domingo, 21 de julio de 2019

DEL MITIN POLITICO A LA TERAPIA DE GRUPO

Solemos asumir que la política tiene como función plantar cara a los problemas derivados de la convivencia en sociedad. Pero esto no siempre fue así: no lo fue al principio, ni parece serlo ahora.
En los orígenes de la sociedad humana, cuando los liderazgos tribales, los imperios y los absolutismos constituían el modelo más extendido de gobierno, la política se reducía apenas a una maquinación palaciega, una gimnasia conspirativa destinada a alcanzar y conservar el poder, y como tal era una prerrogativa de los entornos cortesanos. En este contexto, el discurso político, cuando existía más allá del mero ejercicio de la violencia, se fundamentaba en la religión o en la sangre: el líder como encarnación de la divinidad o del poder divino, transmitido por herencia. La apelación del monarca a sus súbditos consistía en una invitación más o menos forzada a obedecer su voluntad divina o respetar su linaje de sangre.

A partir de la Ilustración, la mayor complejidad de la sociedad, y sobre todo la ineludible interdependencia que se generó entre los distintos actores sociales, hizo claudicar la autoridad absoluta del monarca, y surgieron diferentes propuestas para repartir el poder y sobrellevar dignamente la vida en común. Había que reemplazar la autoridad del monarca por otra cosa, algo más consensuado. Así, durante el siglo XVIII al XX, las nuevas clases ascendentes- comerciantes e industriales- plantearon sus “ideas de organización social”, que derivaron en “ideologías” dirigidas a establecer un marco, contrato o “sistema” de convivencia posible.
Estas nuevas propuestas de autogobierno, superadoras de los absolutismos u oligarquías tribales, implicaban la creación de un ecosistema artificial externo al individuo- la sociedad civil- donde los hombres pudiesen convivir de manera apacible y no violenta. Dentro de dicho ecosistema, y esclavos de las leyes que lo regían y que ellos mismos habían creado, los hombres podrían al fin ser libres.

El discurso político ideológico que acompañó a  este proyecto consistía en un llamamiento colectivo a constituir y ordenar la sociedad, y a obedecer la ley común. Dicha convocatoria— formulada por ciudadanos que se asumían dotados de autonomía y pensamiento crítico— iba dirigida a otros sujetos que se autopercibían igualmente soberanos e independientes, pero sobre todo potentes, dotados de capacidad creativa y de poder instituyente. El sujeto-ciudadano fue el factotum, la célula elemental de la sociedad naciente. Pensadores, ideólogos, escritores, científicos, periodistas, lograron destacarse a escala individual, y llegaron a adquirir – en tanto personas singulares- el peso suficiente como para modelar la sociedad, convirtiéndose en legisladores, o sea hacedores de las leyes que regían el ecosistema civil.

Con el aumento de la población, pronto surgió una antinomia entre el individuo y el grupo, entre las minorías y las mayorías, entre los débiles y los poderosos. Se trataba de un antiguo conflicto de intereses que la masividad del mundo social agudizaba, y que reclamaba solución. Intelectuales y políticos de diferentes espectros ya sea liberales o comunistas – todavía con capacidad de maniobra a escala individual—buscaron y encontraron respuestas distintas a este problema, dando origen a los diferentes marcos ideológicos que prevalecieron durante el siglo XX. Sin embargo, nadie previó ni pudo contener el avasallador avance de la tecno-sociedad sobre el individuo. La sociedad se fue haciendo cada vez más compleja, masiva y anónima, sin importar el sistema que los hombres hubiesen adoptado políticamente para organizarse.

Hoy en día, sin importar si hablamos del bloque socialista o capitalista, la existencia de hombres libres y autónomos es cada vez más utópica. Acorralados por el atropello de una megasociedad globalizada, tecnocrática e hipermasiva que- como un Frankenstein que sólo conoce un par de palabras (poder y dinero) es sorda para todo lo demás, los antiguos legisladores se sienten impotentes. Las formas de producción, trabajo y comunicación cincelan las subjetividades – y por lo tanto el tejido social--  de forma inconsulta e inapelable; el sujeto que trabaja se ve forzado a adaptarse a las nuevas tecnologías para no quedar marginado; el intelectual debe resignar sus propias ideas y sumarse a “usinas de influencia” o “think tanks” si desea que éstas lleguen al gran público; el científico debe suscribir alguna línea de investigación útil a la industria si quiere conseguir los fondos que necesita; el político debe servir a los intereses de sus patrocinadores si desea permanecer en carrera. En suma, existe un enorme condicionamiento del sistema de poder y dinero sobre la constelación de valores del  otrora “sujeto libre y soberano”, condicionamiento que es tácitamente y cobardemente aceptado como “inevitable” por algunas clases políticas.

La participación del ciudadano político ya no es fundante; ya no se autopercibe como el creador de su ecosistema político, sino que se ha convertido en un objeto más, modelado por fuerzas que él mismo ha desatado, pero que ya no controla. De creador ha devenido en criatura. Y de amo, en esclavo[1].

En este contexto, observamos una interesante mutación del discurso político.

