Estamos en manos de expertos, pero... ¿es eso bueno para ESTE momento? Alarmado, veo cómo algunos de estos expertos médicos especialistas recomiendan la prolongación infinita de una cuarentena que empieza a debilitar al cuerpo social (1), y asisto azorado a la pasividad de todos los que aceptan la amputación de toda su iniciativa vital en la confianza de que el Gobierno "sabe lo que hace".
Siempre
se nos ha dicho que aquellos que saben lo
que quieren son la crema de la humanidad. Hasta se da por descontado que un
hombre que sabe lo que quiere es más
viril que los demás: los elegidos, los visionarios, los candidatos a los sitios
de liderazgo, son- según los perfiles elaborados por los gurúes de empresa-
hombres que claramente saben lo que
quieren, que tienen objetivos definidos, y que trabajan en pos de dichos
objetivos sin distraerse.
No
creo mucho en esto. No es fácil determinar si lo que uno dice querer es lo que
al final quería de veras. Por ejemplo, el señor K decía querer un auto nuevo,
se compró el auto nuevo luego de esforzarse mucho y ahora se da cuenta que en
realidad no era eso lo que en realidad quería. Salvo que vaya al psicoanalista,
tal vez nunca se entere de que en realidad quería reforzar su virilidad y su
autoestima. Su deseo de auto sólo fue un fetiche, una ilusión, que lo llevó a
desperdiciar recursos.
Llevemos
el ejemplo a un nivel social. Si un gobernante de un país dirigista necesita por
ejemplo aumentar la exportación de trigo de su país, entonces tomará medidas
como comprar semillas, dedicar más terrenos fiscales a la siembra de trigo,
construir silos y barcos mercantes, etc. Vale decir, va directo a su objetivo,
porque supuestamente sabe lo que quiere, que
en este caso es lo que su país necesita. Si no estuviéramos en un país
dirigista, pero la situación de emergencia requiriese de medidas dirigistas-
por ejemplo una peste como la que estamos viviendo- la
situación sería similar.
No
voy a perder tiempo mostrando lo inadecuado de esta solución, porque la historia de las
intervenciones dirigistas en la economía es suficiente evidencia de cómo este
tipo de “planificación racional” fracasan estrepitosamente. Y antes que se me arrojen encima acusándome de neoliberal, conste que reconozco y aprecio la función esencial que debe cumplir todo gobierno proponiendo "marcos generales de acción" para sus ciudadanos. No es eso lo que cuestionaré, sino la intervención abiertamente intrusiva y casi neofascista que estamos observando estos días. Y no la cuestionaré desde el berrinche de quien ve limitada su libertad y quiere escapar de la cuarentena-- de hecho la cumplo a rajatabla-, sino mostrando cómo se trata de una estrategia peligrosa para todos.
Recordemos
que no es lo mismo tener un propósito
que conseguirlo. Tener firmeza en la consecución de un propósito es
encomiable. Ser excesivamente directo y asertivo, y sobre todo inflexible en
extremo a la hora de conseguirlo, no suele ser una buena idea, sobre todo si el
entorno es complejo.
Estos días me sobra el tiempo y observo a las palomas del parque. Tienen un propósito claro (encontrar comida) pero su
azaroso derivar por los senderos, picoteando aquí y allá, es desconcertante. Parecen vagar sin un objetivo claro.
¿Cómo saben si la comida estará en una u otra dirección? La respuesta es: no lo
saben. Caminan de un lado al otro sin un
propósito determinado, y esa resulta ser al final la estrategia más apropiada para conseguir comida.
Es
más eficaz el picoteo “sin ton ni son” que el detenerse a analizar el medio
ambiente para proponer una "estrategia coherente". ¿Por qué? Porque ese medio ambiente es caótico, azaroso,
inescrutable. Enfrentada a un escenario de estas características, la estrategia
de la paloma es moverse de manera igualmente azarosa; si se detuviera a
analizar y sopesar sus posibilidades de encontrar comida aquí o allá, moriría
de inanición. Sus posibilidades de acertar son casi nulas.
La
misma estrategia adoptan los peces, las libélulas y otros insectos, e incluso los
vendedores ambulantes y todos los que se desenvuelven en ambientes complejos y
cambiantes como las sociedades, y como cualquier entorno donde nos toque
enfrentar fenómenos meteorológicos o amenazas provenientes de otros organismos
vivos (predadores, pestes) donde operan ubicuos mecanismos de retroalimentación
biológica.
Esta
retroalimentación permanente debe ser tenida en cuenta a la hora de planificar una estrategia, que como vemos debe incluir
un grado importante de variabilidad y sobre todo de libertad. No
parece buena idea plantear un solo plan de acción, y persistir obstinadamente
en él, mucho menos recortando la libertad de acción de los individuos.
Basta
comprobar un hecho singular: la sociedad
funciona gracias a que no se cumplen las normas. ¿Cómo es eso? Pues sí: la
sociedad funciona gracias al "ruido" que se hace oír por sobre la
letra de los legisladores, ruido que acaba siendo el verdadero motor de todo el
mecanismo. Sin el "ruido", el mecanismo se atascaría, paralizado por una serie de normativas y de lógicas sin vida,
basadas en números muy racionales pero poco flexibles.
Lo
saben muy bien aquellos que proponen la Huelga del Trabajo a Reglamento, dando
por sentado que nada puede funcionar bien si uno se atiene a cumplir
estrictamente el Reglamento, diseñado seguramente por gente que nunca ocupó
esos puestos de trabajo.
Cualquier
medida producto de un plan racionalmente dirigido, constituye una peligrosa
vulnerabilidad para la vida, sobre todo cuando esos planes son orquestados por
“especialistas” en un área determinada, habitualmente ciegos a todo lo que no
cae dentro del estrecho campo de su disciplina.
¿Qué
quiero decir con todo esto? Que saber lo que se quiere está muy bien, pero no
alcanza: también hay que saber cómo se lo puede conseguir. Poner todas las fichas a un panel de expertos con una visión unilateral
y fundamentalista que proponen seguir un plan rígido e inexorable, no parece
ser la mejor manera de lidiar con un escenario complejo como el de esta
pandemia.
Es necesario hacer lugar a la
sabiduría del cuerpo social, de los que “saben sin saber”, y aplican todos los
días su sabiduría instintiva a la resolución de los problemas cotidianos. Es
necesario permitir que funcione el “reglamento no escrito” que lubrica el
funcionamiento social. Y para eso es necesario liberar brazos, manos y mentes,
en vez de encerrarlas entre cuatro paredes, maniatarlas, y amordazarlas en una
cuarentena sin fin.
(1)https://www.lanacion.com.ar/sociedad/coronavirus-lo-mejor-podemos-hacer-es-extender-nid2356435
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