lunes, 31 de agosto de 2020

LA VIDA EN PROTOCOLANDIA

GENEALOGIA DEL PROTOCOLO

Hace muchos años, los protocolos hacían su tímida aparición en el mundo de la medicina, reemplazando a las antiguas guías clínicas.

Las primeras guías clínicas consistían en recomendaciones, basadas en evidencia, sobre cuáles eran los procedimientos más apropiados a seguir frente a una patología. Su cumplimiento no era obligatorio, sino que funcionaban como su nombre lo indica, a modo de guías para orientar el criterio del profesional. Se trataba de una pieza más de información, valiosa sin duda, pero ante la cual el profesional conservaba su libertad de criterio a la hora de tomar sus propias decisiones, sobre las que asumía una responsabilidad personal.

Lo cierto es que una guía clínica o un check list como el que realizan los pilotos de avión antes de despegar son muy prácticos, sobre todo en situaciones complejas o críticas, donde la tipificación y el ordenamiento de la información facilita y acelera su análisis. Por más capacitado que esté un profesional, disponer de una guía paso a paso resulta siempre de ayuda en una situación difícil o cuando no hay tiempo para largas reflexiones.

El protocolo es algo completamente distinto. Es una norma de cumplimiento obligatorio, que anula toda libertad de pensamiento y acción en el profesional, a la vez que lo libera de toda responsabilidad por los resultados.

Hace unos veinte años los protocolos eran una rareza, y estaban limitados al estrecho ámbito de las disciplinas complejas. Hoy, en la era de los tweets, los memes, los hashtags y otros modos del "pensamiento enlatado", los protocolos son bienvenidos y su lógica perversa se derrama al resto de la sociedad. Lo que es aún peor, se pretende aplicarlos incluso a asuntos triviales, que podrían ser resueltos con un poco de sentido común y de buen criterio.

La pandemia del COVID ha desarrollado en la clase política una afición verdaderamente enfermiza por el uso de protocolos, como si se tratara de una milagrosa tabla de salvación. Pero ello no ha hecho más que confirmar la pesadilla tan temida: los protocolos son un verdadero cepo al pensamiento y a la libertad. Aniquilan la responsabilidad, y favorecen la implantación de lógicas fascistas.

A continuación explicaré por qué.

LOS PROTOCOLOS EN EL CLAUSTRO

¿Cómo fue posible que los protocolos triunfaran primero en un ámbito como la medicina, donde la libertad de pensamiento y acción debiera ser sagrada? Muy fácil: las aseguradoras, en su afán de tipificar los costos económicos de los tratamientos, e incluso los propios médicos, sintiéndose amenazados por la “industria del juicio de mala praxis”, vieron en los protocolos una solución.

Si un médico sigue el protocolo, entonces se considera que hace lo correcto (nadie se toma el trabajo de cuestionar un protocolo). ¿Para qué pensar entonces? Es como seguir una receta: si el paciente tiene X problema, entonces primero hay que hacer esto, luego lo otro, y al final aquello. Punto. ¿Las cosas no salieron bien? No hay problema, no es nuestra responsabilidad porque al fin de cuentas se siguió el protocolo.

Ejercer la medicina de manera segura se limita a obedecer protocolos sin pensar demasiado. Salirse del protocolo implica exponerse a un riesgo judicial o a recibir una sanción económica por parte de la financiadora.

El efecto disciplinador y uniformizante del protocolo, devastador para cualquier pensamiento libre, queda a la vista. Sin contar con el perjuicio enorme que representa para el avance de la ciencia misma, pues si ante X siempre respondemos con la misma secuencia A-B-C, será muy difícil ver el problema desde otro punto de vista más rico o novedoso, o descubrir un comportamiento diferencial si en vez de A-B-C hubiésemos hecho C-D-F, por ejemplo.

 DEL LABORATORIO A LA PELUQUERÍA

 Con la pandemia de COVID, vemos el uso y abuso de los protocolos como instrumento de control social.

La excusa es siempre la misma: el ciudadano es ignorante, irrespetuoso, bruto, e incapaz de comprender o entrar en razón. Y puede que en muchos casos, considerando el deterioro de la Argentina luego de interminables años de crisis, esta apreciación no esté tan errada.

Frente a esta realidad se abren dos caminos posibles: educar al soberano, o imponerle un protocolo. ¿Adivina el lector cuál de los caminos es el más barato, y el preferido por los gobernantes?

¡Acertó! El protocolo tiene además una ventaja adicional respecto de la educación, y es que permite disciplinar e imponer reglas al prójimo anulando a priori toda resistencia. Y eso es así porque el ciudadano tiene prohibido cuestionar el protocolo. A diferencia de la educación, donde el educando se reserva el ejercicio del espíritu crítico y puede llegar a poner en entredicho los preceptos que se le proponen a consideración, el protocolo, elaborado por “expertos neutrales” está ahí para ser cumplido, no cuestionado.

