martes, 4 de agosto de 2020

OTRA VACA ATADA - DE LOS AÑOS DE LUCHA, AL ESPLENDOR Y EL OCASO DEL SINDICALISMO ARGENTINO

Por Jorge A. Tizón (jorgeatizon@gmail.com)

Mi madre solía contarme que en el año 1954 pudo al fin comprar un terreno a 30 km de Buenos Aires gracias a un préstamo hipotecario que le otorgó el Sindicato de la UOM  (Unión Obrera Metalúrgica) al que ella estaba afiliada por trabajar en una fábrica de herrajes. El terreno significaba su liberación de la continua incertidumbre de alquilar y el comienzo de una vida de esfuerzos y también de amor, pues allí construyó junto a mi padre la casa donde unos años más tarde nací yo. Mi madre también solía recordarme que la primera vez que salió de vacaciones -con vacaciones pagas- fue en ocasión de casarse con mi padre en el año 1959. Ambos tenían 26 años y  fueron de luna de miel a un magnífico hotel del Sindicato de la UOM en Córdoba. Podría continuar, pero tomo estos dos ejemplos mínimos que conozco de primera voz sólo para ilustrar que hubo una época en que los sindicatos argentinos estuvieron exclusivamente al servicio de un plan integral social de gobierno y del trabajador. Aunque la realidad de hoy día, lamentablemente, nos devuelve una imagen muy distinta.

 

Podríamos diferenciar cuatro etapas en el contexto de evolución del sindicalismo en la Argentina. En esta entrega hablaremos de la primera.  

 

ETAPA 1: LOS INICIOS. LAS GRANDES LUCHAS

 El sindicalismo en la Argentina comenzó a asomar lentamente hacia 1880 con elementos anarquistas provenientes de la creciente inmigración europea. Llegaron al país con hambre y espíritu de lucha. El obrero argentino, en cambio, inculto, manso y resignado, que trabajaba de sol a sol y que poco o nada sabía sobre lo que estaba sucediendo en el mundo en relación al trabajo, no tenía ni la mente ni la fuerza física necesaria para pensar en exigir mejores condiciones de vida.        

 Para 1880 tanto el emplazamiento de los primeros frigoríficos en el país y la llegada del  teléfono, como así también la instalación de las líneas férreas y el telégrafo unas décadas antes, respondían a las mismas causas: la presencia de los capitales extranjeros (de hegemonía inglesa al  principio, norteamericanas después), que vieron una excelente oportunidad de hacer inversiones y nuevos negocios, aportando a nuestro creciente desarrollo. Es en esos ámbitos – ferroviarios, telefónicos, frigoríficos- donde surgen los primeros reclamos de importancia por mejores salarios y menores horas de trabajo a través de las todavía incipientes y primitivas organizaciones sindicales a la manera de mutuales. Antes habían surgido algo así como “sindicatos” de oficios (panaderos, cocheros, albañiles, cigarreros) que, dispersos y sin organización, poco pudieron hacer.

 El ferroviario fue uno de los primeros sectores obreros que se organizó como sindicato, fundando en 1887 “La Fraternidad”. A los reclamos siguieron las huelgas, arengadas por los socialistas y anarquistas extranjeros. Por carencia de formación y ausencia de orientación los obreros argentinos ignoraban que después de la etapa de protesta restaba la alternativa de la huelga, aunque con el tiempo fueron adquiriendo experiencia.

La respuesta de la patronal ante esos reclamos era siempre negativa y terminaba con el despido de los obreros molestos y su reemplazo por otros más sumisos. El gobierno nacional no intervenía en absoluto. Tanto las empresas extranjeras como la burguesía nacional terrateniente decidían según su conveniencia.

A los hombres del Régimen no les interesaba el obrero sino cuando necesitaban su voto – manipulado o comprado-, aunque ya les había empezado a preocupar. No por nada el presidente Julio A. Roca solicitó investigaciones sobre cómo estaban los derechos laborales en el país, lo que dio como resultado  el informe del socialista Bialet Massé en 1904.

