada debería avergonzarse de ello.
Aclaro que no me refiero a la vergüenza pecaminosa inculcada por la Iglesia, ni a la vergüenza del pacaterismo sexual, ni a la vergüenza represiva ni autoritaria que lleva a ocultarse o negarse a sí mismo, sino a una vergüenza entendida como un pudor laico, una mirada atenta y vigilante, que a modo de coacher nos previene con dulzura cuando nos ve derrapar por los sinuosos y resbaladizos caminos de las satisfacciones instintivas, de la solución fácil, del camino corto.

En la Argentina, podemos ubicar con cierta precisión el momento en el cual se produjo un cisma cultural sobre este asunto. La década en cuestión fue la de los 90.

Que Tinelli apostó siempre a los bajos instintos no es novedad. Dejemos de lado las mujeres ligeras de ropa, no voy a detenerme en críticas pacatas. Mucho peor que eso fue en mi opinión la típica “bromita de Tinelli”, propiamente la escenificación del abuso,  en la cual medio país se divertía con la desgracia de una víctima incauta. Este sketch fue el plato fuerte de una década en que la TV fabricó burlones y desaprensivos a escala masiva. El cheque ofrecido al final de la broma era un claro símbolo del mensaje: todo se puede comprar con dinero, incluso la paz, la privacidad y la dignidad de las personas. No pocas veces, la propia pareja de la víctima era quien lo vendía sin dudar, lo cual hacía más jugosa la burla.

Pero Tinelli no estaba solo: allí estaba Sofovich también. Siempre con cara de sobrador, rodeado de laderos a los cuales trataba con desaire, sin mencionar el desprecio a la audiencia que significa tener en vilo durante una hora a medio país para ver cómo se corta una manzana en dos partes iguales. Años de Polémica en el Bar sirvieron para perfeccionar el arte de hablar sin decir nada, y de matar el tiempo y las neuronas escuchando sandeces (los actuales programas de panelistas son sus herederos). 

Sentado a la mesa estaba Minguito Tinguitella, una versión tristemente distorsionada del inmigrante, en cuya boca se plantó un latiguillo nefasto: ¡S’egual! Como en Cambalache, Minguito mezcla todo porque “todo es lo mismo”: hacer la más mínima distinción es una afrenta a su pereza mental, erigida en suprema virtud. Tanto Minguito como Sofovich y Tinelli se muestran muy orgullosos de su papel como maestros de ceremonia de esta fiesta donde se derrocha autocomplacencia y brutalidad. La audiencia ríe y celebra a los tontos, a los perezosos, a los corruptos, a los libidinosos…

--¿Y qué?, me dirán ustedes. --¿Está mal divertirse y reírse de los propios defectos?

¡Todo lo contrario! Ocurre en todas las sociedades y está en la naturaleza del hombre el burlarse de la bestia que lleva en su interior. Claramente, además, esa es una función importantísima del humor: ¡actuar como válvula de escape para soportar la carga civilizatoria! Por un momento la persona se mira en el espejo del televisor y reconoce a la bestia, se ríe de ella y de ese modo la conjura. Pero si se divierte un rato con sus desatinos es precisamente porque entiende que no puede ya gozar con lo que goza el mono en la pantalla: sólo tiene permitido divertirse o compadecerse de sus monerías.

Así es como la gente se divierte viendo los errores del bruto, o lo compadece… pero a nadie le gustaría en serio convertirse en un bruto. Uno se ríe del grosero y del desaprensivo, porque dice o hace sin pudor alguno lo que todos quisiéramos hacer o decir en un momento de furia… pero nadie quisiera realmente ser grosero con el prójimo. Uno se ríe del baboso, porque reconoce en su interior impulsos animales que pujan por tomar el control… pero nadie se enorgullecería de ir por el mundo convertido en un baboso serial.
¿O sí?

Mi teoría es que en algún momento, en aquella Argentina de los 90, la gente empezó a dejar de reirse de las bestias, y pasó a reírse con las bestias, asumiéndose orgullosamente como una bestia más.

¿Cómo es posible pasar de la observación crítica a la identificación indiscriminada?
Una explicación posible- pero no suficiente para mí- está en el espíritu de rebaño que tenemos los argentinos, que convertimos a cualquiera que se nos pone enfrente en un ejemplo a seguir. Claro que en este caso, que el mono sea gracioso es una cosa, pero que de pronto se convierta en un modelo a imitar es otra.¡El argentino empezó a mirar al mono con envidia! Y como siempre ocurre en estos casos, se lanzó a imitarlo.

La gente dejó de burlarse y empezó a idolatrar a estos personajes bestiales. Ese bruto que lejos de avergonzarse de su brutalidad se pavonea en cámara, mostrando muy orondo y con toda desfachatez su ignorancia, sus picardías, sus avivadas y hasta algún que otro comportamiento delictivo como por ejemplo, pilotear una Ferrari a 300 Km/h por la ruta, y que hablando como un troglodita y pisoteando los derechos de los demás consigue amasar una fortuna… pues no parece ser tan tonto al final, ¿verdad? Después de todo, ha llegado a conductor de TV, o incluso a presidente. ¿No será en el fondo un vivo, un adelantado a su tiempo que marca cuál es el camino para el ascenso social? La gente tomó masivamente el atajo que se le ofrecía.