Ya no se oye, como en los viejos mitines políticos, la tradicional convocatoria a los “hombres libres” para la construcción colectiva de un orden social superador al existente. Tal empresa se da de antemano por perdida, pues ¿cómo llamar a construir lo que al parecer tiene ya vida propia e incluso se impone avasallante, indomable y autónomo en su propia facticidad, con características de fenómeno telúrico? Los ciudadanos, conscientes de su impotencia, se sienten vulnerables en medio del ecosistema que han construído; su autonomía se ve debilitada por grados nunca imaginados de interdependencia, tanto económica como técnica o (des)informativa. Proponer una improbable cruzada conjunta para fundar la sociedad del futuro sobre la base de algún Sistema parece una empresa condenada al fracaso. La Verdad como absoluto ha desaparecido en el occidente civilizado;  no está ya más en las manos de los líderes ni de los sabios; nadie la tiene ni se atreve a declamar su propiedad exclusiva (excepto en los sistemas totalitarios o teocráticos).
La única verdad indiscutible para todos es la realidad y lo que la realidad de los hechos- la sociedad fáctica- hace posible. La realidad fáctica se ha vuelto a imponer con todo el peso de los hechos crudos sobre el “ecosistema artificial” creado por la filosofía política hace doscientos años.
En este escenario... ¿cómo es que sostiene la clase política- sobre todo aquella clase política que no tiene poder real, como sucede en los países como la Argentina- su liderazgo? Una manera es reconvertirse como terapeuta.

¿Cómo es esto? Pongámoslo con un ejemplo.
Hay una tormenta allí afuera, en el mundo: todos pueden verlo. Hambrunas,  migraciones, cambio climático, lucha descarnada por los recursos, invasión del mundo del trabajo por los robots, distorsión del ecosistema de las comunicaciones humanas, post-verdad, etc. Es caótico y atemorizante, y así como los fenómenos naturales del tipo de los terremotos y los volcanes, parece fuera del control humano. Ante esto, los políticos (y me refiero a los políticos de la clase política, encumbrados en los puestos dirigentes y burocratizados de la vieja sociedad), conscientes de que no podrán convocar con éxito a ciudadanos atemorizados, apáticos y desmovilizados a la construcción de un refugio comunitario ni mucho menos idear un sistema para desactivar la tormenta, deciden hablar- para no perder la atención de su auditorio y sobre todo, sus votos- sobre cómo cada cual puede protegerse mejor de las inclemencias, sobre por qué la tormenta recae sobre unos y no sobre otros, sobre la culpa y el consecuente rencor que motiva este azote del destino, sobre la comprensible desorientación que produce el cambio imprevisto de condiciones meteorológicas, y la necesidad de reorientarse y reubicarse a los fines de poder soportarla de la mejor manera. Y sobre todo, como buen terapeuta, nunca se olvida de reavivar el fuego de la esperanza, prometiendo un futuro en el cual todo se arreglará (sin mencionar de qué manera, naturalmente).

El político-terapeuta no tiene la Verdad, ni alardea de tenerla, como ocurría durante el absolutismo; tampoco pretende erigirse en representante del ciudadano ni en defensor de sus intereses, como ocurría durante la república. Su aspiración es mucho más modesta: se limita a guiar a los ciudadanos-pacientes en su tránsito a través de la jungla social que él mismo ha creado, pero que ya no controla; se ofrece a acompañarlos en su lucha contra las dificultades; promete ayudarlos a encontrar a cada uno su propia verdad, aquella que les haga más soportable su destino. Para ello basta con lograr que los sujetos sean capaces de acomodar los hechos crudos de la realidad dentro de una matriz que tenga sentido, que les permita entrever una existencia posible.
Así es como el discurso político se dirige ahora al sujeto no como ciudadano sino como animal desnudo, no para convocarlo a la gran empresa social de instituir el proyecto de autonomía que le gustaría a Castoriadis, sino para aliviar sus terrores e incertidumbres más atávicas, producto de la irrupción de una tecno-realidad aluvional sobre la cual ningún político parece tener demasiada influencia, ni confía en tenerla. El discurso político se vuelve evangélico, y sobrevuela temas como los valores, la autoestima, el bienestar, la autoafirmación, la culpa, la justicia.  Los discursos que convocaban a la construcción social participativa son reemplazados por discursos centrados en la adaptación, el confort o la seguridad, la caridad, y llaman a recuperar el equilibrio, la paz interior y la cohesión mental y emocional, amenazadas por el avance disruptivo de una tecno-sociedad inhumana.  
Este discurso circula por fuera de los grandes marcos ideológicos tradicionales, y salvo escasas y minoritarias excepciones elude o ignora cobardemente  la necesidad de cambios estructurales urgentes que permitirían entrever una salida- por ejemplo, replantearse las teorías del valor.  En cambio, ha desarrollado un discurso paliativo que ofrece subsidios no sólo materiales sino sobre todo espirituales: penetra en la intimidad del sujeto, captando su voluntad desde lo más personal, tocando fibras íntimas altamente reactivas de carácter instintivo (prejuicio, orgullo, rencor, humillación, injusticia personal, y sobre todo: miedos de todo tipo). El discurso de proyectos se ha vuelto discurso de sentimientos, pues antes que la movilización social, lo que se busca es la empatía social,  la identificación del sujeto con el político-terapeuta, pues esta “empatía transferencial” –será la fuente de los votos.
El antiguo mitín político donde se hablaba de proyectos colectivos, se discutían las razones del malestar social y se proponían ideas para concretar cambios reales se ha convertido en una gran terapia de grupo donde apenas se comparten penurias y se distribuyen culpabilidades, y donde el Psico-Político intenta capitalizar las emociones internas del auditorio para captar votos. Aquel que logre la mayor empatía- léase quien consiga disminuir los niveles de ansiedad o temor en el auditorio-, será el agraciado ganador de la elección.

