Este artículo se nutre de una exposición de Jorge Bolívar, que en un libro llamado "Capitalismo, Trabajo y Anarquía" toma el tema del Trabajo y analiza su significado en la doctrina del Justicialismo.
Inspirado por sus palabras, mi tesis en este artículo es que lo que llamamos EL TRABAJADOR (en mayúsculas), fue alguna vez (en el Siglo XX) una Trinidad compuesta por Capital+Trabajo+Conocimiento. Una trinidad tan indivisible como el Espíritu Santo. Los políticos más lúcidos de entonces, se dieron cuenta rápidamente que si se pretendía que EL TRABAJADOR pudiese crear riqueza, sus tres partes integrantes debían mantenerse unidas y coordinadas.
En su momento Perón aludió a los constituyentes de esta Santa Trinidad que constituía el nuevo “actor social” por excelencia del siglo XX: EL TRABAJADOR.
Para Perón, EL TRABAJADOR era una entidad formada por el Capital por un lado (en adelante la Billetera, o sea el dinero como combustible capaz de poner en movimiento la fuerza motriz), el Trabajo por otro (en adelante las Manos que materializan dicha fuerza motriz), y articulando todo ello el Conocimiento (el Saber qué, dónde, cómo, y de qué manera), en adelante el Cerebro.
Nótese que a diferencia de los marxistas, para quienes Capital y Trabajo estaban mortalmente enemistados, para Perón el Capital era un integrante más de la Trinidad articulada que componía al TRABAJADOR. De modo que eso de “combatiendo al capital” era sólo un canto de sirena para las masas[1].
Pues bien, a estos dos elementos constitutivos (la Billetera y las Manos) que proponía el marxismo, sumó él un tercero, que cumplía una función insoslayable de “coordinación, planificación e investigación”, el así llamado Cerebro, que fue incorporado a la Billetera y a las Manos como un tercer factor indispensable para que este TRABAJADOR trinitario pudiera ser considerado como tal y cumpliera con eficiencia su función de crear riqueza y bienestar social.
Perón se dio cuenta que nada podía hacerse con cualquier factor de éstos por separado, prescindiendo de los demás, o sea:
· De nada sirve el dinero si no se lo destina a movilizar fuerza de trabajo para dirigirla hacia objetivos útiles.
· De nada sirve la fuerza de trabajo si permanece ociosa, y no puede activarse mediante la inyección de dinero, o si se aplica a objetivos o tareas inútiles.
· Y de nada sirve la investigación, la gerencia, o el gobierno, si no puede identificar y proporcionar al dinero y a la fuerza de trabajo un objetivo útil que éstos últimos puedan plasmar en la realidad para provecho de la sociedad.
Si ponemos a un contador a manejar una planta de producción, se producirá un desastre tan seguro como si ponemos al obrero que maneja una empaquetadora a diseñar el plan financiero de la empresa, o a un investigador bioquímico a organizar el departamento de ventas de la fábrica de cosméticos donde trabaja. De modo que estos distintos saberes y roles (el financiero y comercial, el técnico y operativo, y el gerencial, coordinador o investigativo) no son intercambiables, sino interdependientes.
Perón sabía que ningún actor de estos podía reemplazar al otro de manera eficiente, y por eso en su planteo la idea de colaboración y de organización y coordinación entre estos tres factores fue fundamental.
Sin embargo, el tiempo que todo lo barre y lo confunde, introdujo una distorsión lamentable en todo esto, y dio origen a una nueva confusión que se suma a la larga lista de confusiones que nublan el entendimiento de los argentinos.
¡TODOS SOMOS TRABAJADORES!
Cien años atrás, un maestro, un médico, un investigador o un gerente organizador no se consideraba una “Mano” sino un “Cerebro”; el banquero o el capitalista que aportaba el dinero tampoco se consideraba una “Mano” sino una “Billetera”. El Capitalista aportaba su Billetera, el Trabajador aportaba sus Manos, y los Cerebros aportaban Conocimiento y Organización.
Entre todos formaban orgullosamente parte de esa entidad trinitaria que llamamos aquí EL TRABAJADOR. Y tal fue el éxito de esta asociación que pronto empezaron las rencillas por ver quién se adjudicaba el mérito.
Partiendo de la idea equivocada de que la riqueza es únicamente fruto del accionar de las Manos, éstas reclamaron para sí la exclusividad del título de Trabajadores y clamaron que ellos eran los únicos merecedores de tal dignidad. A esto contribuyó la teoría de Marx de que la plusvalía o sea la riqueza, provenía exclusivamente del las Manos[2]. Al tiempo que esto sucedía, las BILLETERAS y los CEREBROS fueron acusados de obstaculizar y de parasitar las vidas de los “verdaderos trabajadores”, o sea de las nobles y dignas MANOS.