De modo que cuando se pretende ejercer el control social, empiezan a proliferar los protocolos. Comienzan bajo el auspicio de la “instrucción” o el “cuidado”, pero pronto acaban bloqueando el desarrollo del verdadero criterio y hasta del sentido común.

LOS PROTOCOLOS DE HITLER Y DE MAO

Un asunto muy espinoso respecto a los protocolos es que eximen de responsabilidad al que se sujeta a ellos. Por lo tanto, he aquí un factor de seducción adicional para lograr la adherencia de la ciudadanía: si nos atenemos al protocolo, aliviamos la angustia de tener que responsabilizarnos por nuestras decisiones. Omitimos pensar, suspendemos nuestro juicio crítico, desoímos todo clamor del sentido común, y dejamos que quienes elaboran los protocolos nos digan lo que hay que hacer. Ocupándose de cumplir y hacer cumplir los protocolos, el ciudadano se abandona a un tibio estado de bienestar interior, libre de toda culpa y responsabilidad.

Esto lo sabían muy bien los nazis, cuando elaboraban protocolos para mandar a la gente a las cámaras de gas, de manera muy ordenada y prolija. Pero también lo sabía Mao Tse Tung, cuando obligaba a todos a llevar consigo pegada a la mano un superprotocolo que se llamó “libro rojo de Mao”, que codificaba todas las conductas “revolucionariamente correctas” para poder llevar a cabo con esmerada eficacia la infame depuración conocida como “Revolución Cultural”.

El protocolo libera a los asesinos de toda culpa y responsabilidad, limpia sus conciencias, y los convalida en la idea de que están contribuyendo, con sus actos, a construir una sociedad mejor. Todo lo cual expurga los remordimientos mejorando así la adherencia de los mandos medios a la ingrata tarea del genocidio.

En otros casos, gente perversa se sirve de la frialdad y rigidez de los protocolos para ejercer su sadismo sobre un prójimo desconcertado, como ocurrió acá cuando se le negó la entrada a Córdoba a un hombre que quería despedirse de su hija con cáncer, y se lo persiguió como un delincuente, y como sigue ocurriendo día tras día con nuestras fuerzas de seguridad durante la pandemia.

Un detalle adicional es que la adopción y la adherencia al protocolo por parte de vastos sectores de la sociedad refuerza su legitimidad, no importa lo absurdo o irracional que éste pueda ser. Una vez que se ha establecido un protocolo de manera suficientemente extensa, cualquier cuestionamiento al mismo se convierte en un cuestionamiento a toda la sociedad, y las turbas pueden reaccionar de manera muy desagradable. Si quiere probarlo, intente quitarse el barbijo por estos días y después me cuenta.

Protocolos de salida, entrada a casa y cómo convivir con personas en riesgo  de la COVID-19

EL PROTOCOLO COMO UN RITUAL

Hace unos años, un albañil vino a mi casa a poner unos azulejos. Le ví meter agua en una larga manguera transparente, que extendió en forma de U sobre la pared, marcando los niveles de agua en dos puntos separados. Luego tiró una línea entre ellos. Cuando hubo terminado con este ritual, olvidándose por completo de las líneas que había trazado, empezó a poner los azulejos tomando como referencia el zócalo. Intrigado, le pregunté para qué había hecho todo eso, y me dijo que siempre se hacía eso antes de empezar a colocar los azulejos. Claramente no sabía cuál era el sentido real de esas acciones (trazar una línea que sirviera de referencia para poner los azulejos a nivel), pero como había visto a otros hacerlo así, obediente seguía el protocolo. Una vez cumplido el mismo, su conciencia estaba tranquila y podía empezar a poner los azulejos por donde le diera la gana.

Es más que evidente que el protocolo funciona a la manera de un “sacramento” ritual, cuya promesa implícita reza: “si sigues los pasos que te indico, en el orden prescripto y sin omitir ninguno, obtendrás lo que te he prometido y las cosas saldrán bien. Por eso... ¡no te desvíes, cúmplelo al pie de la letra!

Y así, con la misma piadosa devoción con que se cumplen los sucesivos ritos de la eucaristía, así el ciudadano sigue los preceptos del protocolo con una fe ciega en sus efectos cuasi mágicos. Pues sin duda son mágicos para él, ya que no se detiene un segundo a considerar ni a evaluar, haciendo uso de su capacidad pensante y de su raciocinio, los fundamentos de que se valieron los “expertos” para diseñar el protocolo.

