viernes, 25 de marzo de 2022

ATRAPADOS ENTRE DOS TIPOS DE AUTORITARISMOS

Hace pocos días se festejó un nuevo aniversario del Golpe del 76. Me tocó vivir el coletazo de esa dictadura durante mi escuela secundaria, y puedo asegurar que el clima de temor y falta de libertad de expresión que se vivía era realmente opresivo.

Una dictadura, donde hay una “autoridad que dicta” lo que debe hacerse, sin posibilidad de réplica, posiblemente sea la encarnación más fiel del autoritarismo.

Sin embargo, para nuestra sorpresa, el autoritarismo no desapareció al desaparecer la dictadura. Por el contrario, sigue presente bajo nuevas formas.

Uno podría pensar que el autoritarismo está incrustado en nuestro ADN, y ello no por perversión intrínseca o natural, sino probablemente como una consecuencia del pobre desarrollo psicosocial que hemos alcanzado como comunidad.


 

Vamos por partes.

En primer lugar, identificar el autoritarismo con la violencia es un error. Se puede ser autoritario sin disparar un solo tiro. Que el autoritarismo supone un dictador o una cúpula minoritaria atornillada en el poder suele ser otra suposición errónea, porque agrupaciones multitudinarias, ciertos colectivos como el Ku Kux Klan por ejemplo, y hasta pueblos enteros pueden comportarse autoritariamente. Afirmar que el autoritarismo es “de derecha” resulta casi infantil, conociendo ejemplos históricos de dictaduras comunistas que lo ejercen hoy día incluso con mano de hierro.  Identificarlo con el poder concentrado también es un error, aunque el poder que se concentra más allá de un cierto punto deviene necesariamente autoritario, porque en su seno se dan las condiciones para que empiece a germinar  la verdadera semilla de todo autoritarismo, que es la convicción ciega de que uno es el dueño de la verdad, y que todos los demás están equivocados.

Porque una cosa es tener convicciones, y defenderlas apelando a todo tipo de argumentaciones, y otra cosa es dar por sentado que nuestras convicciones son las correctas y lo serán por siempre jamás, y que quien piensa otra cosa está equivocado.

Los absolutos son necesariamente polares: negro-blanco, a favor-en contra. No existen los grises. En la base del autoritarismo hay un amor por los absolutos.

De polarizaciones sabemos bastante los argentinos desde que CFK llegó al poder y empezó a fogonear la división y el enfrentamiento. Un enemigo como Clarín, como el Campo, como Macri, siempre resulta útil para apuntalar el propio poder….  Ni lerdo ni perezoso, Macri aprendió esta lección de populismo básico, y en su presidencia siguió fogoneando el Boca-River porque le resultaba conveniente para ganar votos.

Así es como aunque ni CFK ni Macri se consideran dictadores, en los hechos se conducen como tales: ninguno de los dos intentó seriamente formar un gobierno de coalición, lo cual hubiese sido la opción más oportuna y más sensata si es que se quería sacar este país adelante. Claro que un gobierno de coalición se hubiese visto obligado a alejarse de las orillas, a “nadar en aguas abiertas, allí donde se mezclan las corrientes”.

Y por alguna extraña razón, ante una posibilidad como esa, vemos inmediatamente manifestarse desde ambos bandos un “temor a la contaminación”, una repulsión casi visceral al roce con lo diferente.

Del lado macrista hay varios gorilones que ilustran este temor atávico con sus permanentes insultos al peronismo, algunas veces por ignorancia de lo que el peronismo fue, otras veces por incapacidad de reconocer las cosas buenas que el peronismo aportó al país en su momento, naturalmente con las limitaciones que imponía el momento histórico. Tampoco se avienen a reconocer que si hubo un Perón al que la gente apoyó, con todos los errores que pudo haber tenido su gobierno, fue porque los “demócratas” de ese momento no estaban dado respuesta a las demandas de una sociedad que necesitaba crecer. Ellos mismos, con su inoperancia, crearon al “monstruo” Perón: lo saben, pero son incapaces de reconocerlo sin vomitar bilis. El lamento del lado macrista tiene un tono rencoroso, y claramente autoritario al viejo estilo tradicional del bullying dirigido hacia el extranjero: se trata de denigrar, ningunear, excluir, denegar derechos, y en último término, exterminar, a una enorme masa de gente a la que se considera “intrusa o invasora”. En este caso, el que ejerce este tipo de autoritarismo se encuentra cada vez más solo y aislado.