Sin rebuscar muy lejos, he aquí un ejemplo de la realidad más inmediata:

“…Sé perfectamente todas las cosas que deben estar pensando y sintiendo, y las sé porque yo también lo siento…Y les voy a hablar desde el corazón con la verdad como siempre lo hice, y también con la convicción de que si seguimos adelante vamos a lograr esa Argentina que soñamos hace mucho, mucho tiempo…En estos meses se desataron todas las tormentas juntas pero no por eso vamos a perder las esperanzas, debemos madurar como sociedad y no seguir viviendo por arriba de nuestras posibilidades, ni convivir más con la corrupción. El camino a recorrer siempre fue difícil y como en todo camino difícil hay avances y retrocesos, no es lineal…la situación cambió y en buena parte por cuestiones que están fuera de nuestro control…Todos estos cambios en el mundo no los podíamos prever…Todos estos cambios y medidas que van a ser anunciadas en el día de hoy tienen que ver con escuchar, escuchar a los que piensan distinto, escuchar a muchas personas que respeto aunque no estén en mi Gobierno, escucharlos a todos y todo lo que fueron sintiendo…. Estamos cansados de vivir con miedo, miedo a no llegar a fin de mes, miedo a los patoteros, a los corruptos; miedo a qué pasa con el dólar; miedo a que los esfuerzos que hicimos no sirvan o no alcancen. Créanme que lo sé y que no dejo de pensar en cómo superarlos.”  [3] 

Este discurso en ningún momento se plantea combatir el origen de los problemas, aunque admite al menos un cierto grado de solidaridad en la desgracia. Es el modelo de Alcohólicos Anónimos y otros grupos de autoayuda, donde el político ocuparía el lugar de líder grupal. Fomenta la recuperación de los adictos-dependientes mediante la ayuda mutua, pero evita cuestionar la política establecida para el expendio de alcohol.

Este cambio discursivo se ve sobre todo en los populismos tanto de Europa como de América, principalmente en aquellos lugares que se ven desfavorecidos y sienten amenazada su cuota de poder real. Allí es donde el discurso político tradicional de la modernidad muta y pasa de ser una herramienta creativa, instituyente y comprometida con la solución de problemas reales, a convertirse en un discurso paliativo, neo-evangélico (en el sentido de que llama a la sumisión a un poder supremo inapelable) y sobre todo, impotente.

No hay que perder de vista que esta terapia política grupal, basada en apelar a las emociones más primarias del ser humano, puede desbarrancar con facilidad por un camino peligroso. Así como el mal terapeuta puede verse tentado de atribuir los males de su paciente a un “trabajo”, “brujería”, o “maldición” motivada por la envidia de un tercero, así el político-terapeuta, acorralado por la necesidad de brindar respuestas rápidas y convincentes a sus pacientes-votantes, puede caer en la tentación de atribuir los males sociales a la actividad sediciosa de ciertos grupos, y así instituir una verdadera caza de brujas.
En este contexto, cobran sentido las declaraciones de Macron: "Hay otra trampa: la del 'statu quo' y la resignación (...) No podemos dejar que los nacionalistas sin propuestas exploten la rabia de los pueblos. No podemos ser los sonámbulos de una Europa lánguida".  “Tenemos un sistema en el que el progreso macroeconómico se construye sobre los desequilibrios microeconómicos y territoriales. ¡Ese es el mundo en que vivimos!” Las consecuencias políticas y sociales de esta evolución son muy inquietantes, a juicio de Macron, porque los ciudadanos, al no sentirse partícipes del progreso, dudan sobre el sistema o lo rechazan abiertamente, echándose en brazos de ideologías radicales y de demagogias. “Está en vías de desmantelarse el consenso profundo sobre el que la democracia, el progreso y las libertades individuales se han construido desde el siglo XVIII en nuestro país”. Macron planteó “un multilateralismo reinventado” y “una nueva globalización” en los que primen la responsabilidad colectiva y las necesidades humanas, la inclusión y la justicia, la lucha contra el cambio climático y contra la degradación de la biodiversidad.[4]









[1] Para hablar de un verdadero proyecto de autonomía al estilo de Castoriadis, tendríamos que partir de la preexistencia de hombres libres, y es éso precisamente lo que está en cuestión.

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