martes, 21 de abril de 2020

LOS QUE SABEN LO QUE QUIEREN, ¿SABEN LO QUE HAY QUE SABER?



Estamos en manos de expertos, pero... ¿es eso bueno para ESTE momento? Alarmado, veo cómo algunos de estos expertos médicos especialistas recomiendan la prolongación infinita de una cuarentena que empieza a debilitar al cuerpo social (1), y asisto azorado a la pasividad de todos los que aceptan la amputación de toda su iniciativa vital en la confianza de que el Gobierno "sabe lo que hace".

Siempre se nos ha dicho que aquellos que saben lo que quieren son la crema de la humanidad. Hasta se da por descontado que un hombre que sabe lo que quiere es más viril que los demás: los elegidos, los visionarios, los candidatos a los sitios de liderazgo, son- según los perfiles elaborados por los gurúes de empresa- hombres que claramente saben lo que quieren, que tienen objetivos definidos, y que trabajan en pos de dichos objetivos sin distraerse.

No creo mucho en esto. No es fácil determinar si lo que uno dice querer es lo que al final quería de veras. Por ejemplo, el señor K decía querer un auto nuevo, se compró el auto nuevo luego de esforzarse mucho y ahora se da cuenta que en realidad no era eso lo que en realidad quería. Salvo que vaya al psicoanalista, tal vez nunca se entere de que en realidad quería reforzar su virilidad y su autoestima. Su deseo de auto sólo fue un fetiche, una ilusión, que lo llevó a desperdiciar recursos.

Llevemos el ejemplo a un nivel social. Si un gobernante de un país dirigista necesita por ejemplo aumentar la exportación de trigo de su país, entonces tomará medidas como comprar semillas, dedicar más terrenos fiscales a la siembra de trigo, construir silos y barcos mercantes, etc. Vale decir, va directo a su objetivo, porque supuestamente sabe lo que quiere, que en este caso es lo que su país necesita. Si no estuviéramos en un país dirigista, pero la situación de emergencia requiriese de medidas dirigistas- por ejemplo una peste como la que estamos viviendo- la situación sería similar. 

No voy a perder tiempo mostrando lo inadecuado de esta solución, porque la historia de las intervenciones dirigistas en la economía es suficiente evidencia de cómo este tipo de “planificación racional” fracasan estrepitosamente. Y antes que se me arrojen encima acusándome de neoliberal, conste que reconozco y aprecio la función esencial que debe cumplir todo gobierno proponiendo "marcos generales de acción" para sus ciudadanos. No es eso lo que cuestionaré, sino la intervención abiertamente intrusiva y casi neofascista que estamos observando estos días. Y no la cuestionaré desde el berrinche de quien ve limitada su libertad y quiere escapar de la cuarentena-- de hecho la cumplo a rajatabla-, sino mostrando cómo se trata de una estrategia peligrosa para todos.

Recordemos que no es lo mismo tener un propósito que conseguirlo. Tener firmeza en la consecución de un propósito es encomiable. Ser excesivamente directo y asertivo, y sobre todo inflexible en extremo a la hora de conseguirlo, no suele ser una buena idea, sobre todo si el entorno es complejo.

Estos días me sobra el tiempo y observo a las palomas del parque. Tienen un propósito claro (encontrar comida) pero su azaroso derivar por los senderos, picoteando aquí y allá, es desconcertante. Parecen vagar sin un objetivo claro. ¿Cómo saben si la comida estará en una u otra dirección? La respuesta es: no lo saben. Caminan de un lado al otro sin un propósito determinado, y esa resulta ser al final la estrategia más apropiada para conseguir comida.

Es más eficaz el picoteo “sin ton ni son” que el detenerse a analizar el medio ambiente para proponer una "estrategia coherente". ¿Por qué? Porque ese medio ambiente es caótico, azaroso, inescrutable. Enfrentada a un escenario de estas características, la estrategia de la paloma es moverse de manera igualmente azarosa; si se detuviera a analizar y sopesar sus posibilidades de encontrar comida aquí o allá, moriría de inanición. Sus posibilidades de acertar son casi nulas.

La misma estrategia adoptan los peces, las libélulas y otros insectos, e incluso los vendedores ambulantes y todos los que se desenvuelven en ambientes complejos y cambiantes como las sociedades, y como cualquier entorno donde nos toque enfrentar fenómenos meteorológicos o amenazas provenientes de otros organismos vivos (predadores, pestes) donde operan ubicuos mecanismos de retroalimentación biológica.

Esta retroalimentación permanente debe ser tenida en cuenta a la hora de planificar una estrategia, que como vemos debe incluir un grado importante de variabilidad y sobre todo de libertad. No parece buena idea plantear un solo plan de acción, y persistir obstinadamente en él, mucho menos recortando la libertad de acción de los individuos.

Basta comprobar un hecho singular: la sociedad funciona gracias a que no se cumplen las normas. ¿Cómo es eso? Pues sí: la sociedad funciona gracias al "ruido" que se hace oír por sobre la letra de los legisladores, ruido que acaba siendo el verdadero motor de todo el mecanismo. Sin el "ruido", el mecanismo se atascaría, paralizado por  una serie de normativas y de lógicas sin vida, basadas en números muy racionales pero poco flexibles.

Lo saben muy bien aquellos que proponen la Huelga del Trabajo a Reglamento, dando por sentado que nada puede funcionar bien si uno se atiene a cumplir estrictamente el Reglamento, diseñado seguramente por gente que nunca ocupó esos puestos de trabajo.

Cualquier medida producto de un plan racionalmente dirigido, constituye una peligrosa vulnerabilidad para la vida, sobre todo cuando esos planes son orquestados por “especialistas” en un área determinada, habitualmente ciegos a todo lo que no cae dentro del estrecho campo de su disciplina.


¿Qué quiero decir con todo esto? Que saber lo que se quiere está muy bien, pero no alcanza: también hay que saber cómo se lo puede conseguir. Poner todas las fichas a un panel de expertos con una visión unilateral y fundamentalista que proponen seguir un plan rígido e inexorable, no parece ser la mejor manera de lidiar con un escenario complejo como el de esta pandemia.

Es necesario hacer lugar a la sabiduría del cuerpo social, de los que “saben sin saber”, y aplican todos los días su sabiduría instintiva a la resolución de los problemas cotidianos. Es necesario permitir que funcione el “reglamento no escrito” que lubrica el funcionamiento social. Y para eso es necesario liberar brazos, manos y mentes, en vez de encerrarlas entre cuatro paredes, maniatarlas, y amordazarlas en una cuarentena sin fin.


(1)https://www.lanacion.com.ar/sociedad/coronavirus-lo-mejor-podemos-hacer-es-extender-nid2356435

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