Por ejemplo, que la cumbia villera fuera un fenómeno marginal, curioso, exótico, culturalmente representativo de un sector social, etc, vaya y pase. Pero que de pronto se convirtiera en la música que escuchaban las clases acomodadas en sus autos de lujo, era otra. Luego fue la ropa: nuestros compatriotas de las ciudades empezaron a usar equipos de gimnasia y gorritas, y a tatuarse igual que sus nuevos héroes los presos y los narcotraficantes, exaltados en series como “El Patrón del Mal” o la más vernácula “El Marginal”, que tuvieron récord de audiencia. Terminaron adoptando el lenguaje y la gesticulación de los monos supuestamente exitosos, aún si para hacerlo tenían que sacrificar la riqueza de su vocabulario, reduciéndolo a una decena de palabras soeces y serruchando el tono de voz para que pase por la comisura de la boca: “Eh ameo! Q’acé, boló”.  Porque hablar claro y con propiedad, ya se sabe, es cosa de tilingos.

Los argentinos se lanzaron masivamente a imitar a la bestia y sin darse cuenta se convirtieron en caricaturas grotescas. ¿Qué fue lo que llevó a los argentinos a convertir a la ignorancia, la marginalidad y la brutalidad en motivos de orgullo?

El progresismo elaboró una explicación simple, apta para el consumo masivo: como durante los 90 gran parte de la población fue expulsada del sistema por las sucesivas crisis, la cultura marginal encontró un terreno propicio para expandirse. Y así se explicaría el surgimiento del “orgullo villero”, entre otros orgullos contraculturales de este tipo.  Pero, ¿entonces cómo explicar la “brutalización” de las clases acomodadas? El fenómeno es más complejo, sin duda, y trataré de aportar mi granito de arena.

Yo creo que en un principio, el mimetismo de las clases acomodadas con la marginalidad que la circundaba pudo tener un carácter defensivo. En un entorno de alta marginalidad, mejor pasar desapercibido y ser “uno más”. Es peligroso caer por fuera de la cultura mayoritaria…  Así es como detrás de muchos personajes vestidos de marginales, tatuados hasta el cuello, escuchando música basura y hablando un argot tumbero podemos encontrar aún hoy muchos poderosos y ricos empresarios, sindicalistas y políticos. Esos mismos que cambian el audi A3 por un chevy destartalado, y el Armani por una blusa cumbianchera cuando se trata de “bajar al terreno” a movilizar a las bases.

Pero fueron las clases poderosas quienes pronto advirtieron las grandes ventajas que podía reportarles la brutalización de la sociedad.

En primer término, el imperio de las bestias no es el imperio de la Ley. La Ley es el pilar de la civilización, se legitima en la argumentación y la discriminación lógica, pero en el mundo de las bestias predomina la burla y la descalificación como formas de legitimación. En el régimen de las bestias, la Ley ha sido sustituída por la lealtad, término ambiguo y abusivo que designa el sometimiento del más débil al más fuerte. Por todo ello, en un entorno sin Ley, los más poderosos son quienes más ganan, y por tanto, los poderosos son los principales interesados en fomentar el orgullo de las bestias.

En segundo término, si las personas fueran muy delicadas y cultivadas --y deberían esforzarse para ello--, tendrían deseos caros y difíciles de satisfacer. En cambio las bestias son poco exigentes como consumidores. Se contentan con productos y contenidos de escasa calidad, fáciles y baratos de producir, y raramente se quejan de la basura que se les provee. Basta recordar, además, que para una bestia, “aguantar” es una virtud. Haciendo del “aguante” y del conformismo un credo, se puede vender cualquier porquería a este enorme mercado naciente.  Nuevamente, los poderosos serán los principales interesados en fomentar un mercado de bestias.

Vemos que se da entonces la siguiente paradoja: las principales víctimas del “orgullo de ser bruto” son, precisamente, las bestias. ¿Cómo es posible entonces que no reaccionen, comprendiendo que ese orgullo bastardo es su principal enemigo? ¿No pueden acaso ver que ese “orgullo” ha sido tejido por los poderosos con el único objetivo de invisibilizar las vulnerabilidades de semejante condición, de igual modo que se teje un manto para ocultar la desnudez que expone a enfermedades fatales?

La única posibilidad de salvación pasa entonces por combatir ese falso y nefasto orgullo y trocarlo en… vergüenza. Pero no la vergüenza que ensucia, humilla y castiga, sino una vergüenza compañera y amiga, cálida, guía y consejera, capaz de sostenernos en la dura lucha contra la tentación de lo inmediato y lo fácil, contra la corrupción de la autoindulgencia, del “seguál”.  

El día que cada uno de nosotros se plante diariamente frente al espejo, se arregle meticulosamente, se proponga hablar con claridad y educación, pida permiso y diga gracias, escuche al prójimo con empatía, no tire latas ni papeles por la ventanilla, apague los puchos en los ceniceros, y sobre todo se decida a entablar una dura y contínua batalla contra la ignorancia, la pereza, la dejadez y la autoindulgencia… ése día experimentará por fin el verdadero orgullo de ser un ser humano o al menos, de ser un mono en camino de dejar de serlo.





[1] Esto es algo evidente y no digo nada nuevo; ya Freud señalaba a la sublimación instintiva como la “flecha de la civilización”.

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