Este “informe sobre el estado de las clases obreras argentinas” tuvo como consecuencia la posterior creación del Departamento Nacional de Trabajo (DNT) en 1907 -que no fue tan nacional, más bien estuvo circunscripto a la ciudad de Buenos aires-, y que  lamentablemente resultó muy ineficaz a la hora de actuar como poder encargado de vigilar y hacer cumplir las pocas leyes laborales que existían y de mediar entre el capital y el trabajo. Fue una oficina burocrática recopiladora de información estadística que aportó muy poco. Tanto la patronal como las organizaciones de trabajadores cuestionaban sus números “viciados”.

       

En el contexto mundial, a comienzo del siglo XX la situación del obrero en la Argentina no era muy diferente al de Inglaterra, Estados Unidos, Francia o Rusia, por citar algunos países. La revolución industrial, iniciada en Inglaterra hacia fines del siglo dieciocho  y expandida varias décadas más tarde a Europa occidental y América anglosajona,  dio origen a los movimientos reivindicatorios de los trabajadores. Producto de esa revolución industrial el obrero se había convertido en el descendiente natural del esclavo.   No eran tratados como seres humanos con derechos básicos, trabajaban jornadas de doce a 14 horas diarias, incluyendo a mujeres y niños, sin francos ni descansos ni cuidados sanitarios, con salarios paupérrimos, y en muchos casos- como sucedía en nuestro país- cobrando en “vales” que, al cambiarlos por dinero moneda nacional, sufrían descuentos.

 La vida laboral se fue tornando cada vez más insostenible, abriendo el camino a luchas cada vez más combativas. Así tenemos que en nuestro país los festejos del primer centenario de la revolución de mayo en 1910 se celebraron bajo el estado de sitio y acompañados de huelgas obreras propiciadas por la FORA (Federación Obrera Regional Argentina, de tendencia anarquista) y CORA (Confederación Obrera no anarquista), con represión policial y  acontecimientos violentos.

  

En 1916 asumió la presidencia de la nación el Dr. Hipólito Yrigoyen (primeras elecciones con sufragio universal). Apenas asume Yrigoyen piensa en el trabajador. Sabe que las leyes obreras son casi nulas y las pocas que hay, obra de socialistas y radicales como el descanso dominical, las del trabajo de las mujeres y los niños, no se cumplen. ¡Cómo debe haber contemplado con asombro todo lo que restaba por hacerse en cuanto a salarios del obrero, su vivienda, su jubilación y la forma de resolución de conflictos con los dueños de las empresas, mayoritariamente de capital extranjero!

Hubo que estudiarlo todo prácticamente desde cero. Recién en el año 1918 comenzaron a verse las primeras leyes sociales votadas por el Congreso nacional  (muchas de ellas increíblemente combatidas por el partido socialista) con el fin último que propuso el presidente en sus mensajes a legisladores que es el de alcanzar “un mínimo de bienestar” en el pueblo trabajador.

El proletariado estaba esperanzado con Yrigoyen. Por primera vez un presidente argentino se interesa en la justicia social y recibe a los obreros en su despacho. Yrigoyen opina que "es irritante la desigualdad entre la riqueza deslumbrante frente a la pobreza y a la miseria extremas". Por primera vez un presidente interviene como mediador en los conflictos del trabajo. Un ejemplo de esto es el acuerdo de los telefónicos firmado con Yrigoyen como testigo presencial, que lo obligaba a intervenir si la empresa no respetaba lo pactado. Ese acuerdo dio lugar a la concreción de la “Federación Argentina de Telefonistas”, una forma de organización sindical de avanzada para la época que los llevará en 1928 a conseguir el primer convenio colectivo de trabajo. Esto sucedió gracias a la enérgica intervención del presidente Yrigoyen, ya que el Departamento Nacional de Trabajo (DNT) que existía desde 1907 era muy inoperante. Pero se avecinaban tiempos muy difíciles. Tanto los dueños de los campos, los obrajes del interior y las industrias estaban convencidos que pagaban bien a sus trabajadores. A las oligarquías nacionales o las empresas de capitales extranjeros nunca se les había cuestionado nada ni se les había obligado a cumplir las pocas leyes sociales que existían, por lo que lo mínimo que se les pidiera a partir del nuevo gobierno era motivo de confrontación.