¿Cuál fue la solución que encontraron BILLETERAS Y CEREBROS para no sufrir el escarnio social y convertirse frente a la opinión pública en demonios, chupasangres o parásitos sociales[3]? Pues muy fácil: transformarse ellos mismos también en trabajadores, en Manos. Y entonces… ¡abracadabra! En vez de la vieja Trinidad tenemos ahora TRES MANOS buscando su beneficio de manera independiente.
Hago un pequeño paréntesis para hacer notar que una MANO es la herramienta por excelencia para agarrar, para tomar, para apropiarse de las cosas, sean propias o ajenas. El simple gesto de cerrar la mano se utiliza universalmente para simbolizar la acción de robar. La Trinidad original se vio reducida así a tres manos, cada cual tratando de tomar lo más que podía de lo que se le ponía al alcance.
Vamos a los ejemplos.
La Billetera se convirtió en Mano: el dinero dejó de servir para movilizar fuerza de trabajo, y el capitalista, como buen trabajador autónomo abocado a su propio beneficio, empezó a buscar otros destinos más rentables que la producción (especulación financiera, burbujas inmobiliarias, fondos buitres de inversión, etc), no importa si carecían ya de sentido social siempre que redituaran el suficiente “retorno”.
El Cerebro se convirtió en Mano: el Conocimiento, la Investigación
y las funciones de coordinación representadas por el Gobierno o la gerencia de
una empresa, dejaron también de estar al servicio de coordinar la asociación de
capital+fuerza laboral, y se transformaron a sí mismos en Manos. Pero ocurre
que si un investigador o un ejecutivo de empresa o un gobernante se considera a
sí mismo una Mano, su prioridad pasa a ser el garantizar su propio ingreso a
toda costa, independientemente de si los resultados de su producción de
conocimiento o su planificación sirven o no para algo. Esto se hizo patente con
los investigadores, para quienes es hoy más importante coleccionar
publicaciones y sumar puntos para desarrollar su carrera que hacer
concretamente algo útil; con los políticos, que a partir de ese momento
constituyeron una “clase” aparte del resto de la sociedad, con sus propios
intereses particulares; y con los directores de las grandes empresas, que
priorizaron sus propios beneficios a los beneficios de los accionistas, y se
hicieron millonarios en los años 90 a costa de éstos.
Las consecuencias están a la vista.
No podemos extrañarnos ahora de que el capitalista ponga su Billetera al servicio de la especulación, porque eso es lo que mejor recompensa su “trabajo de inversor”. No diremos que especula: propiamente, hace un “trabajo financiero”
Tampoco podemos asombrarnos de que el operario manual se limite a hacer lo mínimo posible, ya que trata de optimizar el dinero que recibe por su “trabajo”. No diremos que se tira a chanta, sino que “hace rendir su trabajo”.
Y mucho menos podemos escandalizarnos de que el investigador, el científico, el Ejecutivo Gerente o el gobernante, presenten cualquier investigación inútil o cualquier plan descabellado para conducir su empresa o su país, pues su esfuerzo no está puesto en identificar objetivos útiles ni en conducir la nave a buen puerto ni en descubrir nuevas fuentes de riqueza ni de conocimiento, sino… en cobrar un salario y enriquecerse. Convertidos en Manos, su prioridad es como ya dijimos asegurarse a sí mismo un ingreso lo más redituable posible con un mínimo de esfuerzo.
Conclusión: el TRABAJADOR del siglo XX (la original tríada de Billetera+Manos+Cerebro) ha quedado reducido a una multitud de Manos, tratando cada cual de obtener infructuosamente el mayor provecho a su propio “trabajo”, que mayormente consiste en manotear lo más que se pueda.
Por desgracia están, literalmente, dando manotazos de ahogado, pues Billeteras, Manos y Cerebros sólo pueden salvarse trabajando juntas, en coordinación y colaboración mutua. Y sólo podrán hacerlo cuando se reconozcan a sí mismas como partes de aquella alianza trinitaria original que es quien crea la riqueza genuina, y que aquí llamamos EL TRABAJADOR con mayúsculas.
[1] Perón no renegaba del capital productivo, sino del especulativo, y estaba bastante bien orientado, a juzgar por lo que nos toca vivir hoy día con las burbujas financieras y demás estafas globales.
[2]Error muy común, y para ejemplificarlo diré que aquí en nuestro país agropecuario, la plusvalía durante mucho tiempo vino de la naturaleza misma, que reproducía las vacas a campo abierto, por ejemplo, con muy poca intervención humana
[3] Cosa que ocurrió y muy crudamente en los países socialistas, y si no basta recordar la Revolución Cultural de Mao, o las purgas estalinistas o castristas.
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