 LA BARATURA DEL PROTOCOLO

Se defienden los protocolos diciendo que son una manera económica de lidiar con un problema, ya que la solución viene empaquetada y predigerida, y no es necesario perder tiempo ni recursos volviendo a estudiar un asunto que ya ha sido estudiado por competentes “expertos”.

Sin embargo, dado que los protocolos se basan en imponer una matriz de conductas, o un derrotero fijo para los procedimientos, se corre el riesgo de invisibilizar otras variables, variantes o alternativas que podrían descubrirnos mejores caminos o soluciones a los problemas. Propuesto como una solución económica a un problema, el protocolo puede obturar el surgimiento de una solución mejor. Lo barato puede salir caro.

Esto nos lleva a la consecuencia más peligrosa de la aplicación de protocolos, que es

LA ATROFIA DEL CRITERIO Y LA PERDIDA DE DIVERSIDAD

Los protocolos delegan todo pensamiento y reflexión sobre un problema en el comité de “expertos” encargados de redactarlos. Eso inhibe al sujeto de instruirse en el tema, y de utilizar y refinar su propio criterio, el cual lenta pero inexorablemente se adormece hasta atrofiarse. Quien se aferra a los protocolos va abandonando el hábito de pensar por sí mismo, y en la medida en que los protocolos empiezan a tipificar las conductas más banales y cotidianas de la vida, el sujeto se vuelve cada vez más desconfiado de su propia percepción y criterio, y más dependiente de la instauración de un protocolo que le asegure que está haciendo las cosas del modo correcto. Vaciado de toda certeza, de todo discernimiento propio, de toda habilidad para crearse una vara patrón con la que calibrar el mundo; carente en fin de un criterio forjado con sabiduría, el propio sujeto clamará y pedirá a gritos que le den un protocolo para saber cómo conducirse.

Y el problema es que como los protocolos son rígidos y limitados, y como dijimos obturan la posibilidad de surgimiento de variantes, atentan contra la diversidad y el azar, contra los imprevistos y contra los actos que se salen del flujograma trazado. Todo lo cual acaba por encorsetar las conductas humanas- y peor aún, el conocimiento humano- en un estrecho y austero calabozo mental y espiritual, situación ésta muy peligrosa para la supervivencia del hombre, toda vez que su posibilidad de abrirse camino depende de la plasticidad de su pensamiento y de su acción.

 

 CORONAVIRUS - PROTOCOLO DE LLEGADA A CASA | Electro Sur Este

EL PROTOCOLO DEL PROTOCOLO DEL PROTOCOLO...

Muchos políticos están por estos días muy felices con los protocolos, porque han creído encontrar en ellos una herramienta maravillosa para luchar contra la pandemia. Al menos, eso creen los más ingenuos, esos que no conocían lo que era un protocolo hasta hace muy poco. El resto, los menos ingenuos, en cambio han redescubierto las enormes posibilidades del protocolo como un instrumento excelso del dominio social blando: normas con una pátina “cientificista” que permiten cercenar libertades, imponer sumisiones, atrofiar el pensamiento y debilitar la crítica.

Por desgracia, ante la insuficiencia de los protocolos para dar cuenta de los problemas, y ante el surgimiento de problemas creados por la aplicación de estas normas rígidas, inflexibles, que invalidan y reemplazan el uso del sentido común, la solución que se le ocurre al Gobierno es... ¡crear más protocolos!

¿El protocolo para mantener a todos en sus casas genera violencia doméstica? Creamos un protocolo para mantener al agresor o agresora a distancia.¿Eso produce un incremento del ciberacoso? Pues creamos un nuevo protocolo para el control parental y el bloqueo del ciberbullying en las redes. ¿Todo esto ha provocado en la familia una relación aversiva y fóbica hacia la tecnología? Pues creamos protocolos para superar el miedo y la dependencia tecnológica. Al cabo las personas, agotadas de seguir reglas muchas veces contradictorias, empiezan a padecer síntomas de una neurosis grave... Pero a no desesperar, porque ahí están para salvarnos los protocolos en forma de las “diez reglas de oro” para superar el trastorno obsesivo compulsivo.


El Municipio estableció un protocolo de acción para consorcios -  Impulsobaires

 

EL FUTURO: EDUCAR O RESIGNARSE A VIVIR EN PROTOCOLANDIA

Para resumir, hemos visto que el protocolo nace de una desconfianza básica del experto en la capacidad de la gente común, en la subestimación de sus recursos, o bien en una lisa y llana intención de dominio.

La solución pasaría por EDUCAR para que cada cual desarrolle un criterio propio, pero claro, es más barato y sobre todo más conveniente para el poderoso utilizar un protocolo, que poco difere de una bula o de un decreto dictatorial. Así, quienes eligen priorizar la protocolización de la vida en vez de reforzar la educación del pueblo, llevan a éste por el humillante camino de la servidumbre.

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