 Al no haber cambios sustanciales, comenzaron las  infinitas huelgas (ferroviarios, portuarios, etc.). El gobierno de Yrigoyen concentró la mayor cantidad de huelgas de la primera mitad del siglo XX. El año 1919 fue  récord de huelgas. La primera comenzó en los talleres metalúrgicos de Vasena (de inmigrantes italianos), uno de los más importantes del país. El hecho se conoció como “la semana trágica”, en la que murieron obreros, algunos policías y sobre todo gente común que caminaba por la calle o se asomó a la ventana y recibió un balazo; también se quemaron autos y la iglesia del Sagrado Corazón, se atacó al edificio del Correo y al Departamento de Policía y se asaltaron varias  comisarías. Fue una revolución social.

 Hacia 1920 también sobrevinieron huelgas en la Patagonia argentina – donde la paga y las condiciones de trabajo de los peones eran mucho peores que en los centros urbanos- que terminaron con la tragedia de obreros fusilados, el triunfo de las Sociedad Rural y un fuerte dolor de cabeza para el gobierno.

 

Ocurría que las noticias llegadas de Rusia durante 1918 sobre el triunfo del maximalismo trastornaron a los obreros y a la gente pobre a quienes, dada las necesidades que padecían y el aumento del costo de vida, no les faltaban motivos para la lucha, pero pronto dejaron de apoyar a los agitadores. Yrigoyen logró detener la revolución social maximalista rusa e interrumpir su desarrollo subterráneo. El trabajador argentino comprendió que el anarquismo era una utopía y fue volcándose a las masas radicales, aunque la mayoría quedó al margen de las organizaciones obreras cuyos dirigentes -ahora socialistas y comunistas- no supieron atraerlas.

.

Del análisis de los hechos  queda claro que el sentido de “justicia social” no existía en el país. Se fue formando de a poco. Lo mismo sucedía en el mundo, pues recién en 1919 se creó la OIT  (organización internacional del trabajo) como parte del Tratado de Versalles al final de la Primera Guerra Mundial, la que reconocía en sus fundamentos “la importancia de la justicia social para el logro de la paz, en contraste con un pasado de explotación de los trabajadores en los países industrializados de ese momento”.

 

Durante la década de 1920 a 1930 gobernaron la Argentina los radicales Torcuato de Alvear e Hipólito Yrigoyen. Las contradicciones internas dentro del mismo partido entre yrigoyenistas y alvearistas provocaron que durante ese período se avanzara muy poco en materia social, mientras la vieja oligarquía por otro lado fue recuperando su poder.

 Hasta que sucedió el golpe de estado del 6 de septiembre de 1930 (el primero en la Argentina democrática) que derrocó a Hipólito Yrigoyen a solo dos años de haber comenzado su segundo mandato, y todo volvió a foja cero.

  Hubo situaciones violentas con huelguistas reprimidos y ultimados y radicales yrigoyenistas perseguidos y encarcelados, incluído el mismo ex presidente depuesto. Paradójicamente, a pocos días de asumir el gobierno militar se creó la primera CGT (Confederación General del Trabajo) producto de gestiones de años anteriores y surgida de la fusión de otras organizaciones ya existentes y divididas,  con preeminencia socialista, sindicalistas y comunistas en la dirigencia. El gremio ferroviario fue su mayor impulsor.  

 

A partir del golpe de 1930 y durante todo el período de la llamada Década Infame que se prolongará hasta 1943, los cambios políticos (fraude electoral) y económicos que sobrevinieron fueron obstáculos para el desarrollo social.

La gran depresión internacional de 1929 impactó con fuerza en nuestro país, generando niveles de pobreza y desocupación nunca antes vistos. A pesar de estas dificultades y de sus constantes divisiones por cuestiones ideológicas y de procedimientos las organizaciones sindicales siguieron en pie con su dirigencia socialista y comunista, pero sin atraer a la gran masa trabajadora. La CGT trató de asegurar su supervivencia teniendo como preocupación permanente la de lograr una central única a nivel nacional que coordinara y cohesionara la acción sindical por rama de actividad. Hubo muchos intentos, casi todos fallidos.