 Del otro lado, lo que se observa es algo completamente distinto.

Aquí los militantes de izquierda denuncian el "evidente" autoritarismo de “la derecha”, y se llenan la boca con palabras como tolerancia, diversidad, mestizaje, derechos e inclusión. Por desgracia, pronto estos conceptos se instalan como absolutos que se repiten como un mantra y no admiten discusión alguna. Los militantes, atentos y vigilantes, están prestos a excluir al que no comulgue de manera incondicional con los nuevos mandamientos. Entre los “comunitarios” se incuba así pronto un temor permanente a ser señalado, marcado como “gorila”, “de la corpo”, “de la derecha”, o simplemente “traidor a Cristina”. Rápidamente aparece la etiqueta, y se despliega esa nueva y sutil forma del autoritarismo del siglo XXI que es el bullying, pero dirigido ya no hacia el exterior, hacia los otros diferentes, sino hacia adentro del propio grupo, hacia los semejantes, entre los cuales se busca ahogar el librepensamiento y el potencial disenso.

De hecho, la actitud de grupos como la Cámpora por ejemplo hacia "los de afuera", o sea los ciudadanos de a pie, es de abierta y descarada indiferencia: en su proyecto de poder autoritario sólo tienen peso "los de adentro", pues son ellos los "custodios de la verdad absoluta". A los de afuera sólo se les ofrece una posibilidad: la asimilación. 

Estas nuevas formas del autoritarismo de grupos y de colectivos no se cimentan en la exclusión, sino en la inclusión. No se trata de ningunear al otro, sino por el contrario, de empoderarlo. No se trata de exterminarlo, sino de afiliarlo. No se trata de denegar derechos, sino de ampliar derechos.

Desde ya todo esto suena muy simpático pero ¿eso hace al grupo menos autoritario? Para nada.

El sesgo autoritario sigue vigente porque nace siempre de la misma semilla: la convicción ciega de ser dueños de la verdad. Claro que en este caso, los “dueños de la verdad” cada vez son más, y se reafirman entre sí en base a su creciente número. La cohesión del grupo se sostiene gracias al bullying ejercido sobre los propios integrantes, sobre quienes sobrevuela la amenaza de ser “excluído de la ínclusión” o simplemente “desafiliados por traidores” en cuanto dejen de suscribir algunos de los postulados indiscutibles establecidos por los líderes del grupo.

En resumen, lo que quiero remarcar es que en un caso, el autoritarismo se manifiesta como “bullying al diferente, al excluído”, a quien no se deja entrar ni pertenecer al grupo, mientras en el otro caso se manifiesta como “bullying al semejante, al incluído”, a quien se lo afilia y asemeja de buen grado, pero luego no se le permite disentir...  excepto bajo acusación de “traidor”. 

En el primer caso el grupo es cada vez más pequeño y débil, pues nadie nuevo entra, mientras en el segundo es cada vez más grande y fuerte, porque los que entran no salen fácilmente. 

Debemos desmontar esa idea, tan arraigada en los grupos militantes de izquierda, de que con ellos habremos erradicado el autoritarismo de nuestra sociedad.  Por el contrario, es necesario visibilizar el hecho de que ahora, el autoritarismo ha cambiado de forma: ya no hace bullying sobre los otros, sino sobre la propia tropa.

La pregunta que surge es: ¿acaso podemos confiar en que un grupo autoritario, por más bienintencionado que sea, conduzca al país por un buen camino? Yo no lo creo. Y esto por una muy buena razón: Cualquiera que crea que es el DUEÑO de la verdad representa un obstáculo para avanzar en un sentido positivo.

Para terminar, quiero dejar una reflexión…. 

Dije ya que en la base del autoritarismo había un amor por los absolutos.  Pero ¡qué digo un amor: si es una necesidad! Y esa necesidad, como todas las necesidades, ha de nacer de una carencia. Entonces me pregunto, ¿de qué carecemos los argentinos, para tener tanta necesidad de absolutos?  ¿Por qué no podemos simplemente disfrutar el vértigo de perder pie, soltar ese flotador de convicciones al que nos aferramos cobardemente, y  echarnos a nadar en aguas profundas, donde se mezclan las distintas corrientes, y donde la diversidad de opiniones y puntos de vista fluyen libremente de un lado para otro?

¿Será que buscamos desesperadamente permanecer cerca de una u otra orilla porque no sabemos nadar?

Y si así fuera…. ¿será posible aprender?

Yo creo que sí.

 

 

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