En cuanto a la estructura interna de la CGT, se habría acordado que los dirigentes con dedicación permanente cobraran un sueldo pagado con aporte de cada sindicato, quienes a su vez recaudarían “cotizaciones” no fijas ni obligatorias de sus trabajadores afiliados. Hay poca información al respecto, aunque considerando los magros salarios de los trabajadores y la etapa de incipiente consolidación de la organización y cohesión interna que se vivía, además de la lucha por leyes sociales y por la supervivencia sindical, es de suponer que esas cotizaciones o cuota sindical eran de irregular percepción.    

De la crisis del ´30 se fue saliendo de a poco y hacia 1935 el país registró un crecimiento industrial de importancia como coletazo de la crisis internacional, del agotamiento del modelo agro-exportador y la consecuente necesidad argentina de sustituir importaciones. Las industrias se ubicaron en la franja portuaria entre Santa Fe y La Plata y se centralizó en Buenos Aires y el conurbano bonaerense. Hay que aclararlo: era industria liviana, no una gran industria: textiles, alimentación, metalurgia elemental. Dada la apremiante necesidad de trabajo se generaron migraciones (criollas) desde el interior del país hacia esas zonas industriales con el consiguiente crecimiento de la población obrera, que debido a la ausencia de una planificación deliberada y coherente, terminó provocando desigualdades regionales. Es muy importante tener presente este proceso para comprender lo que sucederá diez años más tarde.

De todas formas el crecimiento industrial de 1935 y años siguientes quedó como estadística para los libros de historia mientras  las ganancias fueron a parar a los bolsillos de la burguesía industrial, pues dicha expansión económica no se vio reflejado en mejoras de salarios y condiciones de trabajo de la masa obrera. Todo lo contrario. Las leyes seguían siendo escasas aunque se dieran elocuentes debates en el Congreso, y las que había no se cumplían. Se agregaba para la gente humilde el problema de la escasez habitacional que dio lugar a la aparición de las primeras villas miserias. El Estado permanecía como un espectador estático e irresoluto.

En 1935 eran muy pocos los derechos sociales que podían gozar los trabajadores. Solo algunos pocos gremios como Comercio, Bancarios, Ferroviarios y trabajadores del Estado habían conseguido las vacaciones y licencias por enfermedad pagas y cajas de jubilaciones y pensiones. Eran una especie de aristocracia laboral frente al resto de los trabajadores totalmente desprotegidos.

En el caso de las cajas de jubilaciones de los gremios beneficiados, éstas se configuraban con aportes de empleados y empresarios. Pero no sólo de ellos…  Como las Cajas jubilatorias estaban siempre desfinanciadas, pues los empresarios no siempre cumplían con el aporte que les correspondía… ¿quién terminaba cubriendo el déficit?  Usted ya debe haber adivinado la respuesta: el Estado, es decir todos los argentinos.

Sí, el Estado contribuía con las Cajas de estos “sindicatos privilegiados” a través de aporte directo o por el cobro de impuestos a los ciudadanos no incluidos en las actividades favorecidas,  lo cual  generaba la situación injusta de que quienes no gozaban de una caja jubilatoria tuvieran que aportar con sus impuestos a quienes sí la tenían.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

En mi época de trabajo era muy común que los dueños de empresas retuvieran aportes y no los depositaran: EVASION, para decirlo con todas las letras. Y cuando tuve que jubilarme tuve dar mil vueltas, gracias que tenía la certificación de servicios... Era muy común la evasión de aportes, ¡cómo no van a quebrar las CAJAS!

Anónimo dijo...

Muy buena crónica, espero la segunda parte!!

Anónimo dijo...

El señor que habla de las cajas (supongo jubilatorias) se equivocó de comentario...

Anónimo dijo...

Viene bien recordar lo que fueron esas luchas. Mucha gente la pasó mal, se jugó, por instinto de supervivencia, los trataban como animales. Los sindicalistas de hoy dan verguenza.

Anónimo dijo...

Por favor pasen esta reseña al diputado Fernando Iglesias, que dice que antes del peronismo habia jubilación, vacaciones, etc etc., asi deja de decir cosa de burros.